domingo, 7 de junio de 2020
domingo, 17 de enero de 2016
A resguardo.
A resguardo.
Recogí el carcaj del suelo y corrí a refugiarme del aguacero hacia la cueva. La entrada, aunque era poco profunda, estaba seca y era lo suficientemente amplia como para resguardarme de la tormenta. Miré hacia el manzano y, a pesar de su cercanía, sólo pude vislumbrar a través de aquella cascada de agua una especie de sombra, parecida a un monigote, que se movía debido a los embates del viento. Pensé que Olaf se habría levantado y corrido a refugiarse en alguna parte, pero unos años después, en una de esas mil y noches embriagados de hembras y alcohol que vivimos juntos, y con la cortesía con que siempre me trató, me reveló que en el trastero de su memoria aún recordaba aquel día y que él había permanecido allí recostado, amamantándose del cordón umbilical que lo unía a sus dioses. Una respiración no humana, procedente del interior de la cueva, hizo que me volviera asustado con sólo un débil carcaj como arma.
Desafiando a los dioses.
Desafiando a los dioses.
A pesar de no haber obtenido respuesta alguna a su requerimiento de adhesión del pequeño grupo que conducía, Olaf siguió adelante. Yo lavaba la herida de su muslo al acabar nuestra jornada de duro caminar, a veces con la nieve encontrada en el camino, y cambiaba la especie de vendaje que la cubría. Mi camisa sólo sirvió un par de días para tal menester, pero las mujeres que nos seguían ofrecieron parte de sus ropajes para intentar sanar a la única esperanza que les quedaba. Olaf no había vuelto a decir nada desde que mató a Tolland; ni siquiera se quejaba del inmenso dolor que debía sentir al dar cada paso. Apoyado en su alfanje y en el carcaj avanzaba, con pasos cortos, sin mirar atrás. Retiré el vendaje al atardecer del cuarto día y este apareció limpio. Olaf lo observó y sonriendo me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba.
– Es hora de consultar a los dioses – dijo-. Es hora de que se decanten. O conmigo o contra mí. Ellos deciden. Comunión o apostasía. No hay término medio.
Los dos nos alejamos a cierta distancia del pequeño grupo que, agotados, hambrientos y ateridos, se reunían bajo unos pinos formando un círculo para protegerse del viento helador que azotaba aquellas tierras.
– ¿Llevas el pedernal? –me preguntó.
Asentí, y seguimos caminando. La luz iba menguando y sobre un pequeño otero pudimos contemplar la figura de un árbol solitario. Nos acercamos a él. Era un manzano. Olaf dejó en el suelo el alfanje y el carcaj, y se quitó toda la ropa que le cubría. Quedó completamente corito ante mi presencia. Agarró con fuerza el alfanje y lo clavó en el árbol; después se tumbó boca arriba sobre la nieve y apoyó su cabeza en el manzano. Pareció dormirse. De la empuñadura de la espada comenzó a caer, gota a gota, una especie de resina blanca hacia la boca de Olaf. Sus labios se movían a cada impacto y parecía como que pronunciaba palabras: Orni… To… Rinco… —sus tres demonios—. La resina caía y Olaf hablaba. El cielo se oscureció de repente y un relámpago dibujó serpientes en él. A mi derecha, a muy corta distancia, vislumbré la entrada de una cueva y la galería que conducía a su interior. El trueno tardó poco en romper el silencio. <<Está cerca>>, pensé… y comenzó a llover.
– Es hora de consultar a los dioses – dijo-. Es hora de que se decanten. O conmigo o contra mí. Ellos deciden. Comunión o apostasía. No hay término medio.
Los dos nos alejamos a cierta distancia del pequeño grupo que, agotados, hambrientos y ateridos, se reunían bajo unos pinos formando un círculo para protegerse del viento helador que azotaba aquellas tierras.
– ¿Llevas el pedernal? –me preguntó.
Asentí, y seguimos caminando. La luz iba menguando y sobre un pequeño otero pudimos contemplar la figura de un árbol solitario. Nos acercamos a él. Era un manzano. Olaf dejó en el suelo el alfanje y el carcaj, y se quitó toda la ropa que le cubría. Quedó completamente corito ante mi presencia. Agarró con fuerza el alfanje y lo clavó en el árbol; después se tumbó boca arriba sobre la nieve y apoyó su cabeza en el manzano. Pareció dormirse. De la empuñadura de la espada comenzó a caer, gota a gota, una especie de resina blanca hacia la boca de Olaf. Sus labios se movían a cada impacto y parecía como que pronunciaba palabras: Orni… To… Rinco… —sus tres demonios—. La resina caía y Olaf hablaba. El cielo se oscureció de repente y un relámpago dibujó serpientes en él. A mi derecha, a muy corta distancia, vislumbré la entrada de una cueva y la galería que conducía a su interior. El trueno tardó poco en romper el silencio. <<Está cerca>>, pensé… y comenzó a llover.
Seguimos.
Seguimos.
Corté el astil de la flecha, me quité la sucia camisa que llevaba puesta desde que abandonamos la aldea, la rompí y con ella vendé lo mejor que pude la pierna de Olaf. Me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba, y me dijo:
-Nunca faltará una camisa para cubrir tu torso. Nunca te dirán que eres un perdulario.
Asentí, sabiendo que sus palabras se cumplirían.
-Tráeme el carcaj de Tolland.
Fui a por él. Tolland se hallaba boca abajo, con el alfanje clavado en el corazón y parecía flotar sobre el charco que su sangre había formado en el frío suelo. Corté la tira de cuero que lo sujetaba a sus hombros y tiré con fuerza.
-Tráeme también mi espada –me dijo Olaf, observando desde el suelo la escena.
Me acerqué y le entregué lo que me había pedido. Asió el carcaj con su mano izquierda y el alfanje con la derecha. Se levantó y su figura formó una perfecta sinfonía con las montañas nevadas que se elevaban tras él; como formando parte de ellas.
- ¡O conmigo, o contra mí! –gritó hacia lo que quedaba de su pueblo.
El silencio fue la respuesta obtenida.
-Nunca faltará una camisa para cubrir tu torso. Nunca te dirán que eres un perdulario.
Asentí, sabiendo que sus palabras se cumplirían.
-Tráeme el carcaj de Tolland.
Fui a por él. Tolland se hallaba boca abajo, con el alfanje clavado en el corazón y parecía flotar sobre el charco que su sangre había formado en el frío suelo. Corté la tira de cuero que lo sujetaba a sus hombros y tiré con fuerza.
-Tráeme también mi espada –me dijo Olaf, observando desde el suelo la escena.
Me acerqué y le entregué lo que me había pedido. Asió el carcaj con su mano izquierda y el alfanje con la derecha. Se levantó y su figura formó una perfecta sinfonía con las montañas nevadas que se elevaban tras él; como formando parte de ellas.
- ¡O conmigo, o contra mí! –gritó hacia lo que quedaba de su pueblo.
El silencio fue la respuesta obtenida.
Querella.
Querella.
“El cansancio y la falta de esperanza hacía mella, cada día que pasaba, entre aquellos que aún se mantenían en pie. Incluso Olaf parecía cansado y abatido. No es de extrañar que surgiera la primera querella. Tolland, hijo del antiguo jefe de la aldea, y dos años mayor que Olaf, ya había mostrado ciertas reticencias ante el liderazgo de aquel mequetrefe que dirigía a los que creía, por derecho de linaje, sus súbditos. Aunque no había conseguido ningún apoyo en los instantes posteriores al desastre, debido a su mal carácter y crueldad, cada día eran más los que se arremolinaban a su alrededor buscando quizá otra salida a la situación. Una fría tarde, cuando la niebla había ocultado el débil sol que apenas los había calentado durante su cotidiano peregrinar ocurrió lo inevitable.
–¡Olaf! –gritó Tolland, apenas a unos metros.
Este se volvió despacio, sin apenas alterarse, aunque su mano derecha se enrojecía a medida que apretaba con fuerza la empuñadura de su alfanje.
-¿Qué quieres? –le respondió con voz cansada y mirándole a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba.
-Ya es hora de que dejes que alguien con más valía se haga cargo de esta desastrosa situación-. Y levantó su arco hacia él.
-¿Y ese alguien eres tú? –preguntó en alta voz, mientras elevaba la mano derecha y apoyaba el alfanje sobre su espalda-. ¿Una mierda de rata tísica, se cree capaz de sacar a lo que queda de este pueblo de una muerte segura?
La flecha surgió de repente del arco de Tolland. Olaf se inclinó hacia su izquierda lanzando el alfanje. Tolland, desprevenido, solo tuvo tiempo de dirigir sus ojos hacia su pecho y ver la empuñadura de la espada que atravesaba su corazón. Olaf se mantenía en pie, ligeramente escorado sobre su lado izquierdo. En su pierna se podía ver clavada la flecha. Corrí hacia él y me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. –Corta el astil y deja el resto dentro –me dijo. Ya sanará.”
–¡Olaf! –gritó Tolland, apenas a unos metros.
Este se volvió despacio, sin apenas alterarse, aunque su mano derecha se enrojecía a medida que apretaba con fuerza la empuñadura de su alfanje.
-¿Qué quieres? –le respondió con voz cansada y mirándole a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba.
-Ya es hora de que dejes que alguien con más valía se haga cargo de esta desastrosa situación-. Y levantó su arco hacia él.
-¿Y ese alguien eres tú? –preguntó en alta voz, mientras elevaba la mano derecha y apoyaba el alfanje sobre su espalda-. ¿Una mierda de rata tísica, se cree capaz de sacar a lo que queda de este pueblo de una muerte segura?
La flecha surgió de repente del arco de Tolland. Olaf se inclinó hacia su izquierda lanzando el alfanje. Tolland, desprevenido, solo tuvo tiempo de dirigir sus ojos hacia su pecho y ver la empuñadura de la espada que atravesaba su corazón. Olaf se mantenía en pie, ligeramente escorado sobre su lado izquierdo. En su pierna se podía ver clavada la flecha. Corrí hacia él y me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. –Corta el astil y deja el resto dentro –me dijo. Ya sanará.”
Marchando.
Marchando.
Los días se hacían eternos y las noches no tenían principio ni final. Un pueblo que caminaba entre nieblas buscaba una luz mirando siempre al frente y había olvidado, a duras penas, lo que había quedado detrás. Un niño los conducía y el simple vuelo de una oropéndola , con su plumaje dorado, hacía renacer en sus corazones una esperanza al confundirla con un rayo de sol, en medio de la negrura de un camino cuajado de esfuerzos por dar el próximo paso. No había entre ellos ninguno que destacara en arte alguno; exceptuando las prodigiosas manos de mujeres acostumbradas a preparar un escaso condumio con agua del arroyo, un níscalo encontrado bajo los pinos y trozos secos de alguna rata cazada a pedradas. Olaf marcaba el paso. Los demás pisábamos sobre sus huellas. La sangre inocente, derramada por los nuestros sobre la tierra que nos vio nacer, se nos agolpaba en los ojos y Olaf llevaba el alfanje boca abajo, a la funerala, en señal de duelo.
Dejando muertos en el camino.
Dejando muertos en el camino.
Lo que quedaba de un pueblo, en otros tiempos numeroso, orgulloso y pagado de sí mismo, caminaba dirigido por un adolescente de apenas catorce años que sólo destacaba por el alfanje que lucía en su mano cuando lo levantaba cada mañana señalando hacia la salida del sol… el día que salía. Nuestra delirante marcha hacia ninguna parte menguaba los componentes del grupo a cada paso que dábamos, y aún así Olaf no cejaba en dar ánimos a los supervivientes. Mirábamos hacia atrás y no era difícil vislumbrar el cuerpo de un niño caído, inerte y falto de hálito vital; o una mujer a su lado derramando lágrimas, y esperando la llegada del momento de acunar a su ser más querido en las estrellas; o un anciano curtido por el paso del tiempo, marcando en su cara las arrugas del peso de la azada y el arado o mostrando en su cabeza las canas oscuras de una vida a golpes de coraje. Día a día, noche a noche, entrábamos en una espiral que tenía un principio, pero no parecía tener final. Subido a una loma, vislumbrando como el atardecer cambiaba los colores del cielo en la lejanía se volvió hacia nosotros. Unos dos centenares de personas salimos de la aldea tras el ataque del rey Mignón… apenas dos docenas nos manteníamos en pie tras nuestro rey.
-¡La vamos a liar¡ -gritó enfurecido-. ¡La vamos a liar!
Y vaya si la liamos, Rey Olaf. Vaya si la liamos.
-¡La vamos a liar¡ -gritó enfurecido-. ¡La vamos a liar!
Y vaya si la liamos, Rey Olaf. Vaya si la liamos.
Adelante.
Adelante.
Las noches se hacían eternas debido al frío y a la falta de esperanza. Tras nuestra marcha de la aldea, cada atardecer, mujeres, niños y ancianos buscaban cobijo bajo las escasas ramas de los pocos árboles que crecían en aquella tierra yerma, azotada constantemente por los vientos provenientes del norte y cubierta aquellos días por una fina capa de nieve. Sólo en el efímero resguardo de aquellos árboles se podía encontrar un lugar menos húmedo donde poder postrar el cansancio de unos cuerpos agotados. Raíces y pequeñas bayas encontradas por el camino eran el sustento diario. Pero nadie miraba atrás, todos avanzaban hacia adelante. Detrás quedaba el recuerdo tendido en prados de fresca hierba; delante el lucubrar con días de risas y festejos. Olaf era el único que, durante la noche, permanecía despierto. Apoyado fuertemente en el suelo, con las dos manos sobre el alfanje encontrado tras la trágica debacle de su pueblo, miraba las estrellas y buscaba respuestas en el zodiaco. Me acerqué a él en silencio y así su mano. Me miró a los ojos -como siempre hacía cuando de algo importante se trataba- y me susurró: Tú eres Cáncer, amado mío.
Las noches se hacían eternas debido al frío y a la falta de esperanza. Tras nuestra marcha de la aldea, cada atardecer, mujeres, niños y ancianos buscaban cobijo bajo las escasas ramas de los pocos árboles que crecían en aquella tierra yerma, azotada constantemente por los vientos provenientes del norte y cubierta aquellos días por una fina capa de nieve. Sólo en el efímero resguardo de aquellos árboles se podía encontrar un lugar menos húmedo donde poder postrar el cansancio de unos cuerpos agotados. Raíces y pequeñas bayas encontradas por el camino eran el sustento diario. Pero nadie miraba atrás, todos avanzaban hacia adelante. Detrás quedaba el recuerdo tendido en prados de fresca hierba; delante el lucubrar con días de risas y festejos. Olaf era el único que, durante la noche, permanecía despierto. Apoyado fuertemente en el suelo, con las dos manos sobre el alfanje encontrado tras la trágica debacle de su pueblo, miraba las estrellas y buscaba respuestas en el zodiaco. Me acerqué a él en silencio y así su mano. Me miró a los ojos -como siempre hacía cuando de algo importante se trataba- y me susurró: Tú eres Cáncer, amado mío.
Tras la batalla.
Tras la batalla
Olaf, agarrado a mi mano, miró en derredor. Nunca he podido saber que pasaba en aquellos momentos por su cerebro. Yo seguí su vista y me encontré rodeado de humo, llanto y fuego. La aldea, nuestra aldea, derramaba sangre aquella mañana. Sangre inocente por todas partes resbalaba tiñendo el lugar que había sido cobijo, refugio y hogar de hombres y mujeres que solo aspiraban a respirar cada día. Catorce años tenía Olaf; ocho veranos había sobrevivido yo. Mujeres y niñas se abrazaban a cuerpos inertes, repletos de heridas mortales, maldiciendo a quienes las infligieron o susurrando letanías a dioses ancestrales, mientras un atisbo de cálido sol hacía presente el escenario de aquella matanza.
-¡A mí! -gritó-. ¡A mí!
El silencio siguió a su llamada. Ojos temerosos levantaron sus miradas y leves movimientos se sucedieron. Las viudas fueron las primeras en acercarse, las huérfanas las siguieron, los niños pequeños, viéndose desprotegidos, acudieron buscando refugio. Todos los sobrevivientes de aquella desigual contienda rodearon a Olaf. Él los miró a cada uno de ellos a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. Se dirigió al pequeño aljibe que suministraba agua potable, situado en el centro de la aldea, y sumergió en él su débil brazo. Un alfanje surgió asido, como si una prolongación se tratara, de su mano. Lo elevó hacia el cielo. Una mujer, vestida de negro, con lágrimas en los ojos y rastro de sangre en sus dedos le ofreció un alfajor. Olaf lo aceptó con el mismo amor que un padre recoge en sus brazos a su hijo, lanzado por los aires, el día que cumple otro año de vida. Se lo metió en la boca y masticó despacio, degustándolo.
-¡Nos vamos! –gritó-. ¡Nos vamos!
… Y nos fuimos.
-¡A mí! -gritó-. ¡A mí!
El silencio siguió a su llamada. Ojos temerosos levantaron sus miradas y leves movimientos se sucedieron. Las viudas fueron las primeras en acercarse, las huérfanas las siguieron, los niños pequeños, viéndose desprotegidos, acudieron buscando refugio. Todos los sobrevivientes de aquella desigual contienda rodearon a Olaf. Él los miró a cada uno de ellos a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. Se dirigió al pequeño aljibe que suministraba agua potable, situado en el centro de la aldea, y sumergió en él su débil brazo. Un alfanje surgió asido, como si una prolongación se tratara, de su mano. Lo elevó hacia el cielo. Una mujer, vestida de negro, con lágrimas en los ojos y rastro de sangre en sus dedos le ofreció un alfajor. Olaf lo aceptó con el mismo amor que un padre recoge en sus brazos a su hijo, lanzado por los aires, el día que cumple otro año de vida. Se lo metió en la boca y masticó despacio, degustándolo.
-¡Nos vamos! –gritó-. ¡Nos vamos!
… Y nos fuimos.
Otros recuerdos.
Otros recuerdos.
Mi madre yacía en el suelo y el cuerpo de mi padre, como una sábana mortuoria, la envolvía. Una espada atravesaba a los dos. Durante muchos años sus cuerpos se habían unido para dar vida y ahora, del mismo modo, con un abrazo acogieron el paso infame de la muerte. Él aún mostraba cazcarrias en su capa de piel, que se habían secado debido al inmenso calor que desprendían las casas incendiadas de la aldea. Ella sostenía entre sus dedos una vedija, blanca como la inacabada camisa que descansaba en la rueca tras la que me había refugiado instantes antes de la entrada violenta de los soldados del rey Mignón. ¡Parné! ¡Parné! –gritaban, mientras yo cerraba los ojos como un pazguato. Ni una sola lágrima derramé al ver a mis padres muertos: un niño de ocho años tiene maneras, a veces no racionales, de apencar con los acontecimientos que le suceden. Salí al exterior. Todo era humo, sangre y llanto. Lo vi en el centro de la aldea, en pie, cubierto de barro y mirando fijamente hacia el otero. Gritaba. Me acerqué a él despacio, con cierto miedo –era unos años mayor que yo-. Volvió su rostro hacia mí, me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba y me tendió la mano. Yo la agarré con fuerza y supe que le amaría hasta dar por él hasta la última gota de mi sangre. Muchos años después descubrí que algunos, en viejas chanzas de tabernas mugrientas, me llamaban el correveidile del Rey. No, yo soy el “correveymata” de Olaf.
Recuerdos.
Recuerdos.
Olaf nunca olvidó el día que el Rey Mignón asoló su aldea. Tenía catorce años, un padre, una madre, tres hermanos y docenas de amigos. Horas después, cuando se levantó del charco de barro al que había caído, con el hombro dislocado y su frente aún manando sangre tras el golpe de una espada roma, debido a la desidia de un soldado enemigo, se encontró siendo huérfano, sin familia y sin amigos. El olor a humo impregnaba el lugar y sólo el llanto unísono, tubular, de mujeres viudas y los gemidos de dolor de los aspirantes a ser recordados como héroes rompía el silencio sepulcral del campo de batalla. Olaf contempló a lo lejos, sobre el otero, las ramas del manzano en el que tantas tardes, aburrido de no hacer nada, se había subido para sentir, a sus pies, el latir vital de su pueblo. Un negro cuervo revoloteaba sobre el árbol y tres figuras, cogidas de las manos y rodeando el tronco, dirigían sus miradas hacia él. Olaf, tragando saliva mezclada con sangre gritó sus nombres: ¡Orni! ¡To! ¡Rinco! Los tres demonios, a una, agacharon sus cabezas en señal de sumisión.
En el valle.
En el valle.
El amanecer llegó sin apenas darnos cuenta y algunos de nosotros aún presentábamos en nuestros cuerpos las secuelas de innumerables brindis realizados a la luna llena que surgió aquella noche, muchos juramentos a las estrellas que la cortejaron y demasiado vino agrio, pero suculento, en nuestras venas. Colocarnos en nuestra posición de batalla no fue tarea difícil, ya que el exhaustivo entrenamiento al que habíamos sido sometidos durante meses, en los que el dolor y el sufrimiento atormentaban nuestros miembros en cada movimiento, había dado sus frutos y a ello se añadía la resiliencia que nuestra raza portaba en sus genes. El triángulo de ataque se formó en silencio, sin prisa, sin pausa. Olaf, con su espada en la mano derecha y el escudo cubriendo su flanco derecho ocupaba el vértice inferior. Los doce formábamos detrás de él. Los lanceros se agrupaban cobijándonos y los portadores de espadas y flechas ampliaban el abanico. Cinco mil hombres. Cinco mil almas. Cinco mil rostros. Miles de litros de sangre dispuestos para ser derramados por su rey.
El amanecer llegó sin apenas darnos cuenta y el enemigo se nos ofreció en su inmensidad. Miles y miles cubrían las lomas que, ante nosotros, casi rodeaban el pequeño valle. Caballería a la izquierda, lanceros en el centro, espadas a la derecha. Detrás, en silencio, el brillo del débil sol sobre la madera de una inmensidad de arcos.
Una figura, dando saltos inconexos, descendió por la ladera; portaba una bandera blanca y hasta nosotros llegaba el tintineo cascabelero de su traje de bufón. Se detuvo a medio camino. Olaf giró su cabeza y me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. “Tráeme su sonrisa” –me dijo sin rebozo-. Así mi espada, apoyé mis pies con fuerza en la tierra, y me lancé sin miedo hacia mi presa.
El amanecer llegó sin apenas darnos cuenta y el enemigo se nos ofreció en su inmensidad. Miles y miles cubrían las lomas que, ante nosotros, casi rodeaban el pequeño valle. Caballería a la izquierda, lanceros en el centro, espadas a la derecha. Detrás, en silencio, el brillo del débil sol sobre la madera de una inmensidad de arcos.
Una figura, dando saltos inconexos, descendió por la ladera; portaba una bandera blanca y hasta nosotros llegaba el tintineo cascabelero de su traje de bufón. Se detuvo a medio camino. Olaf giró su cabeza y me miró a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba. “Tráeme su sonrisa” –me dijo sin rebozo-. Así mi espada, apoyé mis pies con fuerza en la tierra, y me lancé sin miedo hacia mi presa.
Se rompe el círculo.
Se rompe el círculo.
Olaf alzó su espada ante todos nosotros y mirándonos a los ojos, como siempre hacía cuando de algo importante se trataba, la clavó con fuerza en el helado suelo. La luz escasa de aquella mañana de invierno, apagada aún más por la niebla que nos cubría, no fue obstáculo para percibir la ira que su rostro mostraba.
-Uno de vosotros no es de mi agrado –dijo bajando la vista-. Nuestro círculo se está rompiendo.
-Círculo no, mi rey Olaf. Tú eres el centro y nosotros estamos todos a la misma distancia de ti. La palabra correcta es “circunferencia”.
-Gracias por tu aclaración, Conde Magnus. Sabes que me agrada el celo que pones en utilizar siempre la definición correcta, pero recuerda que el título que ostentas ha sido otorgado por mí.
-Nunca lo olvido, mi rey Olaf. Siempre a tu servicio.
Olaf sacó la espada apenas sin hacer esfuerzo y volvió a mirarnos uno a uno. Se detuvo al llegar a Svens.
-Duque Svens, ¿qué es eso qué tienes en la barbilla?
-Un grano, mi rey. Se me ha encasillado.
-Encasillado no –terció Magnus-. La palabra correcta es enquistado, señor duque. Usted tiene un grano enquistado.
Olaf acercó la punta de la espada al rostro de Svens, y con un pequeño giro de su muñeca sajó el forúnculo.
-Cuando una pústula da problemas lo mejor es cortarla de raíz –dijo Olaf. Y girando velozmente su brazo le cortó la cabeza a Magnus.
Tras la batalla.
Tras la batalla.
Clavé la lanza en el árido terreno y la sangre acumulada en su vara de roble resbaló por ella formando un pequeño charco, púrpura como el uniforme del enemigo, a sus pies. Levanté la cabeza y desafié con mi voz los gemidos moribundos de los heridos en el campo de batalla. -¡Almoneda! ¡Almoneda! –grité, mientras depositaba en el suelo el botín obtenido. Mediocres en el arte de la guerra se acercaron de inmediato, sin demora, intentando obtener por unas míseras monedas de cobre la gloria que no habían conseguido con las armas. Alguno preguntaba con la cabeza gacha el precio de un objeto concreto, pagaba lo estipulado y marchaba sin mirar atrás; pero muchos llegaban eufóricos, llenando mis oídos de fingidos dingolondangos, para obtener una mejora en la subasta. Mi bolsa se llenaba mientras cascos, escudos y puñales de hierro desaparecían en manos de falsos héroes. Con todo vendido levanté la lanza, dí la espalda a aquella tierra estéril y dirigí mis pasos hacia otros lugares, otros terrenos, otros campos que regar con sangre, abonar de huesos y recolectar despojos.
Clavé la lanza en el árido terreno y la sangre acumulada en su vara de roble resbaló por ella formando un pequeño charco, púrpura como el uniforme del enemigo, a sus pies. Levanté la cabeza y desafié con mi voz los gemidos moribundos de los heridos en el campo de batalla. -¡Almoneda! ¡Almoneda! –grité, mientras depositaba en el suelo el botín obtenido. Mediocres en el arte de la guerra se acercaron de inmediato, sin demora, intentando obtener por unas míseras monedas de cobre la gloria que no habían conseguido con las armas. Alguno preguntaba con la cabeza gacha el precio de un objeto concreto, pagaba lo estipulado y marchaba sin mirar atrás; pero muchos llegaban eufóricos, llenando mis oídos de fingidos dingolondangos, para obtener una mejora en la subasta. Mi bolsa se llenaba mientras cascos, escudos y puñales de hierro desaparecían en manos de falsos héroes. Con todo vendido levanté la lanza, dí la espalda a aquella tierra estéril y dirigí mis pasos hacia otros lugares, otros terrenos, otros campos que regar con sangre, abonar de huesos y recolectar despojos.
Cobarde
Cobarde.
El fuerte sol del mediodía golpea mi rostro con fuerza y mis ojos, entrecerrados, no pueden reprimir las lágrimas. Un dolor intenso en el hombro, seguramente una flecha, me mantiene consciente. Todo es silencio. Hacia mí llega el olor a hierba pisoteada y muerte. Mi mano sostiene aún la pequeña espada forjada malamente, a toda prisa y virgen de sangre, que se me otorgó antes de la contienda. El recuerdo de la tensión que sentí al abalanzarme sobre el enemigo, tras la orden de Olaf, hace que mi cuerpo se estremezca y los recuerdos se agolpan en mi mente: el cielo azul al romper el alba; los verdes pastos rociados de gotas de plata; la música al balar el rebaño; el agua fresca del arroyo saciando la sed; el queso agrio y el pan dulce en la boca; la luna en lo alto iluminando el regreso; los besos de miel de una madre; el asentimiento orgulloso de un padre y los sueños de ser algún día el rey del universo. Sonidos a mi derecha. No respiro. Una voz. –Rematad a los heridos. –Que no quede ninguno.
Noto como algo se interpone entre mi cuerpo y el sol. Sin poder evitarlo entreabro mis ojos y vislumbro, ante mí, la forma de un hombre enorme. Su peto, de cuero curtido, chorrea sangre y su barba, del color de las zanahorias recién sacadas de la tierra, está empapada de saliva. Me mira fijamente y levanta su enorme espada con las dos manos. La empuñadura desprende un rayo de luz. Parpadeo y gimo débilmente: -Por favor…. Duda un instante… y el arma cae con fuerza sobre mí. Se clava en la tierra a escasas pulgadas de mi cabeza. Otra voz: -¿Estaba vivo? –Por si acaso –contesta el guerrero. Saca la espada de la tierra y se da la vuelta. Vuelvo a respirar. Detiene sus pasos, gira la cabeza y susurra: -Acuérdate de mí cuando estés en tu reino-.
Noto como algo se interpone entre mi cuerpo y el sol. Sin poder evitarlo entreabro mis ojos y vislumbro, ante mí, la forma de un hombre enorme. Su peto, de cuero curtido, chorrea sangre y su barba, del color de las zanahorias recién sacadas de la tierra, está empapada de saliva. Me mira fijamente y levanta su enorme espada con las dos manos. La empuñadura desprende un rayo de luz. Parpadeo y gimo débilmente: -Por favor…. Duda un instante… y el arma cae con fuerza sobre mí. Se clava en la tierra a escasas pulgadas de mi cabeza. Otra voz: -¿Estaba vivo? –Por si acaso –contesta el guerrero. Saca la espada de la tierra y se da la vuelta. Vuelvo a respirar. Detiene sus pasos, gira la cabeza y susurra: -Acuérdate de mí cuando estés en tu reino-.
Atacados
Atacados.
El día anuncia su llegada rompiendo la malicia de la oscuridad, clareando por el este. Un atisbo de esperanza, delimitando dientes de sierra, aparece sobre las cumbres que protegen la aldea de los fríos vientos invernales, y los carcomidos tejados de madera comienzan a lucir como plateadas patenas de sacrificio comunitario. Un gallo, aterido y hambriento, proclama la orden de abandonar las templadas sábanas de paja y tomar las armas. Hombres jóvenes, adultos y ancianos curtidos por el trabajo del campo; mujeres aviejadas, cansadas de callar a gritos en los momentos del parto; y niños marcados por el sol, la tierra y el viento olvidan necesidades fisiológicas asiendo cuchillos de basto hierro, azadas melladas por el uso y varas secas de avellano, con legañas en los ojos, piojos en el pelo y pulgas por todos lados, otean temerosos a través de oquedades en las paredes de barro de las débiles chozas. Silencio en el exterior. Miedo dentro. El brillo lejano de una espada… dos espadas… miles de espadas. Piafar de un caballo contra el rígido barro. Cientos de relinchos cantan a coro. Una orden de ataque. Voces y gritos de victoria. Chillidos y llantos de derrota. Fuego…, sangre…, frío…, muerte.
miércoles, 8 de julio de 2015
Relato en Facebook.
(I)
-En la noche de bodas... ¿dónde vais a poner el bastón? -le dije, hace años, a una muchacha.
-¿El bastón? -me preguntó ella-. ¿Qué bastón?
- El bastón del ciego -le aclaré yo.
-¿Del ciego?
-Sí, del ciego. Porque hay que estar ciego para casarse contigo.
Hoy, aquella muchacha es mi esposa... y el bastón, aunque el paso del tiempo ha hecho mella en él, se sigue poniendo - de vez en cuando- en el mismo sitio en el que se puso aquella noche de bodas.
No, no soy ciego; aunque parezca lo contrario tras las primeras frases con las que he comenzado la narración. Ciego no, pero sí cojo; y ese es el motivo por el que uso bastón. No es que sea una cojera muy ostensible: a veces, cuando estoy parado, apenas se nota; pero es ponerme a andar y mi pierna derecha, quince centímetros más corta que la izquierda, ya que le falta el tobillo y el pie completo, tira de mi cuerpo hacia ese lado y si no es por mi querido bastón tendría la oreja derecha destrozada de rozarse con el suelo.
(II)
Fui un niño deseado y en el momento de mi venida al mundo tuve dos golpes de suerte que marcarían el devenir de mi vida. Uno fue que mi madre se encontraba presente en el momento del parto, con lo cual pude sentir en mis primeros instantes el cariño y el amor de unos brazos que me acogían; el segundo fue que yo era la misma imagen de mi padre y que éste, también por suerte para él, era el marido de mi madre. Por cierto, nací con los dos pies intactos.
Yo nací en casa, como era lo normal nacer en aquellos años sesenta, y a voz en grito de mi madre; no como ahora que con tanto hospital, epidural y adelantos varios dar a luz es como ir a correr los encierros de San Fermín y verlos desde el bar de enfrente de la calle Estafeta comiéndote un bocadillo de chistorra. Sí, que has estado en "los sanfermines"..., pero distinto.
(III)
Por no haber, en el pequeño pueblo donde vi por primera la luz, ya que eran las cinco de la tarde (No olviden este importante dato sobre la hora de mi nacimiento ya que tendrá suma importancia, y mucha -sobre todo en relación con mi abuelo, que también fue picador, pero no allá en la mina, sino en las plazas de toros de media España... y en la mayoría de la otra mitad-) no solo no había médico, sino que ni matrona homologada como tal se hallaba a menos de cincuenta kilómetros a la redonda. Así que, ante la urgencia de mi llegada a este mundo, tuvieron que echar mano de Maruja "La Comadreja", encargada oficial por parte de Manuel Benitez " El Cordobés" (El patriarca) de traer al mundo a todos los churumbeles del clan gitano "Los Lereles". Unos años después dicho clan, tras una reyerta por cuestión de amores, claro, en la que hubo sangre derramada y una vida perdida, pasó a denominarse "Los Matariles"
(IV)
Yo no nací en el Mediterráneo, a Dios gracias. No es que tenga nada en contra de los que nacieron en él. Es más, admiro la valentía y la entereza de una madre que es capaz de, con una barriga sublime y siete centímetros de dilatación, adentrarse en las aguas de dicho mar y traer al mundo a una criatura a la vista de toda clase de pescados. Lo de ponerle de nombre Joan Manuel ya es cosa de gustos, allá cada cual (o cada cuála) a la hora de marcar de por vida a sus hijos, pero si de mi dependiera (o dependiese) el nombre de Antonio me pareció apropiado cuando mi padre fue a registrarme en el Registro Civil. Yo no nací en el Mediterráneo, pero a salado no me gana nadie. Vamos, eso creo.
-En la noche de bodas... ¿dónde vais a poner el bastón? -le dije, hace años, a una muchacha.
-¿El bastón? -me preguntó ella-. ¿Qué bastón?
- El bastón del ciego -le aclaré yo.
-¿Del ciego?
-Sí, del ciego. Porque hay que estar ciego para casarse contigo.
Hoy, aquella muchacha es mi esposa... y el bastón, aunque el paso del tiempo ha hecho mella en él, se sigue poniendo - de vez en cuando- en el mismo sitio en el que se puso aquella noche de bodas.
No, no soy ciego; aunque parezca lo contrario tras las primeras frases con las que he comenzado la narración. Ciego no, pero sí cojo; y ese es el motivo por el que uso bastón. No es que sea una cojera muy ostensible: a veces, cuando estoy parado, apenas se nota; pero es ponerme a andar y mi pierna derecha, quince centímetros más corta que la izquierda, ya que le falta el tobillo y el pie completo, tira de mi cuerpo hacia ese lado y si no es por mi querido bastón tendría la oreja derecha destrozada de rozarse con el suelo.
(II)
Fui un niño deseado y en el momento de mi venida al mundo tuve dos golpes de suerte que marcarían el devenir de mi vida. Uno fue que mi madre se encontraba presente en el momento del parto, con lo cual pude sentir en mis primeros instantes el cariño y el amor de unos brazos que me acogían; el segundo fue que yo era la misma imagen de mi padre y que éste, también por suerte para él, era el marido de mi madre. Por cierto, nací con los dos pies intactos.
Yo nací en casa, como era lo normal nacer en aquellos años sesenta, y a voz en grito de mi madre; no como ahora que con tanto hospital, epidural y adelantos varios dar a luz es como ir a correr los encierros de San Fermín y verlos desde el bar de enfrente de la calle Estafeta comiéndote un bocadillo de chistorra. Sí, que has estado en "los sanfermines"..., pero distinto.
(III)
Por no haber, en el pequeño pueblo donde vi por primera la luz, ya que eran las cinco de la tarde (No olviden este importante dato sobre la hora de mi nacimiento ya que tendrá suma importancia, y mucha -sobre todo en relación con mi abuelo, que también fue picador, pero no allá en la mina, sino en las plazas de toros de media España... y en la mayoría de la otra mitad-) no solo no había médico, sino que ni matrona homologada como tal se hallaba a menos de cincuenta kilómetros a la redonda. Así que, ante la urgencia de mi llegada a este mundo, tuvieron que echar mano de Maruja "La Comadreja", encargada oficial por parte de Manuel Benitez " El Cordobés" (El patriarca) de traer al mundo a todos los churumbeles del clan gitano "Los Lereles". Unos años después dicho clan, tras una reyerta por cuestión de amores, claro, en la que hubo sangre derramada y una vida perdida, pasó a denominarse "Los Matariles"
(IV)
Yo no nací en el Mediterráneo, a Dios gracias. No es que tenga nada en contra de los que nacieron en él. Es más, admiro la valentía y la entereza de una madre que es capaz de, con una barriga sublime y siete centímetros de dilatación, adentrarse en las aguas de dicho mar y traer al mundo a una criatura a la vista de toda clase de pescados. Lo de ponerle de nombre Joan Manuel ya es cosa de gustos, allá cada cual (o cada cuála) a la hora de marcar de por vida a sus hijos, pero si de mi dependiera (o dependiese) el nombre de Antonio me pareció apropiado cuando mi padre fue a registrarme en el Registro Civil. Yo no nací en el Mediterráneo, pero a salado no me gana nadie. Vamos, eso creo.
(V)
Se dio también la circunstancia de que mi alumbramiento sucedió un cinco de Enero, víspera de la celebración de Los Reyes Magos, y añadido esto a que fui el primogénito, varón y mi madre se llama Lola (Dolores) se cumplió en mí la profecía de Isaías: "Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos." (Isaías 53, 3). Lo de varón de Dolores es claro, el resto lo podrán comprobar a medida que avance mi relato. No es por presumir, pero fui un niño "divino".
(VI)
La noticia de que "La Lola" había tenido un churumbel fue propagada inmediatamente por todo el pueblo y enseguida se presentaron en la casa lo más granado del mismo. El alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y Manuel Benítez "El Cordobés" -patriarca de "Los Lereles"- fueron de los primeros en acudir para felicitar a los felices padres primerizos, amén de todas las mujeres casadas, o en edad casadera, de los alrededores que querían saber detalles de como había transcurrido el parto, y ya de paso echar una mirada a los enseres que adornaban la humilde morada, para así poder tener tema de conversación en los típicos corrillos femeninos que se formaban en el lavadero del pueblo.Total que, en mis primeras horas de vida, recibí más visitas que Jesús en el pesebre.
(VII)
Fue tal la cantidad de gente que se personó en la casa para contemplar tan magno acontecimiento que mi tío Frasco, hermano de mi padre, tuvo que repartir números en la puerta para organizar un poco la situación y poner órden a la hora de acceder a felicitar a los agraciados . El hombre hizo lo que pudo, pero descuidó la vigilancia de los visitantes y días después se echaron en falta cuatro cucharas, dos tenedores, un cuadro de Nuestra Señora de Araceli y dos calzoncillos usados de mi padre. Los vecinos juraron y perjuraron que ellos no sabían nada acerca de aquellas desapariciónes, y la culpa recayó sobre una pareja de "guiris" norteamericanos, de apellido Amstrong, que casualmente acertaron a pasar por allí caminito de Jerez. Estos, hallándose perdidos, y viendo el gentío acumulado en la puerta, se acercaron a preguntar. El Frasco, al no entender lo que le decían, y creyendo que eran políticos, les dió número y les hizo pasar cuando les tocó el turno. Era ya de noche y la luna llena se podía contemplar a través de la ventana abierta. Fue en ese preciso instante, en el que aquella pareja se acercó a contemplar a la parturienta, y a un servidor, cuando se realizó mi primera intervención divina: separé los labios de la lactancia a la que tanto me aferraba, ladeé mi pequeña cabeza; mi manita derecha se elevó y extendí mis cinco deditos; mi mano izquierda agarró con fuerza mi pie derecho (el que perdería años después); abrí los ojos, contemplé sus rostros y dirigí mi mirada hacia la ventana... hacia la luna. Cinco..., cinco años más tarde, su hijo Neil pondría su pie derecho por primera vez en la luna. Aquella fue mi primera profecía.
(VIII)
El primer milagro se produjo ocho meses después.
Mi nacimiento, tan excelso, produjo cambios incluso en el clima: los almendros florecieron a mediados de Enero, la primavera se adelantó en el hemisferio norte; e incluso, en el hemisferio sur, en pleno verano, se alcanzaron temperaturas de siete grados bajo cero en las playas de Copacabana. Está registrado, fidedignamente, que en los Carnavales de Río de aquel año lo más utilizado por las "brasileiras" fueron las bragas altas de crochet y los bañadores, de cuerpo entero, confeccionados a punto de cruz. A partir de Febrero, no cayó ni una sola gota de lluvia en el planeta. Los metereolólogos no encontraron explicación alguna a aquella situación, e incluso las Naciones Unidas se reunió urgentemente para evaluar aquel caso. El representante de Chile, nacido a apenas dos kilómetros del desierto de Atacama fue el que puso un poco de cordura ante la alarmante preocupación: -¿Que no llueve? -proclamó en la tribuna-.¿Y qué es llueve?
Como es natural los habitantes del pueblo en que nací se vieron afectados por aquella sequía. El primer mes fue aceptado con resignación y el segundo de muy mala leche, pero cuando las ranas de las secas charcas que rodeaban el lugar llamaban a la puerta de los vecinos suplicando un escupitajo y las chicharras, en vez de cantar, tarareaban, la situación pasó a ser preocupante.
Tras varios meses agónicos, secos y áridos, en los que ni a cuarenta grados a la sombra se sudaba debido a la falta del líquido elemento, el pueblo recurrió a su religiosidad natural: se realizaron novenas a Santo Ormenta, oraciones a Santo Rencial y rosarios a la Virgen de la Cueva, pero no hubo forma de que cayera ni una sola gota de lluvia. El cura del pueblo decidió hacer una última tentativa y convocó a todos sus feligreses, a la hora del Ángelus, el día 15 de agosto, festividad de la Virgen, a ir en procesión, con la imagen de Nuestra Señora de Araceli desde la iglesia parroquial hasta el arroyo Pedroche.
Quiso la divina providencia que la comitiva, encabezada por el cura, el incensario, el cirio pascual, la talla de la Virgen (portada por Noé, el carpintero; Aniceto, el de la tasca; Venancio, el sacristán y Judas, el de los burros) acertara a pasar en el preciso instante en que mi madre (La Lola) me amantaba, sentada en una mecedora, en el exterior de la casa. Yo me encontraba totalmente corito, debido al calor sofocante, y creo que fue el murmullo de las oraciones, o el arrastrar de pies sobre el seco polvo del camino, lo que hizo que despertara de mi ingesta rutinaria. No pude contenerme y eructe, dejando un rastro de calostro sobre mi barbilla. Todos se volvieron hacia mí... y comencé a mear. El chorrito cayó directamente sobre el párroco y este, al intentar evitarlo, hizo que una gotita cayera sobre el manto de la Virgen...
Una nube, oscura, cubrió el sol. El cielo se oscureció de repente y sonaron truenos en la lejanía. Comenzó a llover... y a llover... y a llover. Muchos días duró la tan ansiada lluvia. Hasta Noé, el carpintero, fue visto una semana después acarreando tablas hacia un otero cercano, ayudado por su esposa, sus hijos y sus nueras.
(IX)
Un año había pasado desde aquel día en que "la Comadreja" ayudó a mi madre a que yo pudiera degustar el placer de respirar aire puro (hablamos del año 1964), y desprenderme del cordón umbilical que tanto me tenía anclado y me restaba libertad de movimientos. Con él adherido al ombligo, más parecía un "Seiscientos" con la manguera del surtidor de gasolina que un feto en el vientre de su madre. Mi divinidad ya había sido mostrada en dos ocasiones: la profecía de quién sería el primer hombre en pisar el suelo lunar, y mi intervención en el término de la sequía que a punto estuvo de acabar con la raza humana; pero aún así, debido a la humildad que me caracteriza, no fui reconocido. Nadie en el pueblo supo atar cabos y ver que aquel niño, nacido entre ellos, había tenido relación directa con los extraordinarios acontecimientos que acaecieron. Solo los familiares se acercaron a celebrar mi primer cumpleaños. El alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y Manuel Benítez "El Cordobés" se excusaron con motivos varios. Uno tenía pleno en el Ayuntamiento, preparando la cabalgata de Los Reyes magos del día siguiente; otro alegó que debía llevar la sotana al tinte, ya que unas manchas de orina no terminaban de desaparecer; otro andaba buscando pistas sobre el paradero de "El Lute" y el patriarca gitano se encontraba atareado con unos asuntillos sobre la desaparición de varios tramos de vía del ferrocarril entre las estaciones de Lucena y Cabra. Mi madre, ilusionada, había preparado una merienda a base de mortadela en lata, sardinas arenques y queso en aceite; mi padre se encargó de que no faltara vino en la bota ni agua en porrón. Ninguno de los asistentes salió decepcionado de aquella tarde. No, nadie es profeta en su tierra, pero la "jartá" que se metieron ha sido, y será, recordada en la historia de mi familia.
Se dio también la circunstancia de que mi alumbramiento sucedió un cinco de Enero, víspera de la celebración de Los Reyes Magos, y añadido esto a que fui el primogénito, varón y mi madre se llama Lola (Dolores) se cumplió en mí la profecía de Isaías: "Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos." (Isaías 53, 3). Lo de varón de Dolores es claro, el resto lo podrán comprobar a medida que avance mi relato. No es por presumir, pero fui un niño "divino".
(VI)
La noticia de que "La Lola" había tenido un churumbel fue propagada inmediatamente por todo el pueblo y enseguida se presentaron en la casa lo más granado del mismo. El alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y Manuel Benítez "El Cordobés" -patriarca de "Los Lereles"- fueron de los primeros en acudir para felicitar a los felices padres primerizos, amén de todas las mujeres casadas, o en edad casadera, de los alrededores que querían saber detalles de como había transcurrido el parto, y ya de paso echar una mirada a los enseres que adornaban la humilde morada, para así poder tener tema de conversación en los típicos corrillos femeninos que se formaban en el lavadero del pueblo.Total que, en mis primeras horas de vida, recibí más visitas que Jesús en el pesebre.
(VII)
Fue tal la cantidad de gente que se personó en la casa para contemplar tan magno acontecimiento que mi tío Frasco, hermano de mi padre, tuvo que repartir números en la puerta para organizar un poco la situación y poner órden a la hora de acceder a felicitar a los agraciados . El hombre hizo lo que pudo, pero descuidó la vigilancia de los visitantes y días después se echaron en falta cuatro cucharas, dos tenedores, un cuadro de Nuestra Señora de Araceli y dos calzoncillos usados de mi padre. Los vecinos juraron y perjuraron que ellos no sabían nada acerca de aquellas desapariciónes, y la culpa recayó sobre una pareja de "guiris" norteamericanos, de apellido Amstrong, que casualmente acertaron a pasar por allí caminito de Jerez. Estos, hallándose perdidos, y viendo el gentío acumulado en la puerta, se acercaron a preguntar. El Frasco, al no entender lo que le decían, y creyendo que eran políticos, les dió número y les hizo pasar cuando les tocó el turno. Era ya de noche y la luna llena se podía contemplar a través de la ventana abierta. Fue en ese preciso instante, en el que aquella pareja se acercó a contemplar a la parturienta, y a un servidor, cuando se realizó mi primera intervención divina: separé los labios de la lactancia a la que tanto me aferraba, ladeé mi pequeña cabeza; mi manita derecha se elevó y extendí mis cinco deditos; mi mano izquierda agarró con fuerza mi pie derecho (el que perdería años después); abrí los ojos, contemplé sus rostros y dirigí mi mirada hacia la ventana... hacia la luna. Cinco..., cinco años más tarde, su hijo Neil pondría su pie derecho por primera vez en la luna. Aquella fue mi primera profecía.
(VIII)
El primer milagro se produjo ocho meses después.
Mi nacimiento, tan excelso, produjo cambios incluso en el clima: los almendros florecieron a mediados de Enero, la primavera se adelantó en el hemisferio norte; e incluso, en el hemisferio sur, en pleno verano, se alcanzaron temperaturas de siete grados bajo cero en las playas de Copacabana. Está registrado, fidedignamente, que en los Carnavales de Río de aquel año lo más utilizado por las "brasileiras" fueron las bragas altas de crochet y los bañadores, de cuerpo entero, confeccionados a punto de cruz. A partir de Febrero, no cayó ni una sola gota de lluvia en el planeta. Los metereolólogos no encontraron explicación alguna a aquella situación, e incluso las Naciones Unidas se reunió urgentemente para evaluar aquel caso. El representante de Chile, nacido a apenas dos kilómetros del desierto de Atacama fue el que puso un poco de cordura ante la alarmante preocupación: -¿Que no llueve? -proclamó en la tribuna-.¿Y qué es llueve?
Como es natural los habitantes del pueblo en que nací se vieron afectados por aquella sequía. El primer mes fue aceptado con resignación y el segundo de muy mala leche, pero cuando las ranas de las secas charcas que rodeaban el lugar llamaban a la puerta de los vecinos suplicando un escupitajo y las chicharras, en vez de cantar, tarareaban, la situación pasó a ser preocupante.
Tras varios meses agónicos, secos y áridos, en los que ni a cuarenta grados a la sombra se sudaba debido a la falta del líquido elemento, el pueblo recurrió a su religiosidad natural: se realizaron novenas a Santo Ormenta, oraciones a Santo Rencial y rosarios a la Virgen de la Cueva, pero no hubo forma de que cayera ni una sola gota de lluvia. El cura del pueblo decidió hacer una última tentativa y convocó a todos sus feligreses, a la hora del Ángelus, el día 15 de agosto, festividad de la Virgen, a ir en procesión, con la imagen de Nuestra Señora de Araceli desde la iglesia parroquial hasta el arroyo Pedroche.
Quiso la divina providencia que la comitiva, encabezada por el cura, el incensario, el cirio pascual, la talla de la Virgen (portada por Noé, el carpintero; Aniceto, el de la tasca; Venancio, el sacristán y Judas, el de los burros) acertara a pasar en el preciso instante en que mi madre (La Lola) me amantaba, sentada en una mecedora, en el exterior de la casa. Yo me encontraba totalmente corito, debido al calor sofocante, y creo que fue el murmullo de las oraciones, o el arrastrar de pies sobre el seco polvo del camino, lo que hizo que despertara de mi ingesta rutinaria. No pude contenerme y eructe, dejando un rastro de calostro sobre mi barbilla. Todos se volvieron hacia mí... y comencé a mear. El chorrito cayó directamente sobre el párroco y este, al intentar evitarlo, hizo que una gotita cayera sobre el manto de la Virgen...
Una nube, oscura, cubrió el sol. El cielo se oscureció de repente y sonaron truenos en la lejanía. Comenzó a llover... y a llover... y a llover. Muchos días duró la tan ansiada lluvia. Hasta Noé, el carpintero, fue visto una semana después acarreando tablas hacia un otero cercano, ayudado por su esposa, sus hijos y sus nueras.
(IX)
Un año había pasado desde aquel día en que "la Comadreja" ayudó a mi madre a que yo pudiera degustar el placer de respirar aire puro (hablamos del año 1964), y desprenderme del cordón umbilical que tanto me tenía anclado y me restaba libertad de movimientos. Con él adherido al ombligo, más parecía un "Seiscientos" con la manguera del surtidor de gasolina que un feto en el vientre de su madre. Mi divinidad ya había sido mostrada en dos ocasiones: la profecía de quién sería el primer hombre en pisar el suelo lunar, y mi intervención en el término de la sequía que a punto estuvo de acabar con la raza humana; pero aún así, debido a la humildad que me caracteriza, no fui reconocido. Nadie en el pueblo supo atar cabos y ver que aquel niño, nacido entre ellos, había tenido relación directa con los extraordinarios acontecimientos que acaecieron. Solo los familiares se acercaron a celebrar mi primer cumpleaños. El alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y Manuel Benítez "El Cordobés" se excusaron con motivos varios. Uno tenía pleno en el Ayuntamiento, preparando la cabalgata de Los Reyes magos del día siguiente; otro alegó que debía llevar la sotana al tinte, ya que unas manchas de orina no terminaban de desaparecer; otro andaba buscando pistas sobre el paradero de "El Lute" y el patriarca gitano se encontraba atareado con unos asuntillos sobre la desaparición de varios tramos de vía del ferrocarril entre las estaciones de Lucena y Cabra. Mi madre, ilusionada, había preparado una merienda a base de mortadela en lata, sardinas arenques y queso en aceite; mi padre se encargó de que no faltara vino en la bota ni agua en porrón. Ninguno de los asistentes salió decepcionado de aquella tarde. No, nadie es profeta en su tierra, pero la "jartá" que se metieron ha sido, y será, recordada en la historia de mi familia.
(X)
Mi padre no era carpintero, era albañil; así que, a los que han sacado conclusiones erróneas sobre mi divinidad, quisiera aclararles que yo no soy "digno de desatarle las correas de las sandalias" al único hijo de Dios.
Un año pasó y, celebrado mi primer cumpleaños, todavía no había dado mis primeros pasos. Las gentes del lugar se extrañaban de que, siendo yo tan guapo y tan listo, tuviera ciertas carencias a la hora de "levantarme y andar". No, no eran carencias: era prudencia... e intentar alargar el momento de comenzar mi camino. Cuando uno sabe a lo que está llamado tarda su tiempo en decidir el momento propicio. Este se dio en el verano de 1965. Como es natural, aquel Agosto fue seco y caluroso en aquellas tierras andaluzas: los campos se llenaban de grietas y el suelo de los caminos derretía las exiguas suelas de las alpargatas, hechas con esparto, de sus gentes. Mi madre, sentada en una mecedora y adormecida frente a la puerta de la casa, no notó que su primogénito (un servidor) se deslizaba de su regazo y, gateando, se dirigía hacia el arroyuelo que cruzaba el pueblo por la parte trasera de las viviendas. Allí fui encontrado una hora más tarde por "La Mendú"(prima hermana, por parte de madre, del patriarca de los "Lereles") totalmente erguido, y a dos patas, sobre el arroyo. No, no caminaba sobre las aguas, ya que aquello estaba más seco que el ojo malo de un tuerto; pero uno, que es humilde en grado sumo, no quiso mostrarse al mundo con grandes alharacas ni demostraciones sublimes de poder. La fe, su fe en mí, debía ser probada.
Un año pasó y, celebrado mi primer cumpleaños, todavía no había dado mis primeros pasos. Las gentes del lugar se extrañaban de que, siendo yo tan guapo y tan listo, tuviera ciertas carencias a la hora de "levantarme y andar". No, no eran carencias: era prudencia... e intentar alargar el momento de comenzar mi camino. Cuando uno sabe a lo que está llamado tarda su tiempo en decidir el momento propicio. Este se dio en el verano de 1965. Como es natural, aquel Agosto fue seco y caluroso en aquellas tierras andaluzas: los campos se llenaban de grietas y el suelo de los caminos derretía las exiguas suelas de las alpargatas, hechas con esparto, de sus gentes. Mi madre, sentada en una mecedora y adormecida frente a la puerta de la casa, no notó que su primogénito (un servidor) se deslizaba de su regazo y, gateando, se dirigía hacia el arroyuelo que cruzaba el pueblo por la parte trasera de las viviendas. Allí fui encontrado una hora más tarde por "La Mendú"(prima hermana, por parte de madre, del patriarca de los "Lereles") totalmente erguido, y a dos patas, sobre el arroyo. No, no caminaba sobre las aguas, ya que aquello estaba más seco que el ojo malo de un tuerto; pero uno, que es humilde en grado sumo, no quiso mostrarse al mundo con grandes alharacas ni demostraciones sublimes de poder. La fe, su fe en mí, debía ser probada.
domingo, 5 de octubre de 2014
Cadáver Exquisito
Cadáver Exquisito
La luna había comenzado a aparecer. El hombre no entendía qué pasaba, su cabeza parecía flotar y el cuerpo le pesaba como si una tonelada de piedras estuvieran encima de él. Hacía cuatro días que dormía sin parar; o, al menos, eso era lo que él creía.
Alba Eva Gomez Querves
Nunca cierres las puertas tras de ti,nunca veas por encima de tu hombro, nunca juegues con tu sombra... Macanas! cosas de viejas! sustos que les daban a los pobres niños en los dìas que se portaban mal como hacen siempre. Siempre tan rebeldes a pesar de las advertencias. ¡Da igual! Supongamos que las cosas pasan cuando tienen que pasar. Esta noche cuando se abran las tapas del gran libro guardado por la familia desde hace ciento veinte años sabremos cual es la verdadera razòn de conservar esta casa, estos bienes y de que esta sea considerada la familia màs rara de toda la provincia. Son las nueve... ¿estaràn todos?
No, no lo creo, no se oye nada. Tal vez no se hayan atrevido a venir. Andrei siempre ha sido un cobarde y eso por no hablar de la déspota de su esposa y de esos dos niños repelentes que no paran de berrear a todas horas".
Con sus pensamientos aprisionados entre cábalas y divagaciones, Corneliu, llamó a la puerta. Cierto es que ÉL se había criado en aquella tenebrosa casa emplazada entre los muros del castillo de Dram; pero desde que recibió una extraña carta en la que era reclamado para un asunto de vital importancia para él y para su hermano Andrei, se sentía terriblemente agotado. Corneliu sabía que el requerimiento de su presencia estaba directamente relacionado con el contenido del gran libro que la familia había ocultado durante tanto tiempo.
Con sus pensamientos aprisionados entre cábalas y divagaciones, Corneliu, llamó a la puerta. Cierto es que ÉL se había criado en aquella tenebrosa casa emplazada entre los muros del castillo de Dram; pero desde que recibió una extraña carta en la que era reclamado para un asunto de vital importancia para él y para su hermano Andrei, se sentía terriblemente agotado. Corneliu sabía que el requerimiento de su presencia estaba directamente relacionado con el contenido del gran libro que la familia había ocultado durante tanto tiempo.
¿A qué santo? ¿Por qué me envían una carta con ese extraño caballero? ¿Y ese sello de dónde proviene? Juraría que lo había visto antes. Sí, sin duda. Nunca olvidaría las dos cruces entrelazadas y ese maldito pájaro: el halcón. Pero, no consigo recordar dónde lo vi antes. Voy abrir la carta. ¿Por qué demoras lo inevitable? ¿Por qué este extraño presentimiento? Vamos Corneliu, diría mi abuela. No te arrugues... " El próximo sábado por la noche justo después de la cena es importante que acudas a la bliblioteca. Allí se presentará el gran libro familiar y se desvelará un secreto de gran importancia. Este mismo mensaje lo ha recibido tu hermano Andrei. Os espero." No va firmado ¿Quién tiene tanto interés en citarnos y con tanto secretismo? No me gustan nada estos jueguecitos.
Tardaban en abrir. ¿No se trataría de una broma de mal gusto?, pensó Corneliu. Sobre el dintel de la gran puerta de madera labrada aparecían las dos cruces entrelazadas y el halcón. Si todo era obra de algún bromista, se había tomado mucho trabajo para que nada quedara fuera de lugar. Por fin escuchó un ruido parecido al de los pasos de una persona. Unos pasos que más bien se arrastraban que caminaban. Sintió que la angustia se apoderaba de él. Un miedo profundo, arraigado en su interior. Por un instantante tuvo la sensación de déjà vu. Algo que lo retrotraía a su adolescencia y a la de Andrei. Una llave empezó a girar dentro de la enorme cerradura.
La puerta se entreabrió y la quietud de la oscura noche se llenó del quejido de bisagras oxidadas por el paso del tiempo y el efecto de la brisa del mar que, inmisericorde, peinaba día tras día, y noche tras noche, las frías piedras de los muros del castillo de Dram. Corneliu dio un respingo y recordó otra noche… pero la misma puerta, la misma brisa, el mismo sonido chirriante. En aquel momento su hermano Andrei no estaba a su lado empapado, tiritando de frío, con la mirada perdida y las lágrimas dejando surcos brillantes sobre sus sucias mejillas; ni él lloraba asustado como aquella noche, pero el temor era el mismo, no se había ido; allí estaba, esperándole.
- Buenas noches, señorito Corneliu. – La misma voz profunda, ronca, dura- ¿Hoy no le acompaña su hermano Andrei?
- Buenas noches, señorito Corneliu. – La misma voz profunda, ronca, dura- ¿Hoy no le acompaña su hermano Andrei?
-!Buenas noches, Sara! Llegará más tarde, creo ¿Me puedes preparar la habitación de arriba? ¿La que da al huerto? Me voy a dar un baño. Estoy muy cansado del viaje-.
En aquellos momentos no deseaba ver a nadie. Solo quería relajarme y no pensar en nada. Después del banyo subí a la habitación y me tumbé en la cama. Los recuerdos se agolparon en mi mente. Poco a poco empecé a comprender lo que teníamos que hacer. No iba a ser nada fácil convencerlos a todos. Confiaba en que mi hermano al llegar supiera dónde encontrarme, bueno, si es que conseguía reunir el valor suficiente. No iba a ser nada fácil, en especial para él, mi pobre y desgraciado hermanito Andrei.
Después de la entrada de Corneliu, como si fuera una señal, desde un coche aparcado junto a la muralla, dos hombres echaron a andar en dirección a la casa. Su actitud y su aspecto no presagiaban nada bueno. Habían esperado pacientemente a que el enorme portalón se cerrara tras el visitante antes de ponerse en marcha. Caminaban despacio. Llevaban el cuello de sus abrigos levantados, como si el frío o un viento inexistente les castigara la espalda, y el sombrero echado sobre los ojos. Uno de ellos renqueaba de manera ostensible. El otro, enjuto y de mala catadura, se mantenía ligeramente rezagado con las manos hundidas en los bolsillos. Al llegar ante la puerta, el primero, alzó la mirada hacia las dos cruces, vaciló unos segundos y, decidido, alzó la aldaba con la empuñadura de su bastón para dejarla caer con fuerza. El sonido de la llamada se perdió en las oscuras entrañas de la casona.
El certero golpe de la aldaba hizo dar un brinco al pobre Corneliu que a pesar del baño no alcanzaba la serenidad suficiente. Sabía que había llegado el momento de cumplir los roles que desde tanto tiempo les tenían asignados, a él como a su hermano Andrei. Nunca pudieron leer el libro guardado por generaciones y generaciones con extremado celo, pero su inteligencia sumada a miles de comentarios escuchados de casualidad, le daban la certeza de que tendrían que pagar algo. Quiso imaginar que el llamado era de Andrei, aunque algo en su interior le dijo que no, que era el cobrador y debía enfrentarlo, Era así, no tenía escapatoria. Para confirmarlo bajó las escaleras ya que había elegido la habitación que daba al huerto y eso le impedía ver la puerta de entrada. Al llegar al último escalón soltó un grito desgarrador. Las visitas ya estaban en la sala y su presencia lo llevó a otro tiempo, en ese mismo lugar y a la próxima factura por vencer. Quedaba la esperanza de que Andrei llegara a tiempo y que Sara no notara su temor. La rueda había empezado a girar.
Sí, la rueda lentamente había puesto en marcha sus engranajes, ya no había marcha atrás.
Me detuve en la escalera para tranquilizarme y reconocí en la sala al rengo y al otro, que a pesar de los años transcurridos, tenía la misma cara de buitre.
Nuevamente se oyó el golpe seco de la aldaba.
Sin duda debe ser mi hermano—pensé — es el único que falta.
Sara trabajosamente abrió la enorme y pesada hoja de la puerta.
Escuché las palabras de Sara y del visitante:
—Buenas noches—dijo con un temblor que no podía controlar. Espero que me recuerdes Sara.
—Por supuesto señorito Andrei— dijo con voz que denotaba temor y ansiedad.
Corrí hacia él, hacía tiempo, mucho, que no nos veíamos. Sentí el abrazo y volvieron recuerdos que creí olvidados, pero no, estaban dormidos. Recuerdos que volvían como fantasmas del pasado, cuentas que debíamos saldar.
Yo sabía que en ese gran libro, custodiado por tantos años, se decía lo que ocurriría a los descendientes de la quinta generación y esos éramos nosotros, yo Cornelius y mi hermano Andrei.
Debíamos saldar una pesada deuda, más que nada deuda moral.
Sara, la vieja ama de llaves, que siempre había estado en nuestra casa sabía más de lo que creíamos. Cuando éramos niños siempre la encontraba escuchando y muchas veces se santiguaba después de despegar la oreja de la puerta.
Ella sabía, pero nosotros… algo imaginábamos pero no todo.
Me recompuse y aclarando la voz, pegado al cuerpo de Andrei, entré al salón.
Las voces se silenciaron y todos los rostros giraron y clavaron sus ojos en mí, parecía que para ellos Andrei era invisible.
Me detuve en la escalera para tranquilizarme y reconocí en la sala al rengo y al otro, que a pesar de los años transcurridos, tenía la misma cara de buitre.
Nuevamente se oyó el golpe seco de la aldaba.
Sin duda debe ser mi hermano—pensé — es el único que falta.
Sara trabajosamente abrió la enorme y pesada hoja de la puerta.
Escuché las palabras de Sara y del visitante:
—Buenas noches—dijo con un temblor que no podía controlar. Espero que me recuerdes Sara.
—Por supuesto señorito Andrei— dijo con voz que denotaba temor y ansiedad.
Corrí hacia él, hacía tiempo, mucho, que no nos veíamos. Sentí el abrazo y volvieron recuerdos que creí olvidados, pero no, estaban dormidos. Recuerdos que volvían como fantasmas del pasado, cuentas que debíamos saldar.
Yo sabía que en ese gran libro, custodiado por tantos años, se decía lo que ocurriría a los descendientes de la quinta generación y esos éramos nosotros, yo Cornelius y mi hermano Andrei.
Debíamos saldar una pesada deuda, más que nada deuda moral.
Sara, la vieja ama de llaves, que siempre había estado en nuestra casa sabía más de lo que creíamos. Cuando éramos niños siempre la encontraba escuchando y muchas veces se santiguaba después de despegar la oreja de la puerta.
Ella sabía, pero nosotros… algo imaginábamos pero no todo.
Me recompuse y aclarando la voz, pegado al cuerpo de Andrei, entré al salón.
Las voces se silenciaron y todos los rostros giraron y clavaron sus ojos en mí, parecía que para ellos Andrei era invisible.
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Corneliu, buscó con la mirada el secreter de madera de caoba donde tía Anastasia guardaba las carpetas negras, que con seguridad contenía secretos de la maldición de la familia. Los niños tenían prohíba la entrada en el salón, pero la curiosidad infantil, lo llevó en más de una ocasión a esconderse para descubrir alguna cosa que le ayudara a entender a esa rara familia a la que pertenecía. El secreter no estaba, lo podía confirmar. Pensó que debía encontrarlo, aunque no sabía bien porqué. De repente recordó, que su prima Irina, ocupó el castillo durante una temporada; hasta que una mañana sin motivo aparente amaneció muerta en su cama.
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Netty Del Valle
Corneliu había llegado a la conclusión de que eran muchas las señales que evidenciaban el encierro de un gran secreto. Él sabía que debía estar con los ojos bien abiertos para observar detenidamente a todas las personas que se encontraban reunidas en el salón.
Una gran duda empezó a deslizarse por su conciencia y comenzó a desconfiar hasta de su propia sombra…
Sintió frío y quiso calentarse un poco buscando maquinalmente la pipa en el bolsillo de su abrigo, pero lo que palparon sus dedos fue la carta de invitación que todavía conservaba. Un ligero estremecimiento le corrió por la columna cuando recordó los dos símbolos del fatídico sello que servían como única identificación del incógnito remitente.
-¡ Maldita sea! ¿Cómo no lo había descubierto antes ? Paseó una mirada divertida por el salón y se sentó en la mullida poltrona a esperar, sin perder el control, el desenlace de la extraña reunión.
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Núria Burguillos
Lo último que recuerdo es la copa que me sirvió Sara. Después entré en una especie de sueño que me dejó aturdido durante horas, o quizá días, no lo puedo asegurar. Me sentí atrapado. ¡Menos mal que había tomado mis precauciones porque si no ahora no lo estaría explicando! Doy gracias por estar vivo. Lo cierto es que cuando Andrei y yo descubrimos el libro, no podíamos imaginar cómo condicionaría el resto de nuestras vidas. Pero los secretos, por mucho que se quieran preservar, siempre acaban saliendo a la superficie... Saber por qué y cómo llegamos al castillo, descubrir qué clase de gente nos acogió y conocer la verdad de nuestro origen fue un impacto brutal, por eso, al recibir la carta, decidí llamar a la INTERPOL, ¡no podía soportarlo más!
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Soledad Garcia Garrido
La policía se encargaría de detener a esos desaprensivos y de investigar el caso. Pero, ¿cuánto podrían tardar? Cornelius había despertado, sí, pero no era ya el mismo. Los músculos adormecidos le impedían andar con normalidad y un raro sabor metálico le corroía el paladar. Su inquietud iba en aumento. ¿Dónde estaba Andrei? ¿También le habían anestesiado a él? El dolor de cabeza de Cornelius le anulaba cualquier intento de pensar claramente, pero era todo muy raro. Llegó a dudar de la propia policia, que le interrogaba sin cesar como si él fuera el autor del maldito libro y su secreto. Sara se encargó de cuidarle como cuando era pequeño, pero en su mirada el niño hecho hombre halló un brillo desconocido que le impulsaba a rechazar su ayuda.
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