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domingo, 25 de agosto de 2013

D. Vitorino Corneone.

Neo... dice:
¿Me permiten?
Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él había picado el primer toro de la primera corrida de la ganadería de D. Vitorino Martín. Fue en San Sebastián de Los Reyes un 25 de junio de 1961. Mi abuelo tuvo que suplir al primer picador del diestro Antonio Chanel “Antoñete”. Atendía el picador al nombre de José Fulgencio, que causó baja para dicho festejo debido a un ataque repentino de cuernos provocado por el maestro de espadas de Antonio Bienvenida (que también lidiaba esa tarde), al cual no se le ocurrió otra cosa que afilar la espada con la parienta del picador.
Mi abuelo, aunque fiel a Antoñito “El Cojo”, diestro torero al que acompañó en su longeva carrera, no pudo decir que no ante las súplicas insistentes de Antoñete (¿Todos los buenos toreros se llaman Antonio?). Así que allí se presentó cubierto con su castoreño, con sus caballos y con “Rafaliyo” de monosabio.
Los alguacilillos, a lomos de sus caballos, encabezaban el paseillo. Detrás, orgullosos y altivos: Antonio Bienvenida, Antoñete y Curro Montes. Las cuadrillas de estos, sumisos, pero bellos, cerraban la procesión. La plaza guardaba silencio respetuoso ante el desfile de sus soldados. El enemigo esperaba en los corrales.
La suerte quiso que la lidia del primer toro le correspondiera a Antoñete. Salió el primer “Vitorino” con fuerza. Era largo, de elevada envergadura, astifino y con dos pitones más que considerables. Su color negro zahino destacaba ante el dorado del albero. Dio dos vueltas a la plaza sin que ninguno de los subalternos del diestro se atreviera siquiera a asomar tras los burladeros.
Mi abuelo observaba al morlaco tras la puerta de chiqueros. Nunca había visto un animal tan bello como aquel. Por un solo instante, y por una sola vez en la vida, odió su profesión.
Llegó el tercio de varas y apareció mi abuelo en el coso taurino. Se tragó su pesar por tener que enfrentarse a tan noble animal y asió la pica con fuerza. Antoñete le indicó que se colocara en la zona de sombra, ya que así el astado se encontraría el sol de frente y quedaría deslumbrado. Mi abuelo, con dos cojones, no le hizo caso y se colocó en el lado contrario. Antoñete se dirigió hacia él airado. Mi abuelo le miró directamente a los ojos… y el maestro, comprendiendo, bajó los suyos.
Mi abuelo, preparado, se dirigió al toro: ¡Eh, toro!
Aquella actuación tuvo consecuencias en la vida de mi abuelo.
Una fotografía lo muestra.
En ella se ve a mi abuelo picando al toro, montado sobre su caballo. Este, debido a la fuerza de la embestida, no toca con ninguna de sus patas la arena del ruedo. Los ojos de mi abuelo brillan y el sudor recorre su cara mientras sus manos muestran el esfuerzo efectuado al clavar la pica.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Detrás, con difícil caligrafía de mi abuelo.
Desde aquél día me llamaron Don Vitorino Corneone.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tetas.

Neo... dice:

Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que hay cosas que se pueden llamar con diferente nombre, pero que todo el mundo sabe de que se está hablando.
Mi abuelo, hombre hecho y derecho donde los haya, siempre presumió de su hombría: ocho hijos lo avalaban, todos con la misma y con la misma mujer. Ya desde muy temprana edad apreciaba ciertas diferencias entre los hombres y las mujeres. Su padre (hombre) tenía pelo por todo el cuerpo, bebía vino, fumaba, escupía, meaba de pie contra la pared y tenía una joroba (no muy grande, pero joroba) en la espalda. Su madre (mujer) cocinaba, barría, fregaba la loza, tenía pelusilla en el bigote, no meaba nunca y tenía dos grandes bultos en el pecho. Mi abuelo, listo como el rayo, pensó: como solo tenía pelo en la cabeza y no fumaba ni bebía; tampoco limpiaba ni tenía bultos, ni en la espalda ni en el pecho; y mear, meaba de pie, pero no contra la pared, sino que en cuanto le entraban las ganas, sacaba la churra y aquí te pillo, aquí te mojo, él no era ni una cosa ni otra: él era niño. Observó que entre los niños también había diferencias. Había algunos que a pesar de que no tenían mucho pelo y tampoco protuberancias, ni meaban, ni se ensuciaban en el barro… y lo de liarse a pedradas, vamos, ni se les ocurría. Estos eran las niñas… menudo asco.
Pasaron unos pocos años y aquella alergia cambió en cuanto los bultos en el pecho comenzaron a asomar en los vestiditos de las niñas. A mi abuelo, gracias a Dios –decía él- no le salió chepa en la espalda, pero se sintió atraído hacia aquellas a quienes había despreciado. Bueno, la atracción fue mayor hacía los bultos, ya que era observar unas pequeñas protuberancias en el centro del bulto de las “raras” y una parte de su cuerpo sufría una metamorfosis tal que quintuplicaba su tamaño y vencía a la ley de la gravedad, de tal forma que ni aunque le hubieran caído dos toneladas de manzanas encima le hubieran obligado a mirar “pabajo”.
No solo ese cambio de apreciación afectiva y “gravital” se produjo en mi abuelo, sino que todos los integrantes de su infantil cuadrilla sintieron la llamada de la naturaleza.
Lo que no les gustaba era el nombre: bultos. Decidieron ponerle nombre a aquello que cambió sus vidas.
Luis, apodado más tarde como “El Pitxote”, propuso llamarlas “tetas”, pero a ninguno le gustó el nombre: no tenía ningún significado.
Pedrito, ciego de nacimiento, que no tenía ni idea de lo que hablaban sus compañeros ya que él no había tenido la oportunidad de ver los bultos, propuso llamarlas las “Tomasas”, ya que él, hasta que no las tocara, no creería lo que le contaban sus amigos.
Olegario, al que era más fácil saltar por encima que darle la vuelta, sugirió que se las nombrase como “Las Perolas”. Menudo festín se podría dar con ellas… aunque fueran en carpaccio.
Jacinto, que sufría parálisis en sus extremidades inferiores debido a una poliomielitis, se empeñó en que se llamasen “Las Milagras”, ya que aunque no podía mover las piernas, aquello se había movido solo.
Ramón, que ya en aquel entonces sentía la llamada del “Todo por la Patria”, insistió en que fueran conocidas por “Las Beneméritas”
Mi abuelo, como no podía ser menos, quería a toda costa llamarlas “Los Pitones”, ya que, aunque le gustaban mucho los toros, en este caso concreto era más de vacas, que también tienen cuernos.
La decisión final del nombre con el que toda la cuadrilla llamaría en adelante a los bultos de las mujeres la tomó Froilán, que terminaría siendo párroco del pueblo. Froilán las llamó “Las Domingas”; ya que para muchos serían una fiesta, pero fiesta de guardar.
Una fotografía muestra el final de la reunión.
De tanto hablar de tetas, tomasas, perolas, beneméritas, milagras, pitones y domingas, parece ser que el ambiente se caldeó y aparecen los siete miembros de la cuadrilla de amigos cantando un villancico. Ahí se les ve con la boca abierta, la mirada perdida y tocando cada uno su zambomba… en pleno mes de Julio.
Al ser su primer nieto me dejó esa foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

jueves, 8 de agosto de 2013

Entregar las armas.

Neo... dice:

Entregar las armas.
Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el día que tuvieron que rendirse y dejar las armas.
Mi abuelo fue niño en su infancia, como todo niño que se precie; que yo he llegado a ver niños patalear y coger una buena “perra” en muchos viajes del Inserso, que hasta mearse, oigan. Tenía un grupo de amigos y el era el cabecilla, como no podía ser de otra manera, ya que uno es nieto del mejor picador de toros que ha dado la historia desde que Teseo debutó en Creta con el minotauro.
Como todo buen jefe mi abuelo tenía su nombre de guerra: Virgenesetórix; “Virgen” porque todavía no había catado hembra y “esetorix” por su afición al mundo del arte de cuchares.
Tenía una banda… y ¡menuda banda! Estos eran sus miembros además de mi abuelo y sus nombres guerreros:
-Froilan “Egoteabsólbix”: el druida. Se encargaba de surtir al grupo de la poción mágica: vino de consagrar “mangao” en la sacristía. Llegaría a párroco del pueblo.
-Luis “Tontoloshuévix”: el músico. Cantaba bien pero tenía la voz muy desagradable. Nombrado para el cargo debido a que era el único que tenía un instrumento musical: un bote donde introducía su “pilila” para enseñarsela a las mozas y que le acompañó toda su vida. Imagínense con qué tocaba el bote. Le tenía tanto aprecio que, por expreso deseo, en él fueron introducidas sus cenizas y venerado en la Iglesia parroquial ya que se le atribuían efectos curativos y afrodisiacos.
-Pedrito “Ojoavizórix”: el vigía. Era ciego de nacimiento, pero tenía un oído… Capaz de distinguir a varios cientos de metros un burro de una oveja, solamente escuchando el sonido de sus pisadas y claro está, si balaba o rebuznaba.
-Jacinto “Abraracúrcix”. No tenía cargo específico pero era el mejor tratado. Jacinto era porteado siempre por dos de sus compañeros; una meningitis mal curada y la parálisis de sus dos piernas eran motivo suficiente.
- Olegario “Obésix”: uno de los porteadores. Era grande y fuerte: ya a los seis años medía metro cincuenta… tanto de alto, como de ancho.
- Ramón “Altoalaguardiacivix”: el otro porteador. Era estricto, serio, muy recto y con un acusado bigote desde su tierna infancia. La mano derecha de mi abuela a la hora de impartir órdenes.
Se hacían llamar Los Gallos y la banda rival El Imperio Marrano. El jefe de los marranos era Florencio “El Pajas”. Mi abuelo le pilló en el Pajar de Camilo “Trigolimpio” montado en una banqueta y teniendo su primera experiencia sexual con Laurita: la burra encargada de mover el trillo en la era. Él, que siempre fue buena persona, pero un poco canalla, le pegó una patada a la banqueta, Laurita tensó los muslos, y Florencio se quedó colgando de los cuartos traseros de la burra cual péndulo de Foocault. Desde aquel día se declararon enemigos acérrimos.
“El Pajas” era conocido por la banda de mi abuelo como “El Cesar” ya que era imposible conseguir que cesara de darle al manubrio. No es que tuviera buenos amigos, pero como su padre era el más rico del pueblo lo que no arrastran tetas, arrastran pesetas.
Grandes batallas tuvieron las dos bandas en aquellos tiernos años de su infancia, pero los Gallos causaban graves daños en el enemigo dada su maestría en el uso del tirachinas. Hasta Pedrito, que tiraba de oído hacía estragos. “El Pajas”, harto de perder, fue a llorarle a su padre, y este no tardó en tomar cartas en el asunto.
Una fotografía muestra lo sucedido:
Se ve un prado. En el lado izquierdo aparece la banda de Los Marranos, el pudiente padre de Florencio y dos Guardias Civiles. En el centro “El Pajas” pisotea con rabia los tirachinas de la banda de mi abuelo. Esta, en el lado derecho, mira hacia arriba. Observan la trayectoria de siete pequeños objetos que apenas se distinguen sobre el azul del cielo.
Detrás con la difícil caligrafía de mi abuelo.
Nos dijeron que arrojáramos las armas a los pies de “El Pajas”.
Las municiones se las arrojamos a la cabeza.
Veintisiete puntos de sutura le pusieron.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

La guitarra.

Neo... dice:

Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos la historia de su guitarra.
Mi abuelo fue niño. Eso era lo que nos contaba a los nietos, aunque nosotros a esa tierna edad, y digo tierna porque no habíamos descubierto algunas durezas de nuestro cuerpo, le teníamos por chiflado: un abuelo, es un señor mayor, grande, con el pelo blanco, barriga, callos en las manos y que de vez en cuando te pega un pescozón en la cabeza si ve que cuando terminas de mear te sacudes más de tres veces la “pilila”. Bueno, al grano, como diría el adolescente que se la sacude más de tres veces para manifestar que ha dejado su tierna infancia y aparece la dureza de la que se siente tan orgulloso… algunos. Mi abuelo descubrió el sonido de la guitarra gracias a un gitano de Granada que acertó a pasar por su pueblo camino de Sevilla cuando se dirigía a la boda de una sobrina nieta montado en una vieja carreta, dieciséis hijos, una gitana gorda y dos perros con menos carne que una tortilla de patatas (sin cebolla, claro). El calé la utilizaba con una sola mano ya que no se puede cantar una seguiriya y despiojarse al mismo tiempo, dado que no es que tuviera piojos, sino que el tupido pelo que poseía se le movía al compás de palo flamenco. El embrujo de aquel sonido poseyó a mi abuelo de tal forma que, en su labor como monaguillo, se olvidó durante varios meses de pegarle unos tragos callados al vino de consagrar y se dedicó exclusivamente a aligerar el cepillo de la Iglesia. Gracias a la ayuda de San Argimiro, santo donde los haya, que poseía una pequeña capilla levantada en su honor en el templo y a la contribución económica de los feligreses mi abuelo obtuvo lo necesario para adquirir una guitarra. Se la compró al gitano cuando este regresaba de la boda ocho meses después: ya se sabe que para esto del casamiento el pueblo gitano no repara en tiempo, en gastos y en camisas.
La guitarra era vieja, un poco descolorida, solo tenía tres cuerdas y algún resto de liendres entre los trastes y el mástil; pero a mi abuelo no le importó, ya que lo que es mover su mano derecha arriba y abajo no se le daba mal, pero poner los dedos de la izquierda en la posición adecuada buscando una nota concreta ya fue otro cantar… o más bien otro tocar.
Se pasaba horas muertas rasgando aquel preciado instrumento para deleite propio y desesperación de sus vecinos: le llamaban el Serrat de Sierra Morena por lo de “niño deja ya de joder con la guitarra”.
Mi abuelo no se ceñía a un solo estilo sino que ejecutaba todo tipo de música (bueno, más que ejecutar, decían que llegaba incluso a los malos tratos y a la tortura); así que decidió disfrutar de su guitarra en soledad y no era extraño verlo desaparecer durante horas. Su lugar preferido era una vieja casa, alejada del pueblo un par de kilómetros, que había sido abandonada por sus anteriores dueños, pastores de profesión, que un día salieron con su rebaño y no se les volvió a ver por el pueblo. Las malas lenguas afirman que vendieron las cabras en la feria de Jerez, montaron una bodega, le pusieron una X delante, y ahora se estaban forrando vendiendo vino a los ingleses. La casa estaba totalmente en ruinas, pero mi abuelo encontraba en ella la soledad que buscaba para dar rienda suelta a su pasión musical. Le gustaba mucho apoyarse en el brocal de un viejo pozo, seco ya, que se encontraba en la parte trasera, cercano a los rediles para el ganado, dirigir el sonido hacia la oquedad y recibir el sonido del eco procedente del interior del pozo. Perdía la noción del tiempo y muchas veces recibió las caricias del cinturón de mi bisabuelo al aparecer por la puerta de casa, caída ya la noche, con su guitarra al hombro y una sonrisa en los labios.
La guitarra se le resbaló de las manos y se precipitó hacia el interior del pozo. Mi abuelo, en un acto reflejo, se lanzó hacia ella: el golpe fue tremendo.
Cuando recuperó el conocimiento lo primero que sintió fue el intenso dolor en la pierna y la oscuridad. Sus manos intentaron paliar el sufrimiento tanteando su articulación. Su pie izquierdo miraba en dirección opuesta a su posición natural. En su pantalón rasgado sintió algo líquido y cálido; estaba sangrando a la altura de la rodilla. Le dolía el codo y en su frente notó un buen bulto. Miró hacia la boca del pozo y solo pudo entrever un círculo difuso iluminado por la luz trémula de la luna. Buscó con sus manos en el suelo algo que pudiera ayudarle a levantarse. Cerca de él encontró su guitarra. La agarró con fuerza y la abrazó contra su pecho. Las lágrimas no tardaron en aparecer y dejó que corrieran por sus mejillas.
Mi abuelo, aunque monaguillo y de misa dominical (como todos los habitantes del pueblo en aquella época), nunca había tenido consciencia de lo que significaba el creer en Dios. Había sido educado con la idea de que existía en el cielo un ser superior y tenía que portarse bien para no enfadarle y no ir de cabeza al infierno; pero en aquella situación, malherido, solo y desesperado, le pidió ayuda. Se acordó de José, arrojado por sus hermanos a un pozo, y como Dios le ayudó a salir de allí y lo convirtió en la mano derecha del Faraón. – Dios, mío, ayúdame- gemía mientras sus manos se movían una y otra vez sobre su vieja guitarra. La vibración de las cuerdas al ser rasgadas produjo sonidos que envolvieron aquel oscuro y seco pozo y tuvieron un efecto calmante en mi asustado abuelo. Se quedó dormido con una sonrisa en los labios, mientras sus manos seguían moviéndose rítmicamente.
-La música, la música fue la que nos indicó donde estabas.- Mi abuelo escuchaba a su padre mientras intentaba darse la vuelta en la cama. Una escayola cubría su pierna derecha desde la rodilla hasta el pie. Varios vendajes envolvían su muslo, su codo y su cabeza. Miró a su izquierda y allí, apoyada contra el alfeizar de la ventana se encontraba su guitarra. Estaba intacta.
Años después mi abuelo visitó la Basílica de San Pedro ( El Vaticano) en Roma con motivo de la ordenación sacerdotal de su gran amigo Froilán “El Comeostias”. La música del órgano envolvía el majestuoso templo y mi abuelo se sintió sobrecogido ante todo aquello.
- Esto te acerca más a Dios- le dijo entre susurros un Froilán exultante de gozo.
Una fotografía muestra aquel momento.
Al fondo, presidiendo, el inmenso altar sostenido por cuatro enormes columnas de color negro. A la derecha, en un rincón, La Piedad. Mi abuelo aparece tocando el pie descalzo, desgastado, de una estatua que representa a San Pedro. A su lado, Froilan, arrodillado reza en silencio.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
Nunca estuve más cerca de Dios, que en un frío y oscuro lugar con una guitarra.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

lunes, 5 de agosto de 2013

Los oscars.

Neo... dice:


¿Me permiten?
Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos la historia de la creación de los premios anuales de su pueblo.
Mi abuelo era amante del cine. Desde muy niño se vio atraído hacia aquellas historias que se representaban sobre una docena de sábanas blancas colocadas en la fachada de la iglesia en las cálidas noches del verano. Todos los sábados de Julio y Agosto los habitantes del pueblo, llevando cada cual lo que podía ser utilizado como asiento, se reunían en la plaza para, unas veces disfrutar y otras llorar, pasar un par de horas intentando olvidar las calamidades de su vida cotidiana, con sus problemas y escasas alegrías, e introducirse en ajenos sufrimientos y gozos.
Un americano que acertó a pasar por allí le habló a mi abuelo de los “Oscar”. Bueno, creo que “acertar” no es la palabra adecuada ya que le mangaron la americana (la chaqueta, no la parienta) cuando dejó el Cadillac que conducía, con las puertas abiertas, frente al Bar Bero, adonde había entrado a comer. Pidió una hamburguesa y una cocacola. Tentada estuvo la Verónica de ponerle un bocadillo de carne picada del último caballo que se le murió a mi abuelo en la plaza de toros de Chiclana tras recibir seis cornadas, seis, de un morlaco zahino de la ganadería de Marqués del Huerto; pero como la carne equina desprendía cierto olor, y no daba abasto a espantar moscas verdes y gusanos rollizos, prefirió obsequiarle con el menú del día… anterior. Seis pesetas le cobró Verónica por un gazpacho de tomate, una tortilla de patatas y un vaso de vino; ¡y el guiri daba las gracias y todo!
- ¿Qué, de paso? –le preguntó mi abuelo mientras el “yanki” untaba un trozo de tortilla en el gazpacho.
- No, mister. De El Paso no, mi ser de “Ojayo” – le contestó el otro.
Mi abuelo, gran conversador, aunque un poco canalla, pronto se vio enfrascado en una buena tertulia de la cual sacó información sobre los “Oscar” del cine americano…, y también sacó el coste de tres vasos de vino tinto que la Verónica añadió a las seis pesetas de la cuenta.
Se despidieron con un apretón de manos. Mi abuelo se quedó con una idea en su cabeza y el de “Ojayo” con acidez de estómago para tres días.
La gala de los Frascuelos; así la llamaron. El nombre fue decidido a votación popular entre todos los mayores de edad que formaban parte del padrón municipal. Se ofrecieron tres propuestas: los Hoscar, los Joyas o los Nobelas; pero como en el pueblo había mucho Francisco y bastantes que le “daban al frasco” se decidió lo de “Los Frascuelos” por aclamación popular.
Había que formar La Academia para que esta fuera la que decidiera los ganadores, pero decidieron llamarla “Los de la Cartilla” ya que en el pueblo había poca gente que tuviera conocimientos suficientes para sumar con más de dos cifras. Como no podía ser menos, los elegidos fueron mi abuelo y su cuadrilla – esta vez no por aclamación popular, sino por imposición del picador; ya que de este fue la idea-.
Lo de la estatuilla de oro les pareció, aparte de una mariconada, bastante alejada del presupuesto; así que decidieron entregar un objeto que reflejara el sentir y la idiosincrasia del pueblo español.
Dados los graves problemas de comunicación en que se hallaba la España de aquella época, y ya que era una pérdida de tiempo otorgar un premio a alguien que no vendría ni siquiera a recogerlo, decidieron que los candidatos fueran personas dedicadas a las artes escénicas, pero que hubieran realizado sus interpretaciones dentro del pueblo.
La Gala se celebró en la iglesia parroquial, cedida altruistamente por Froilán “El comeostias” -párroco del pueblo-. Retiraron el altar mayor y colocaron en el centro el ambón de proclamar la palabra. Se pensó en utilizar el confesionario como camerino para los presentadores, pero como no cabían usaron la sacristía, con la consabida desaparición de cinco litros de vino de consagrar que Froilán guardaba allí para los actos litúrgicos.
Se pensó en colocar una alfombra roja que llegara desde el centro de la plaza hasta la entrada del templo pero debido a la escasez de presupuesto se pintaron dos rayas con yeso.
Fue un éxito rotundo. Desde primeras horas de la mañana se agolpaban los curiosos a las puertas del templo para no perderse la entrada al mismo de los nominados. Estos fueron llegando ataviados con sus mejores galas: boinas de los domingos, trajes de faralaes, zapatos de cordones; uno de ellos apareció con los calzoncillos vueltos del revés y otro se había bañado en el río ¡La ocasión no era para menos!
La ceremonia comenzó con una actuación musical: la banda municipal interpretó “Suspiros de España” con tan gran sentimiento que a casi todos los presentes se les caían las lágrimas. Alguno comentó horas después que hasta la talla de San Thiago Gong Sales, en cuyo honor había sido consagrada una de las capillas laterales, lloraba desconsoladamente.
Estos fueron los ganadores:
Mejor actor: Indalecio “El Tuercas” por “Sor Citroen”. Indalecio era el mecánico del pueblo. Le arregló el limpiaparabrisas al Citroen que utilizaba la superiora de las monjas del convento de Las Clarisas para llevar sus postres a los pueblos de los alrededores colocándole dos cuerdas atadas que llegaban hasta el volante. El invento funcionaba, pero la superiora murió de una pulmonía el invierno siguiente debido a que tenía que utilizar el invento con las ventanillas bajadas. Indalecio fue convincente en su papel; sobre todo con su famosa frase: “Seguro que ha sido un catarro mal curao”.
Mejor actriz: Lolita “La Casquivana” por “El cartero siempre llama dos veces”. Lolita bordó el papel de mujer a la que se le han caído tres botes de polvos de talco encima cuando fue sorprendida por su marido totalmente espatarrada sobre la mesa de la cocina.
Mejor actor de reparto: Floriano “El Cartero”.
Mejor actriz de reparto: Carlota “Laostiavá”. Madre abnegada de ocho churumbeles que, ante la dejadez de su marido, se dedicaba a la educación de su prole a base de repartir zapatillazos y escobazos a todo el que se cruzaba en su camino; fueran hijos suyos o no lo fueran.
Mejor película: Para Macario “El tripas” por el “El silencio de los corderos”. Carnicero de profesión, Macario fue premiado por su ardua labor al intentar que no maullaran ni ladraran los lechazos que vendía a peseta el cuarto y mitad.

Hasta un fotógrafo contrataron, que subido al púlpito sacó una instantánea final de los premiados.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
En ella se pueden observar como posan todos. Mi abuelo, presentador de la Gala, aparece en el medio; la americana le sienta como un guante. El resto, con una sonrisa en la boca, muestra al público asistente su botijo correspondiente.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

domingo, 4 de agosto de 2013

Los siete.


Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos una de las historias de “los siete”.
Mi abuelo y su cuadrilla fundaron una sociedad. La formaban siete miembros: mi abuelo “El Picador”, Froilan “El Comeostias”, Luis “El Pitxote”; Pedrito “El Sortudo”; Olegario “El Flaco”; Ramón “El Susórdenes” y Jacinto “El Duermesentao”.
Dicha sociedad fue creada, sin ánimo lucrativo, para potenciar la relación personal y amistosa de sus integrantes con encuentros semanales en los cuales, y mediante una serie de actividades lúdicopastorales, se fomentaría la interrelación afectiva; vamos, que se iban a juntar para merendar los sábados por la tarde. Cómo eran tiempos de escasez y cada cual aportaba como mucho un huevo, una patata o una cucharada de aceite, decidieron llamarla: Sociedad Gastroeconómica “el P.P.” (Para Papear)
Necesitaban una razón social y un local adecuado. Froilán “El Comeostias”, párroco del pueblo, decidió, sin permiso del obispo, ofrecer de manera altruista la sacristía para que el grupo pudiera realizar sus encuentros. Olegario “El Flaco”, que medía uno cincuenta y pesaba más de cien kilos, decidió, vista la escasez culinaria, rebautizarla como la “carestía”. Él era el informático del grupo. Se encargaba de informar a todos los socios de la fecha y hora de la reunión. No es que tuviera mucho trabajo, ya que siempre eran los sábados a las seis de la tarde.
Pedrito “El Sortudo”, vendedor de la ONCE, aportó una sartén de 24 centímetros, pero que de tanto uso por parte de su santa madre había quedado en una de 15 tirando por demás.
Jacinto “El Duermesentao” se encargaba del fuego. Una cuerda atada en la parte trasera de su silla de ruedas arrastraba una carretilla en la cual transportaba todo lo que pillaba que pudiera ser combustionado. Una vez llevó la rueda de repuesto que le mangó a uno de Madrid que acertó a pasar por allí caminito de Jerez. La merienda no salió muy buena que digamos, y aunque el olor a caucho “quemao” acompañó a Froilán “El Comeostias”, incrustado en las tres sotanas negras que guardaba en la sacristía, hasta el lavatorio de los pies del Jueves Santo siguiente, no vino mal la cosa, ya que en vez de ofrecer sus pies descalzos, les encargó a las tres primeras feligresas que se acercaron a cumplir con el rito Semanasantil que fueran al pilón del Barrioeltinte a lavarle las susodichas sotanas, dándoles indulgencia plenaria para tres años bisiestos (a las feligresas, no a las sotanas)
Ramón “El Susórdenes”, sargento de la Guardia Civil, era el cocinero. No tenía ninguna estrella “Michelín” pero el tricornio le quedaba mejor que a Arguiñano el gorro. Además, tenía una mano para la tortilla de patatas que daba gloria ver como le daba la vuelta ¡Un porte! ¡Un carisma en el mando! ¡Hasta las patatas se mantenían firmes mientras él las cortaba! Ni una sola se quejó ante la mordiente llegada del cuchillo y la atenta mirada de Ramón.
El tesorero no podía ser otro que Luis “El Pitxote” (escrito así, con txo, ya que Luis era natural de Guipuzcoa) ya que venía con un bote incorporado de serie el cual venía bien para guardar la aportación de los socios, pero que era utilizado para introducir en él la pilila y mostrársela a las mozas del pueblo al grito de: Mira, mira, una anguila. Como es natural “El Pitxote” era el único que manejaba el dinero una vez introducido en el bote.
¿Y mi abuelo? Mi abuelo aportaba el material imprescindible para que dicha sociedad gastroeconómica fuera un éxito.
Una fotografía muestra a los componentes de “El P.P.” Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Parecen “Los intocables”. Paso firme, al compás. Decisión en sus ojos. Portan respectivamente la sartén, la sotana, el tricornio, la silla de ruedas, el bote, aparecen nítidos en la imagen. En el centro y en primer término, cual Elliot Ness, mi abuelo porta lo imprescindible: la baraja de cartas en la mano derecha y la bota de vino colgada al hombro.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

viernes, 7 de junio de 2013

El Rey Mago.

Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos muchas historias, y todas eran ciertas. Pero yo, solo yo, supe que mi abuelo tenía un secreto y ahora me dispongo a contarlo. Espero que sean prudentes, como lo ha sido un servidor durante casi cincuenta años, y no lo vayan pregonando por ahí. En confianza: creo que ustedes son buena gente y esto jamás saldrá a la luz: Mi abuelo tenía doble vida.
- Papá, esta tarde vendrá Remedios con tu nieto, el mayor. Se ha empeñado en que su abuelo sea quien le escriba la carta a Los Reyes Magos.
- Pero… ¡Si yo apenas sé escribir!
- Ya sabes que tiene pasión por ti. Se ha puesto cabezón y no ha habido manera. Quiere que sea el abuelo quién le escriba su carta.
- ¿Y qué pongo?
- Toma. Aquí tienes escrito lo que hemos pedido para él. Ya sabes que la situación no es muy buena, pero por un hijo se da hasta la vida.
- Sí, hijo sí: hasta la vida… ¿Y si pide otra cosa?
- Pues, le convences que esto es mejor. A ti te hará caso.
- Hijo, me metes en cada embarcada…
- Papá, ¿qué es lidiar con este pequeño becerro para el mejor picador de toros que ha dado la historia?
- ¿Becerro? Tu hijo no es ningún becerro. Con cuatro años un Mihura es un toro de cojones.
- Bueno, papá: lo dicho.
………….
- ¿Agüelo, lo has puesto bien?
- Sí… mira, becerro mío.
- Agüelo, si yo no sé leer…
- Aquí lo tengo bien escrito: Ceridos Rrelles Magos de horiente.
- Vale. Ahora pon: Como me he portado “mu” bien, y ya no tengo Dodotis, y el “chupe” lo he tirado por la taza del “bater” os pido que me traigáis un Escalextrix…
- ¿Un Escalextrix? ¿Y eso que es?
- -Jo, agüelo. Una pista de carreras de coches.
- ¿Y no sería mejor que pidieras un pijama? Así podrías dormir todas las noches muy calentito y soñar que eres el mejor piloto de carreras del mundo.
- ¡Tú si que sabes agüelo! Vale, ponme un pijama… pero de color azul, que rosa es de niñas.
- “Quiero un pihama de color asul”. Ya está aquí apuntado.
- Y también quiero un balón de fútbol… ¡de reglamento!
- ¿Un balón? Mira, mi becerro. ¿Y si te pides unos zapatos nuevos para ir a misa? ¿Tú sabes la de patadas que podrás darle a las piedras cuando salgas?
- ¡Agüelo, qué listo eres! Apunta unos zapatos.
- “ Unos sapatos nuebos” ¿Algo más?
- Sí, agüelo. Quiero pedirle a los Reyes Magos que no te mueras nunca.
………..
Son las tres de mañana. La puerta principal se abre y por ella acceden al interior de la vivienda varias figuras humanas. Se enciende la luz del pasillo y se dirigen a la sala.
-¡Silencio! Como os oiga el becerro os voy a dar de hostias hasta el día del juicio final.
- No blasfemes, picador. ¡Que te excomulgo ahora mismo!
-Lo siento Froilán, es que como nos pille la hemos “cagao”.
- Ya, pero no te olvides que soy el párroco.
- Y tú, Pedrito, podrías haber dejado el perro lazarillo en la puerta ¿no?
- Donde va el ciego, va el perro ¡Quieres un cupón?
- Psss ¡Ramón! Tú que eres sargento de la Guardia Civil, dile a “El Flaco” que tenga cuidado, coño; que con lo gordo que es, se está pegando con todos los muebles… – Y tú “Duermesentao”, podrías haber engrasado la silla de ruedas ¿no?
- ¡Picador! Ya están todos los regalos colocados junto al Belén. Vámonos.
-Gracias, Luis. Vamos chicos. Salgamos cuanto antes.
-Esto, una cosa… ¿Y hacía falta venir vestidos de esta guisa? Es que se me está manchando la capa con el betún que me he puesto en la cara.
- ¡Todo el mundo fuera! ¡Y a callar!
Una fotografía muestra el momento de la partida: Está nevando fuera. Una pequeña farola ilumina siete formas moviéndose. Dos de ellas llevan sendas coronas en su cabeza. Una tercera está cubierta por un castoreño de picador de toros. La cuarta es oscura, vestida con algo parecido a una sotana. La de la silla de ruedas es empujada por la más ancha. Un perro lazarillo acompaña a la última. Tres caballos, ataviados para la lidia, esperan bajo el manto blanco que se va acumulando en sus grupas. En una de las ventanas de la casa unos ojos verdes, infantiles, observan la escena. Un mechón rubio le cae descuidado sobre uno de ellos.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Aquél año recibí los primeros regalos de Los Reyes Magos que recuerdo: un pijama, unos zapatos nuevos para ir a misa… un balón de reglamento… y ¡Un Excalextric!
¡Y aquel tercer regalo que pedí!
Siempre guardé el secreto de mi abuelo. Sí, mi abuelo era picador, pero él y su cuadrilla eran los Reyes Magos.
Sí, mi abuelo hizo como que murió, pero ahora sé que está vivo y que cada 6 de Enero reparte los juguetes a todos los niños del mundo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.

miércoles, 5 de junio de 2013

Navidad.

Neo... dijo:

Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos cosas de La Navidad.
Era la primera Nochebuena que estaba solo. Nunca en su longeva vida había pasado una Navidad sin estar acompañado; y allí sentado, contemplando los recipientes que le habían dejado cada uno de sus ocho hijos para que cenara aquella noche, no pudo por menos que suspirar, agachar la cabeza y dejar que las lágrimas surgieran abundantes de sus gastados ojos.
-Me queda poco- dijo en un susurro, mientras secaba su tristeza con el puño de la camisa.
-¡Picador…!- se dijo para sí- Se te escapa la vida.
Mi abuela había fallecido pocos años antes y fue un duro golpe para él. Ni comparación con los recibidos durante tantos años por esas plazas de Dios – y de Franco en aquella época-. Pero mi abuelo era fuerte – aunque un poco canalla, eso sí- y la lucidez no le abandonó en ningún momento de su vida, ni siquiera en aquellos tristes momentos. Él tenía claro el sentido de su vida. Él sabía perfectamente para qué vivía:
-¡Para morir! Desde que nací, vivo para morir- contestaba cuando alguien le preguntaba qué pensaba al respecto.
Los primeros años tras la pérdida fue de hijo en hijo cual imagen de Patrona de pueblo que las beatas veneradoras -pagando religiosamente la cuota, claro-, tenían derecho de aposentar en sus casas durante un tiempo determinado. Pero este último año ninguno de ellos pudo acogerlo en su casa. Al parecer mueven mas dos tetas que dos carretas; y una barbaridad si estas (las tetas) son de suegra.
¡Bueno! -pensó- El cielo puede esperar. Y si no espera, que por lo menos me pille con el estómago lleno. Y Se dispuso a abrir la cena que sus hijos le habían preparado. Los recipientes que cada uno de ellos, preparados por sus respectivas eso sí, le ofrecían estaban envasados de forma anónima en claro signo de no realizar acepción de nueras. De todas formas no hacía falta que tomaran dichas precauciones: mi abuelo tenía a todas las arpías en el mismo concepto.
Las bebidas fueron fáciles de localizar: una botella no entra en un “Taper Ware”.
Una de ellas se encontraba envuelta con la portada de La Vanguardia: era de Cava “ Cordon Miu” de a 125 pesetas la botella en el Carrefour.
-¡Jodó, la Montserrat! Si que se ha estirado sí. Por lo menos la ha envuelto con una hoja de periódico y no con el papel del “bater” que manga en el Hospital-.
La otra botella estaba envuelta en papel de regalo de “El Corte Inglés”. Mi abuelo la desenvolvió con extrañeza. Aquello no era normal en la generosidad de sus nueras. Era de manzanilla “La Hina”, edición especial Expo Sevilla 92, muestra gratuita, prohibida su venta.
-¿De donde habrá sacado el papel “La Loliya”? Ah, claro, que viven cerca de una planta de reciclaje.-
Abrió lo que parecía contener …¿angulas? No, angulas precisamente no eran. Su ajito y su pizca de guindilla si parecían lo que representaban, pero…
-¡Leches! ¡Si esto son fideos! ¡Y con los ojos pintados a rotulador! Lucreccia, Lucreccia, Vosotros los italianos ¿a todo le metéis pasta?
La chuletilla de cordero más que propia parecía de la madre del cordero. Es que solo había una… y media dos palmos.
-Fuencisla, Fuencisla, cómo se nota que tu padre era pastor.
Lo que parecían anchoas del Cantábrico terminaron siendo sardinas de Santurce, ya que por el olor que desprendían no podían tener otra denominación de origen.
-Karmentxu, Karmentxu, cómo se nota que la última sardina que se pescó en “El Abra” fue a finales de los sesenta.
Otro contenía patatas… crudas y … ¿cómo lo diría yo…?¿Duras?
-Benahoare, Benahoare. Una cosa es que os gusten las papas arrugás, y otra muy distinta que las arrugas sean por octogenarias.
¡Una tableta de turrón! ¡Había una tableta de turrón!… No, era un ladrillo tabiquero.
-Florencia, Florencia, serás de Alicante, pero cómo se nota que tu padre era albañil.
Y por fin descubrió el postre: Una gran tarta de San Marcos, maravillosa, deliciosa, en su punto, fresca, del día… eso sí, también tenía su pequeño defecto.
Una fotografía muestra aquella escena:
Mi abuelo aparece en el comedor de su casa. Se ha vestido para pasar la nochebuena, como siempre, con su mejor traje de picador de toros. Sobre una gran mesa, vestida con un precioso mantel, está colocada, en perfecto orden, la vajilla y los diferentes vasos – agua, vino y champan-; la cubertería perfectamente situada y al lado del anfitrión una cubitera con la manzanilla y el cava. En una mesita auxiliar el menú: Angulas, anchoas del Cantábrico, papas “arrugás”, chuletillas de cordero. Sobre una bandeja de plata reposa el turrón y la gran tarta de San Marcos corona el centro… A esta le falta un buen trozo.
Detrás con la difícil caligrafía de mi abuelo:
- Será cabrón el condenao de mi nieto el mayor.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

domingo, 13 de enero de 2013

La biblioteca.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él tenía un enemigo.

-¿Os acordáis de aquel madrileño finolis que se quedó encerrado toda la noche en “la biblioteca”?
La pregunta realizada por Luis “El Pitxote” provocó recuerdos que desembocaron en carcajadas entre los miembros de la cuadrilla de mi abuelo mientras tomaban unos vinos sentados en una de las mesas del Bar Vero.
“La biblioteca” era un pequeño palomar de adobe cercano al bar en el que habían escavado en su suelo una gran fosa, y que tras colocar estratégicamente unas traviesas de recia madera, y dejando un pequeño hueco, era utilizada como letrina – de ahí el nombre-. La ventilación, indispensable en este tipo de construcciones, se realizaba a través de los dinteles, y los nidales eran utilizados para dejar pequeños objetos con el fin de evitar que cayeran hacia los reinos del inframundo. Había que tener un cuidado especial con la llave del aliviadero, ya que contaba este con una recia puerta de roble y nadie se había preocupado de realizar una copia . Y eso fue lo que le pasó al finolis de Madrid: la llave siguió el mismo camino que la paella que se había metido entre pecho y espalda cuatro horas antes, y aunque estaba a la vista y podía ser recogida con facilidad, al exquisito parece ser que no le gustaba tocar la comida con las manos. Como consecuencia de la pulcritud del usuario, este tuvo que pasarse una noche entera dentro de la biblioteca, sin un solo libro con el que entretenerse, debido a que estas cosas hay que hacerlas a primera hora de la mañana, cuando hay luz suficiente para imprevistos; pero no al anochecer; ya que la única solución que se encontró fue la de quitar unas tejas y entrar por el tejado. Debido a la escasez -por no decir inexistencia- de luz, tal menester se tuvo que dejar para la mañana siguiente, con la casi consiguiente hipotermia del escrupuloso, y el cachondeo general que se generó en pueblo -que dicha anécdota pasó a formar parte de la historia del pueblo y se contaba de año en año, y de generación en generación, como lo realiza el pueblo judío en la Pascua con el Éxodo-.
-¡Picador! No te vaya a pasar a ti lo mismo… Bueno, creo que a ti no te pasará nunca, ya que tú eres más de campo; detrás de un matorral y con una piedra ya te es suficiente ¿verdad?
Quien así interpelaba era Florencio “ El Pajas”, rodeado como siempre –dado su valor- de una cuadrilla de amigos – de lo ajeno- de los cuales siempre iba acompañado, dado que tenía poca facilidad para entablar amistades altruistas, por su querencia a ser un “ malafollá” de tomo , lomo, rabadilla y ternera completa. El tal Florencio era hijo del terrateniente del lugar y sumaba a su poca habilidad para la simpatía, su mordiente fealdad, su exagerada crueldad y una joroba de sandía de cinco kilos que más parecía campanero de Notre´Dame que camello del Teide.
Todo héroe que se precie tiene un acérrimo enemigo y “El Pajas” era el Moriarti de mi abuelo. Nunca hicieron buenas migas. Es más, creo que nunca hicieron nada juntos; excepto que mi abuelo recibía insultos y desprecios del señorito desde que se casó con mi abuela, dejando al otro con un palmo de narices… y tres centímetros de carne entre las piernas, que del disgusto que se llevó tardó tres meses en encontrársela para mear. Así que tuvo que desfogar sus instintos con lo primero que pillaba a mano, y eso – una mano- era lo primero que encontraba a idem. Después descubrió los locales de señoritas con alergia a la ropa y se hizo tan asiduo a ellos que tenía tarifa plana en todos los lupanares de los alrededores.
-Tranquilo. – le decía por lo bajo a mi abuelo “El Susordenes”, sargento de la Guardia civil- ya sabes de quien es hijo y ni se te ocurra ponerle la mano encima si no quieres buscarte la ruina.
Mi abuelo respiró hondo mientras apretaba los puños y una mirada de odio se dirigía al Florencio. -Dame la llave del cagadero –dijo-.
……..
La primera ostia fue en plena nariz, la segunda en la boca del estómago; la patada en los huevos y el carro de varazos que vinieron después en la joroba ni los sintió, ya que había perdido el conocimiento con las dos primeras muestras de cariño.
…………
-Picador, tuviste suerte de que se te cayera la llave y te quedaste encerrado en la biblioteca la noche que casi matan a “El Pajas”, si no todas las culpas habrían recaído sobre ti. ¡Tenías una buena coartada!
Una fotografía muestra la coartada de mi abuelo. La luna llena ilumina el palomar al que llamaban “la biblioteca”. Alejándose de él aparece mi abuela con un trozo de pan que había llevado a su marido, pero como al parecer este estaba dormido no pudo entregárselo.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
- Hay veces que hay que meter la mano en la mierda para darle de manos a otra mierda.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La independencia.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el día que mi padre le pidió la independencia.
-Papá –dijo mi padre- Quiero la independencia.
Mi abuelo dejó su ”pica” (siempre desayunaba con ella), levantó la vista del humeante tazón de leche sin azúcar -ya que estaba a dieta- que acostumbraba a acompañar con huevos fritos de a peseta la docena, tocino y chorizo fritos de a cinco la ristra, media hogaza de pan de a kilo, medio porrón de vino de a litro y tres cucharadas colmadas de miel de a beja con que solía matar el gusanillo a primera hora del día hasta la llegada del almuerzo a medio mañana. -¿Para qué?-
-Pues, para que no me robes.
-¿Que no te robe? ¿Qué es lo que yo te robo? – preguntó el picador a su hijo mayor volviendo a concentrarse en su “escaso” desayuno.
-¡Mi libertad¡ ¡Me robas mi libertad… y mi identidad… y mis impuestos! Yo no soy como tú. Yo no quiero ser picador.
Mi abuelo era un buen hombre, aunque un poco canalla, y sin mirar a la cara a su primogénito, mascullaba para sí como si estuviera rezando un rosario:
-Libertad… Ruega por nosotros. Identidad… Ruega por nosotros. Impuestos… Rogad por nosotros.
- ¿Bueno qué, no me vas contestar?- Mi padre cada vez estaba más cabreado.
Mi abuelo volvió a levantar la vista, miro a los ojos a su independentista hijo, le sonrió, le pidió que se acercara y le dijo: Vete, y haz lo que tengas que hacer.
Una fotografía muestra este momento. Mi abuelo sentado a la mesa tiene puesta la mano derecha sobre el hombro de mi padre. Su mano izquierda aprieta las partes de mi padre que serían imprescindible para que yo viniera a este mundo a contar las historias de mi abuelo “El Picador”.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
-¡Tenía seis años, el “cabrón”!
-Se fue ha hacer lo que tenía que hacer: sus “impuestos”. Bueno más bien, mis impuestos.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


(21/11/2012)

Nacido de las aguas.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos la salida de la esclavitud de su pueblo.
El parto fue difícil. Una matrona aficionada, mi bisabuela por supuesto; unos paños limpios, un cubo de agua y un viejo colchón situado en el centro de un pequeño cuarto de una, también pequeña, vivienda destinada a los trabajadores de la Finca “El Piojoresucitao” fueron los únicos testigos del alumbramiento del que llegaría a ser famoso en las plazas de toros de España –de Franco en aquella época-. Mi abuelo nació de nalgas y resultó realmente complicado el alumbramiento; no solo por sus cuatro kilos y medio, sino por que en la cabeza llevaba ya el “castoreño” –sombrero típico de los picadores de toros-.
-Es un niño –dijo la comadrona mientras cortaba con cuidado el cordón umbilical-. ¡Y muy grande… en todo! (Yo también heredé ciertos grandes atributos de mi abuelo y lo digo sin presumir, que conste).
Una vez lavado fue puesto en brazos de mi bisabuela, que mirándolo con cariño dijo: -Tú no sacarás de la esclavitud-.
Mis bisabuelos no estaban dispuestos a que su hijo pasara por las penurias diarias en que se encontraban todas las familias que trabajaban para Farasbinto Ontinyent –más conocido como Fara-ón, en los ambientes labriegos- y que se consideraban como un pueblo en la esclavitud.
Decidieron endosárselo a la hija de Fara-ón. A esta la llamaban “La señorita”: catalana de Sitges, de lujo, muy sexy y con unos precios bastante asequibles ( 60 – 90- 60 reales). Todas las tardes solía ésta dar un paseo por la orilla del Guadalquivir para que pudiera expresar su aerofagia sin tener que gastarse una “pasta” en ambientadores. Mi bisabuelo metió al futuro picador en una cesta de mimbre que se utilizaba para la recogida de plátanos en la finca -como no había ningún platanero en dos mil kilómetros a la redonda, estaba prácticamente nueva-, y lo depositó sobre las aguas del río, dejando que la corriente llevara al futuro caudillo hacia donde la “señorita” observaba, con los ojos abiertos, el caer de la tarde. ¡Los tres ojos tenia abiertos!
Los labradores de las cercanías miraron al cielo pensando que una tormenta se avecinaba, pues se oían truenos a lo lejos, pero era “la señorita” que, al ver la cesta descender corriente abajo, había echado a correr hacia ella con el consiguiente estruendo a cada paso que daba.
Mi abuelo pasó a formar parte de la familia de Fara-ón. Como la “señorita” solo tenía mala leche, buscaron un ama de cría entre los trabajadores que lo amamantara y mi bisabuela se ofreció voluntaria. Así pues, el picador fue criado por la madre que lo parió.
El niño creció fuerte y robusto ya que fue bien cuidado y alimentado, y tan mimado que a la edad de cinco años le regalaron un pony. Se agenció una vara de avellano y comenzó sus primeras prácticas del que terminaría siendo su oficio. Acostumbraba el canalla -¿no les he dicho alguna vez que mi abuelo era un poco canalla?- a realizar sus primeros pinitos como picador de toros cerca de las cocinas de la finca.
Una fotografía muestra uno de aquellos gloriosos momentos.
Mi abuelo, con sus escasos seis años monta su pony en el obrador. Sobre este reposan las porciones de masa que el panadero ha preparado para hornear unos ricos buñuelos de viento. Mi abuelo tiene en la mano la vara de avellano con uno de los postres ensartado en la punta.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo.
-Sabía que había nacido para ser picador de toros.
-Yo inventé los “Donuts”
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.