jueves, 19 de julio de 2012

En el bando de los buenos.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que el siempre perteneció a un bando: el bando de los buenos.

Mi abuelo pertenecía a los buenos ya que nunca estuvo enfermo. Dolorido si, pero enfermo nunca. Ni un catarro, una gripe, un resfriado o un simple dolor de cabeza tuvo en su longeva vida. Otra cosa fueron los esguinces, rotura de costillas, escafoides, humero, radio y de cúbito “supino”.

Su profesión de picador de toros hacía que fuera propenso a visitar asiduamente a Fermín “El Quebrantahuesos”, traumatólogo vitalicio de su pueblo. Cuando no sufría percances en los brazos y en las manos, los recibía en las extremidades inferiores debido a que tenía la costumbre de caer siempre debajo del caballo cuando el toro empujaba con fuerza.

Nos contó que una vez no solo tuvo que recibir escayola y muletas durante tres meses debido a quedar su pierna aprisionada bajo el equino, sino que se sumaron a este  Antoñito “El Cojo”, tres banderilleros, dos monosabios, un mozo de espadas, el “alguacilillo” y el que tocaba el clarín, al grito de “Al montón de ropa, que hay poca”. Con razón le llaman “La Fiesta Nacional”; no se pusieron a bailar todos juntos “La Conga” porque el presidente les dio dos avisos, que si nó.

En otra ocasión sufrió una rotura de su “costilla”, pero como fue a mi abuela a quién se le cayó el plato hondo del ajuar de boda, la cosa pasó sin tratamiento ni nada.

Pero el suceso más grave fue a consecuencia de un accidente de tráfico.

Mi abuelo tuvo un “seiscientos” durante treinta y siete años y lo cuidaba mejor que a sus hijos. Le tenía tanto cariño al coche que no había momento libre que tuviera para lavarlo, cepillar la tapicería –y eso que era de “escay”-, sacarle brillo al volante y darle “Cristasol” a los faros. También le puso mote al coche; le llamó “Recaredo”, pero no en honor del Rey visigodo, sino porque lo utilizaba para hacer los “recados”. Lo utilizaba para todo; nos decía que no sacaba la basura con él porque no le entraba por la puerta de la cocina.

Mi abuelo sufrió el accidente de tráfico el último día de vida útil de “Recaredo”. El motivo fue que, con el paso del tiempo, “Recaredo” pasó de utilitario a apartamento totalmente exterior con vistas; sobre todo con vistas a la calzada, ya que se podía ver esta debido a los agujeros que tenía en los bajos.

A mi abuelo nunca le gustó que ningún otro disfrutara con una de sus posesiones -le pasaba lo mismo con “Recaredo” que con mi abuela- y no era partidario de las donaciones de órganos, ya que – imagínate que después me reencarno en un semental, y me falta la “pilila”- nos decía-. Así que decidió no vender a “Recaredo” como coche usado, ni llevarlo a un desguace. Lo llevó a otro sitio.

Y ese día se produjo el accidente de tráfico por el cual mi abuelo tuvo que permanecer hospitalizado seis meses con fracturas en el noventa y siete por ciento de su cuerpo, ya que solo se libraron de ruptura los lóbulos de las orejas. Una fotografía lo muestra.

Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se ve a “Recaredo” sobre una cinta transportadora, saliendo por el portón trasero de una gran máquina compresora de metal, convertido en un cubo de Rubik, pero en abstracto. Mi abuelo…, mi abuelo no aparece en la foto.

Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: No quise dejarlo solo.

Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.





El Dr. Salvarsán.


jachuspa dijo:
Buenos días señoras y señores
Jueves clínicos
Por el Dr. Salvarsán
Caso nº 1
El pasado miércoles ingresó por urgencias un lote de acciones preferentes de Bankia; presentaban un politraumatismo localizado en la zona de la rentabilidad, así como un quiste hidatídico con orificio de sólo entrada quejándose, además, de prurito en la zona anal. En la exploración realizada por los facultativos se observó un prolapso rectal consecuencia, al parecer, de unos activos tóxicos inmobiliarios alojados en salvada sea la parte y correspondientes a unas viviendas de protección oficial en Turkmenistán. La analítica del preoperatorio dio alto en tontominasas y bajos los reflejos. Los cirujanos que intervinieron al lote para reducir las fracturas, tuvieron que recurrir a dos números de la Benemérita como ayudantes de manos; posteriormente fueron trasladadas a la UVI donde, al despertar de la anestesia, entraron en una especie de delirium tremens sollozando, sin parar desde entonces, una vieja canción de la infancia: “al pasar por Bankia me dijo el bankiero…” fueron sedadas y allí permanecen con ventilación mecánica y respiración asistida. Ciertamente tienen un malísimo pronóstico; caso de salir de ésta y ser dadas de alta, pasarán largas temporadas en algún centro de rehabilitación y desintoxicación.
Caso nº 2
En el día de ayer fue intervenido un hombre, de profesión comisionista, que presentaba un cuadro de codo de tenista y lo que, en un principio, parecía ser una lumbalgia. Examinada más detenidamente su espalda, se trataba de una disfunción del muelle reverencial que se había quedado engatillado en resorte y, cuando aquél volvía bruscamente a su posición normal, daba unos sustos de muerte al homenajeado. Fue llevado a un taller de chapa y pintura donde se lo cambiaron por uno de cromo-vanadio ajustándole la secuencia de retorno.
Una vez operado del codo y hecho un tiragomas para los nietos con los extensores, pasó a la planta noble.
Caso nº 3
Por el departamento de oftalmología ha sido visto un jubilado que se presentó a consulta con una enucleación del ojo derecho que traía recogido en papel Albal. De las indagaciones realizadas por el galeno se ha podido conocer que el citado percance ocurrió como consecuencia de frotárselo continuamente, intentando leer y comprender la letra pequeña de unos contratos de adhesión que le había dejado su hija para domiciliar en cuenta. Tras ponerle un parche Sor Virginia fue dado de alta.


D. Gil de Tombepot (1)


eltumbaollas dijo:

El hidalgo vizcaíno don Gil de Tombepot llegó a Barcelona huyendo, a uña de mula vieja, de unas afrentas de honra. A las puertas de Barcelona en la explanada del Pla de la Boquería, junto al mercado de esclavos, conoció a un clérigo de los llamados els josepets (carmelitas descalzos) que compraba pequeñas cantidades de azurita, cerusa, témpera y disolventes al aceite. El frailecillo al que conocían todos como Quicote de Cabieces era un hermano muy viajado y un gran amante del Arte Sacro. Conocedor de la geometría y la perspectiva le hablaba al hidalgo Tombepot de una iglesia de San Francisco en Arezzo donde un tal Pietro Borghese (conocido como Piero della Francesca) pintaba los frescos de la capilla mayor. Al saber que el hidalgo pretendía embarcar hacia Génova con intención de llegar a Florencia le pidió que buscara al “pictor” della Francesca y le entregara una molida de azurita traída de Mauritania que le sería de gran utilidad. En el muelle acordó con el capitán del barco el precio del pasaje y cerrado el trato se procuró las viandas para el viaje. El rudo capitán, al que apodaban “el escorao”, tenía una pata de palo y una mano con seis dedos. Cosa que asustó mucho al hidalgo vizcaíno.
Tres meses después en el día de la Exaltación de la Santa Cruz nuestro hidalgo don Gil se encontró con el maestro en San Francisco de Arezzo que acababa de regresar de Roma a terminar los frescos de la Basílica. Cogió con gusto el saco de azurita y se apresuró a realizar pruebas mezclándolo con huevo ante la sorpresa de don Gil.
Pasó dos años con el maestro y no aprendió ni matemáticas, ni geometría euclidiana, ni perspectiva y ni siquiera aprendió el uso del ábaco; más bien disfrutó de la compañía del maestro y admiró su arte aunque no lo entendiera bien y al fin decidió volver a Barcelona para contar sus vivencias al frailecillo Quicote. Pero esa es otra historia.


miércoles, 18 de julio de 2012

Echao palante.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él siempre había sido un “echao palante”, pero que, con el paso del tiempo y la experiencia, decidió evitar problemas y que lo mejor era siempre estar en la retaguardia.
Mi abuelo siempre fue un hombre que no podía ver una injusticia y era el primero en acudir en ayuda de los más débiles.
Nos contaba que andando por esas plazas de Dios – y de Franco en aquellos tiempos- formando parte de la cuadrilla de Antoñito “El Cojo”, y cosechando éxito tras éxito con la lidia de los toros bravos que hacían el deleite de los aficionados al toreo, tuvo ocasiones de comprobar lo injusta que es la vida con unos, y lo “aprovechaos” que eran otros.
Mi abuelo llegaba pronto a la plaza para preparar todos los aperos necesarios para su parte en la lidia; ya que mi abuelo era el segundo picador. Había que tener todo preparado; el caballo bien pertrechado, las picas, el traje, las varas de los monosabios, y mil y un detalles que los profanos desconocen.
Él observaba que mientras unos esperaban la hora del festejo tomando copitas de anís o “sol y sombra” en las tascas cercanas al coso, pobres hombres merodeaban intentando conseguir una “perragorda” ofreciendo sus servicios en “lo que haga farta”. Trabajos que nadie quería realizar eran ofrecidos a estos por un abrazo, y a mi abuelo, esto le hacía hervir la sangre.
Pero él, que no contaba con mucho poder adquisitivo, no podía hacer nada, o más bien poco.
Nos decía que siempre buscaba entre “los buscones” al que veía con más necesidad y le encargaba realizar las labores más livianas. Mi abuelo era un canalla, pero era un buen tío.
Lo dicho, siempre el primero en ayudar; siempre el primero en denunciar las injusticias, siempre el primero dispuesto a todo, hasta que se dio cuenta de que al primero es al que más fácil le pueden “hacer madre”.
Mi abuelo era generoso, dentro de lo generoso que puede ser un padre de familia con ocho hijos, mi abuela, y “Paloma” (La cerda Ibérica a la que tenía tanto cariño).
Nos contó que una vez se encontró en la calle a un mendigo, y que viendo lo realmente necesitado que parecía este decidió meterse la mano en el bolsillo y darle todo lo que tenía: una peseta. El mendigo le miró asombrado, y viendo que mi abuelo ya se alejaba y parecía pudiente, ya que siempre había sido muy limpio y aseado y le gustaba vestir lo mejor posible, no dudo en abordarle por detrás, ponerle la toledana en el cuello y exigirle hasta los calcetines.
Mi abuelo era generoso, pero a canalla no le ganaba nadie. Viendo que su obra caritativa había ido a parar a malas manos, levantó los brazos en señal de sumisión, se dio la vuelta, y mientras al mendigo se le formaba una sonrisa de oreja a oreja, le pegó una patada en todos los "cataplines" que se le cayó la toledana, la peseta de la propina y un palillo de dientes que llevaba en la oreja, antes de que los ojos se le pusieran uno mirando al cielo y el otro al infierno..
Mi abuelo era canalla, pero era generoso, así que le dio de patadas para que comiera caliente durante por lo menos seis meses.
A partir de entonces mi abuelo decidió no darle la espalda a nadie.
Una fotografía muestra esta decisión.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella aparecen todos los miembros de la cuadrilla de “El Cojo” tras haber cortado tres orejas en la Plaza de Toros de “La Maestranza” de Sevilla. Están duchándose. A mí abuelo se le ha caído el jabón. Todos está agachados intentando cogerlo; todos menos mi abuelo que está muy tieso pegado a la pared de la ducha y tirando con su mano derecha de una cuerda atada al jabón.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


Libros.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él nunca había asistido a la presentación de un libro en su vida ¿Motivo? Mi abuelo no había leído un libro entero en su vida. Alguna vez había hojeado el Libro de Familia, pero mas que nada por asegurarse de que a sus hijos les habían inscrito correctamente con el nombre por él elegido, o por confirmar que estaba realmente casado con mi abuela, ya que le parecía imposible que los dos hubieran dicho “Si” el día de su boda. –Debe de ser el único día que nos pusimos de acuerdo en toda una vida juntos – decía-.
Nos contó que una vez comenzó a leer uno, pero que lo dejó antes de terminar la tercera página. Nos dijo que le era difícil seguir la trama de la historia ya que tenía demasiados personajes. Era “La Guía Telefónica de Cartagena”.
Mi abuelo no era de leer y mi abuela era más de revistas; tenía siempre encima de la mesita del salón el “Semana”, cuando la cosa bien económicamente, o “El Diez Minutos” cuando se realizaban recortes.
Mi abuelo también tenía revistas, pero las escondía encima del armario, debajo del traje de picador que utilizó en su último toro. No dejaba que nadie tocara aquel recuerdo, sobre todo a mi abuela.
Unos días antes de Navidad, nos quedamos los nietos solos en casa, y buscando alguna pista sobre lo que nos iban a traer los Reyes Magos, descubrimos las revistas de mi abuelo. Llegamos a tres conclusiones: una, que a mi abuelo le gustaban las revistas con pocas letras y muchas fotografías; dos, que aquello no era la carta para los Reyes Magos; y tres, que como las viera mi abuela…
Tenía, eso si, una enciclopedia en el mueble bar. Era verde, con los cantos dorados y muy bien conservada, ya que aún no le había abierto el plástico protector. Aunque le había costado cara , como por su compra le regalaron un juego de cuchillos que no se desafilan -que duraron mes y medio-, un juego de sábanas de franela -sin sábana bajera, pero de franela-, un jamón a la sal -con chaira y todo- y cinco litros de aceite desflorado, lo dio por bien invertido. ¡Lo que decoraba la enciclopedia!
Cuando mi abuelo se jubiló comenzó a interesarse por la lectura. Una fotografía lo muestra.
Al ser su primer nieto me dejó esa foto como recuerdo. En ella aparece mi abuelo en la barra del “Bar bero”, con su vasito de vino tinto de las doce del mediodía a su lado. Está absorto, con una sonrisa en los labios y un hilillo de baba cayendo de ellos. Está leyendo la contraportada del “As”.
La guardo con mucho cariño junto con otra fotografía, que aunque no es de mi abuelo, la tengo mucho aprecio.

Ésta sí es de la presentación de un libro. En ella se puede ver en el centro al autor, y a ambos lados a algunos de mis amigos mostrando orgullosos el libro.
Detrás, con la difícil caligrafía del nieto mayor de mi abuelo: De izquierda a derecha: El tumbaollas, Yishuay, Belosticalle, Sursum Corda, Yapoco, Trampantojo, D. Patrón, Rostro Pálido, Pussy Cat, Lindo Gatito, Karlwind, D. Uno, Neo y Uomo. El Libro es “Lágrimas Socialdemócratas” de D. Santiago González:
Siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ambas fotografías.

Sí, mi abuelo también fue picador.


Funeral


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él no le tenía miedo a la muerte. Respeto sí, pero miedo no.

Una cosa sí tenía clara, nunca tuvo el menor interés por entablar relaciones personales con ella. Ya sabes –nos decía-, te saludas un día, luego otro, entablas una conversación, se produce cierto acercamiento, la integras en la “cuadrilla” de amigos y la noche menos pensada viene a buscarte, y no precisamente para irte con ella de “francachela”. Así que con la “muerte”, mi abuelo, palabras las justas.

El problema era que debido a su profesión –segundo picador del famoso torero Antoñito “El Cojo”, llamado así por su gran maestría con la muleta- que encontrarse con ella bastante a menudo en las plazas de toros; y siempre entre los dos pitones de los morlacos a los que debía aplicar el tercio de varas.

Nos contaba entre risas que mi abuela también tenía dos buenos pitones, pero que entre ellos siempre estuvo dispuesto a perder la vida.Como éramos unos “criaímeles”, los nietos nos pasamos mucho tiempo observando a escondidas a mi abuela para ver si podíamos verle los pitones. Fue en vano. Solo años después nos dimos cuenta que los pitones a que se refería, mi abuela los tenía dos palmas por debajo de la frente.

Tampoco tenía miedo a lo que habría detrás de ella. Su amigo “ El Comeostias”, párroco del pueblo, le había asegurado que tras la muerte, las buenas personas subían al cielo y estaban a todas horas frente a Dios alabándole diciendo: Santo, Santo, Santo. “ El Rafaliyo” monosabio y ateo, gracias a Dios, le decía que tras la muerte no había nada. Mi abuelo, viendo las dos opciones que se le planteaban prefería no decantarse por cual de las dos versiones era cierta, pero en silencio esperaba que hubiera una tercera.

Mi abuelo recibió un día la visita de aquella a quien no había querido ver ni en pintura. Fue unos días antes del Miércoles de ceniza, un viernes concretamente.
Esa noche, como todas las noches desde hacía décadas, mi abuelo cenó, vio un ratito la televisión y a las once en punto entró en el baño a atender la puntual visita de sus necesidades fisiológicas. No salió solo; lo sacaron mi padre y su hermano Desidonio – al que llamábamos tío “Luigi”, porque aunque era parco en palabras, se explicaba como un libro abierto-. Fue la única vez que mi abuelo durmió con los dos calcetines puestos.

El funeral se celebró la tarde del sábado. La iglesia se quedó pequeña de la gente que asistió a despedirle. El féretro fue introducido por seis de sus hijos. Lo sacamos con los pies por delante, y por la puerta grande, seis de sus nietos.

Una fotografía muestra el momento de la comitiva fúnebre.

Al ser su primer nieto me quedé con la foto como recuerdo. En ella aparecemos en primer plano los nietos, unos portando el ataúd, otros llevando las coronas y los ramos de flores. Mi abuela detrás, de negro, apoyada su cabeza sobre el hombro de mi padre, y rodeada por sus hijos y sus hijas políticas. El resto de la familia, amigos y conocidos en silenciosa procesión.
Al fondo se vislumbra la primera carroza del Desfile del Sábado de Carnaval.

Detrás, con la difícil caligrafía de su primer nieto: Nos dieron el segundo premio.

La guardo con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


Necesidades fisiológicas.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que hay que tener buena memoria. Es muy importante recordar lo dicho en tiempos pasados para no meter la pata y contradecirte con lo dicho anteriormente, sobre todo cuando se realizan aseveraciones irrefutables de cierto calado.

Mi abuelo nos decía que él había pasado vergüenza al comprobar que con el paso del tiempo cambiaba de opinión, y lo que en un momento dado de su vida era la panacea, en otros quedaba totalmente obsoleto.

Mi abuelo era un hombre regular, no porque fuera del montón, sino que sus necesidades fisiológicas se presentaban todos los días y a la misma hora. Vamos, que quisiera o no quisiera, se encontrara donde se encontrara, hiciera frío o calor, allí se presentaban sin disculpa alguna.

Tuvo que variar con el paso del tiempo el lugar donde recibía la regular visita. Cosas del progreso.

Cuando era niño las recibía en el corral trasero de la casa paterna. Comentaba la sensación de libertad que  sentía atendiéndolas al aire libre, respirando aire puro, usando una piedra como presente de despedida, y el picoteo de las gallinas como servicio de limpieza. Para él aquello era lo más de lo más.

Después vino la caseta de madera con un agujero en el suelo. No había mucho espacio para las visitas, no tenía buenas vistas, pero la intimidad que aquello aportaba para poder hablar con ellas de cosas más íntimas, le llevó a afirmar que aquello superaba lo anterior. La incorporación de un montón de hierba seca y el cubo de agua mejoraron los “adioses”, y para colmo, los huevos que daban las gallinas cambiaron de sabor.

Luego llegó el baño turco. ¡Que diferencia! ¡Y las huellas de los zapatos marcados en la loza, para que nadie pudiera equivocar la posición! ¡Qué maravilla y prodigio de la ingeniería!

Pero el acabóse llegó con el baño completo. Una habitación dedicada a las visitas regulares, con su bañera, su lavabo, su rollo de papel higiénico, la cisterna  ¡y la taza del water!

Mi abuelo volvió a ensalzar la nueva situación,  pero le encontró un ”pero”.

Una fotografía muestra el porqué.

Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se ve a mi abuelo en el baño. Está levantándose del taza del water, con los pantalones en los tobillos y los calzoncillos a media pierna y un rictus de susto en la cara. Parece ser que era invierno, ya que el espejo del lavabo está totalmente empañado y pequeñas estalactitas de hielo aparecen bajo la cisterna del agua.
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Detrás,  con la difícil caligrafía de mi abuelo: Si te sientas en invierno en la taza del water, acuérdate de levantar la tapa; tus “cataplines” te lo agradecerán.

Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.





Los recortes.



Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él también tuvo que realizar ciertas medidas para paliar la crisis económica que sufrió.
No era muy partidario de los recortes, pero no tuvo más remedio que realizarlos ya que uno de los miembros de su “cuadrilla” de amigos, concretamente Froilán “El Comeostias”, no solo era amigo, sino que era el párroco del pueblo; y dada la presencia física de mi abuelo y su buen porte, era el elegido para la celebración del “lavatorio de los pies” al atardecer del Jueves Santo. Ese era el motivo por el que mi abuelo procedía al recorte de las uñas de sus pies todos los Miércoles de Ceniza, tras darse un agua en la cabeza y quitarse el olor a barbacoa que le quedaba tras el comienzo de La Cuaresma
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Otr
a medida que tuvo que realizar fue subir el “iva”. De una vez a la semana pasó a todos los días los que “iva” a casa de su suegro a cenar, pero no “iva” el solo claro, se presentaba con mi abuela, sus ocho churumbeles, y con “Paloma”, la cerda ibérica que ganó en una rifa -eso creía mi abuela- que era de mucha utilidad ya que arramblaba con todas las sobras y así se evitaban salir a horas intespectivas a sacar la basura. Realmente la economía de mi abuelo mejoró, la de mi bisabuelo es otro cantar.

También recorto el tiempo de prestación a los parados; persona que se paraba ante él y le pedía algo prestado, tiempo que no perdía.

Una fotografía muestra una de esas medidas que tuvo que tomar mi abuelo. 
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.En ella aparece él con dos revistas en la mano. En la derecha la que compraba antes de los recortes: La Revista “Semana”. En la izquierda la adquirida tras las medidas: “Diez minutos”

Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.



Los armarios.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que a él pocas cosas le daban miedo en la vida, pero que había algo que le tenía horrorizado: los armarios.

Mi abuelo le tenía pánico a los armarios. Podría uno pensar que era ese miedo irracional al que muchos se enfrentan en su infancia de quedarse dormidos en la oscuridad de la noche y de pronto ver como la puerta del armario se abre, deja entrever un haz de luz, y aparece la forma de un ser monstruoso que se acerca a tu cama para devorarte. Pero el caso es que en la casa de los padres de mi abuelo, cuando él todavía no tenia pelos en la “pilila”, no había armario en su habitación; es más, ni siquiera contaba con habitación propia, ya que dormía con sus otros seis hermanos varones, dos perros, un gato, y un señor de Cuenca al que mi bisabuelo le alquilaba un hueco donde dormir cuando pasaba por allí caminito de Jerez –no sé que asuntos tenía aquel señor en Jerez, pero no importa-.

Mi abuelo nos contó, que ese pavor a los armarios lo tuvo a raíz de los múltiples viajes que realizó con la cuadrilla de Antoñito “El Cojo”, gran matador de toros, por esos ruedos de Dios – y de Franco, en aquella época-.

La cuadrilla andaba un poco apurada económicamente y ese era el motivo por el que tenían que dormir en pensiones de mala muerte, en habitaciones con una sola cama, y a tres barbas por cama. Y siempre le tocaba la compaña de “El Rafaliyo”, uno de sus monosabios, y de “El Raro”, un mozo de espadas.

Mi abuelo estaba acostumbrado a pasar las noches de esa forma, en las que el olor a sudor, el ronquido y el sonar de la trompeta cular no eran motivo de desvelo para él, pero lo que le quitaba el sueño y le impedía dormir era el dichoso armario.

Los nietos sabíamos que mi abuelo le tenía miedo a otras cosas, como por ejemplo a mi abuela, pero no podíamos concebir que un “tiarrón” tan grande y tan guapo como él – ¿les he dicho que se parecía a José Coronado?- , pudiera huir ante la sola presencia de un simple armario como “El tumbaollas” del agua. “El tumbaollas” no era de la cuadrilla de mi abuelo, pero como si lo “seriese”. Es tal el pánico que les tenía a los dichosos armarios que en casa de mi abuelo guardaban la ropa en la nevera. ¡Lo que se ahorraron en matapolillas!

No me pregunten como pudo ser sacada, pero una fotografía muestra el momento crucial en que comenzó la fobia de mi abuelo.

Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se ve una habitación pequeña. A la derecha, una estrecha ventana deja pasar la luz de luna. En la pared izquierda, vacía de cualquier decoración, un armario con una de sus puertas entreabiertas. Una cama grande ocupa casi toda la habitación. Tres hombres echados sobre ella. En el lado izquierdo, completamente dormido y en posición fecal, “El Rafaliyo”. En el lado derecho, con los ojos como platos y con el pánico reflejado en su rostro, mi abuelo. Y en el centro, con una sonrisa de oreja a oreja, y su mano apoyada donde ya le habían salido pelos a mi abuelo, “El Raro”.

Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: ¡Están ahí, y pueden salir del armario cuando menos te lo esperas!

Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


Ministerio de Soberanía Alimentaria


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que “El Cojo” también tuvo que realizar un cese entre los miembros de su cuadrilla. Como era andaluz, mi abuelo lo llamaba “Zeze”, pero todos los nietos sabíamos que en realidad era una destitución.
Cada miembro de la cuadrilla se encargaba de una labor en la planificación de cada temporada. Dichas labores se denominaban “ministerios”, porque en realidad era un misterio que todo funcionara, pero como era de poca cosa, lo llamaban “ministerio”.
Uno de las más importantes era el Ministerio de Alimentación. Lo llevaba “El Rafaliyo”, uno de los monosabios de mi abuelo, que se encargaba del aprovisionamiento de “manduca” para todo el grupo.
A “El Rafaliyo” le fallaba el sentido del equilibrio, por lo que constantemente tenía que sujetarse a lo primero que encontraba cerca. Concluyendo: era muy “agarrao”. Y ese “agarramiento” tuvo consecuencias agroalimentarias en el grupo. Como “El Rafaliyo” destinaba poco del presupuesto general a su “ministerio”, mi abuelo llegó a perder siete kilos, un mechero de yesca y tres calcetines en las dos temporadas que estuvo el monosabio a cargo de esta labor, por lo que “El Cojo” decidió “zezarle”.
Mi abuelo nos contaba que durante esa época tuvo una falta acuciante de proteínas, y que sólo eran paliadas en los días libres que tenían entre festejo y festejo que podían volver al pueblo, gracias a que podía robarle unos besos escondidos a su novia (mi abuela), y siempre que esa noche pusieran albóndigas para cenar en casa de su futuro suegro, y ésta (mi abuela) no se hubiera lavado los dientes.
Tras el “zeze” de “El rafaliyo”, mi abuelo fue nombrado por unanimidad -excepto “El Rafaliyo”, claro- como nuevo encargado del “ministerio” de Alimentación.
Una fotografía muestra el cambio que se produjo.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se ve a mi abuelo junto a la “dekauve” que utilizaba el “Ministerio de transportes”. Jamones, chorizos y morcillas aparecen por todos lados. Sacos de garbanzos, alubias y lentejas se amontonan en el suelo. En una esquina se pueden ver garrafas de aceite de oliva. Pero sobre todo destacan treinta y cinco cajas, de veinte botellas cada una, de “Coñác Soberano”.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: Ministerio de Soberanía Alimentaria le pusimos.

Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.