domingo, 12 de agosto de 2012

El Alcalde.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que en su pueblo hubo años realmente serios, en los cuales muchos de sus paisanos pasaron verdaderas necesidades. La falta de trabajo llevó a familias enteras a pasar por momentos muy duros, en los que poder salir adelante, o incluso el poder comer una vez al día, aunque fuera una triste sopa de ajo, era harto difícil.
Mi abuelo, aunque un poco canalla, tenía un gran corazón. Era un hombre que no podía ver una situación difícil y quedarse con los brazos cruzados; y más aún, aquellas cuyas circunstancias de la vida llevaban a situaciones totalmente desesperantes le quitaban el sueño, y no paraba hasta haber intentado, con todas sus fuerzas, resolverlas de una forma u otra. Era canalla, pero era mi abuelo, y tenía un corazón que no le cabía en el pecho (mi abuela también tenía un gran corazón, pero como tenía dos pechos, aunque un poco justo, sí le cabía).
Mi abuelo (segundo picador del famoso torero Antoñito “El Cojo”) y su cuadrilla de amigos : Froilan “ El Comeostias”, Luis “El Pitxote”, Pedrito “El Sortudo”, Olegario “El Flaco”, Ramón “El Susórdenes” y Jacinto “El Duermesentao”, se reunieron una tarde en el “Bar Bero”; y mientras tomaban un porrón de vino – seis o siete vinos cada uno, vamos…un porrón- tomaron la determinación de que tenían que hacer algo para la paliar la difícil situación de sus convecinos.
Decidieron pedir ayuda a las autoridades municipales, y solicitaron cita para hablar con el alcalde del pueblo; por ver si este, dado el poder que en aquellos años tenían los alcaldes, podía echar una mano.
No les fue fácil, ya que siempre estaba ocupado: -Está velando por el bienestar del pueblo-.Era la respuesta que conseguían a su solicitud.
Pero mi abuelo –que a cabezón no le ganaba nadie-, a base de presentarse diariamente a la hora justa de tomar el “vermut” en la puerta del ayuntamiento, consiguió audiencia.
El alcalde del pueblo en aquella época era Exabrupto Sánchez “El Bordillo” -apodado así, porque parecía que siempre estaba un palmo por encima de los demás; vamos, a la altura de un bordillo-
Mi abuelo nos contaba que era un tipo raro, ya que a su manía de ir siempre abrigado con una especie de bufanda de tela a rayas -que Exabrupto llamaba “palestino”, pero que mi abuelo sostenía que era ropa de “manforitas”-, añadía a sus rarezas el tener en su despacho un marco con una fotografía de Francisco Franco ( obligatoria en aquellos años) con boina, barba mal recortada, pelo largo, y fumándose un puro; y la bandera nacional a la que había pintado una de las franjas de color rojo con pintura morada. ¡Si que era raro “El Bordillo”, sí!
En dicha reunión se determinó que todos los vecinos del pueblo -aquellos que pudieran, claro-, aportaran alimentos para cubrir las necesidades básicas de los afectados por la situación. El alcalde puso alguna reticencia, pero mi abuelo lo convenció recordándole, que al ser su oficio el de picador, se daba muy buena maña en clavar la “puya” en el lomo de los toros más bravos.
La aportación se realizaría el primer domingo del mes siguiente. El lugar para realizarla sería la Plaza del pueblo. Se colocaron pasquines en todas las calles del pueblo anunciando el evento; e incluso Pristilo “El Bocas” (pregonero del pueblo) proclamó un bando municipal durante toda la semana, para que nadie pudiera hacerse el sordo ante la llamada solidaria.
El domingo acordado amaneció claro y luminoso, y no tardaron en llegar a la Plaza los primeros samaritanos, llevando cada cual cestas llenas de productos. La Plaza estaba rodeada por un pequeño murete de piedra que era utilizado para sentarse, los días en que los vecinos se acercaban a ella para pasar unas horas de descanso y tertulia.
Las aportaciones que iban llegando eran colocadas en dicho murete, y a partir de ese día fue conocido como “El Banco de Alimentos”.
Una fotografía muestra el momento cumbre de aquella muestra de solidaridad.
La Plaza está abarrotada de hombres, mujeres y niños con cestas, capazos y cajas en las manos. Muchos más recipientes, repletos de comida, aparecen sobre “ El Banco de Alimentos”.
En el centro se puede ver al alcalde, “El Bordillo”, con media docena de jamones a sus pies.
Detrás de él, Gumersindo “El Lentejas” (dueño de la única tienda de ultramarinos del pueblo) parece estar pidiéndole explicaciones.
Mi abuelo está en el centro con los brazos en “jarras”.
El Alcalde está llevándose una mano a la cara, y en esta se puede apreciar el salivazo que mi abuelo le ha lanzado.
Detrás con la difícil caligrafía de mi abuelo: “El Bordillo” se había llevado sin pagar los jamones de la tienda de “El Lentejas” diciéndole que se los expropiaba para el pueblo.
La Caridad se realiza con lo tuyo, no con lo de los demás.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.



jueves, 9 de agosto de 2012

Fuegos fatuos.


Fuegos fatuos.
Cuenta la leyenda que sobre las tumbas pueden verse, especialmente en noches cerradas, las almas de los difuntos elevarse en forma de humeantes luces verdes. A ese inquietante resplandor le llaman fuego fatuo, sin que alcance a entender el porqué del adjetivo. Nunca vi uno, pero sean espíritus o el fósforo de los huesos de aquellos que nos dejaron, me pareció una buena introducción para este breve relato.
A la impresionable edad de 9 ó 10 años, todo lo relacionado con muertos que salen de sus tumbas, espíritus errantes, ánimas vagando en pena y espacios dedicados al descanso eterno ofrece una atracción especial. Y en aquellos veranos interminables en un pueblo de Castilla, sin más preocupación que el manido “qué hacemos hoy”, la propuesta de los mayores del grupo (sinónimo de adolescentes de 15 años) de visitar el cementerio recién comenzada la noche se antojaba, cuando menos, emocionante. 
Buen momento sería para demostrar cada cual su hombría, si es que el interesado tenía en el punto de mira a alguna moza. Por mi parte, aun me llamaba más la atención jugar a cualquier tontería con mis amigos, y para más inri el maldito azar había determinado que en mi franja de edad todos lucieramos cromosomas XY. Sin embargo, aquello suponía un desafío personal. 
Fuera cual fuese la intensidad de la motivación, la gesta se medía en tres niveles de valentía:
1. El más pobre, algo así como “marica de piscina”, si te quedabas a 20 metros de la tapia del camposanto, sin abandonar el camino de caliza y cantos rodados. Era el más común, quizá por no montar una aglomeración junto a la pared de adobe y encabronar al Más Allá. 
2. Machote pero sin llegar a tirar cohetes. Consistía en acercarte a la zona sombría, pues la luna llena vestía sus mejores galas aquella noche, y tocar la tapia, para acto seguido salir cagando leches como alma que lleva el Diablo.
3. Nivel descerebrado desinhibido, que suponía saltar la verja de la entrada y pasearte entre sepulturas. No vi a nadie hacerlo, aunque sé de otras ocasiones en que se superó aquel listón. Más que valentía creo que indicaba que las lecciones de religión del colegio nunca llegaron a su destino. O sencillamente que eras un poco imbécil. 
Al tema. Todos en comandita, salimos del pueblo sin informar a padres. La aproximación se realizaría desde el camino bajo, en la pequeña era opuesta a la Cañada. Dejamos nuestras bicis presas de la excitación, entre los montículos de cebada esperando su traslado. Seríamos 15 personas, y fruto del miedo inconfesable, nos agarrábamos las manos en grupos pequeños mientras la risa floja generalizada funcionaba de banda sonora. Los comentarios jocosos y chulescos también ayudaban a seguir, pero sobre todo la compañía. Tras un primer tramo cuesta arriba sin incidentes, el más empinado, los cipreses comenzaban a asomar sobre el cambio de rasante. Al fondo, la luna, perpleja ante toda esa chiquillería envalentonada. Al avanzar un poco más, nuestras pupilas se dilataron aún más si cabe, al observar en el lado derecho del sendero, contrario al del cementerio y unos 50 metros delante del mismo, una cruz de un metro de altura clavada en el suelo. Eso no estaba en las instrucciones, y la cara de estupor de todos los allí presentes merecía haberse retratado en una foto para la posteridad. 
Pero qué leches, para chulo, chulo… mi pirulo (me niego a recordar al poeta de Telecinco). Todos a una hacia el lugar sagrado, sin temblar más de lo necesario para no perder estatus en la pandilla. Pasito a pasito, no pasaron más que escasos segundos hasta que uno de los miembros de la expedición soltó un grito que rompió el silencio recién estrenado. Acto seguido, salió corriendo cuesta abajo y el resto seguimos su estela presos de un ataque imprevisto de cagalera, hasta llegar casi a la base de operaciones cargada de cereales.
En ese momento todos rodeamos al que no había alcanzado ni la categoría deshonrosa de “marica de piscina”, y lo abordamos a preguntas sobre qué había sucedido para desatar su imprevista reacción. El susodicho respondió, entre jadeos, que una intensa luz blanca que partió de la base de la solitaria cruz lo había sorprendido. Podíamos dudar, pero su gesto no sugería fantasía alguna. A esto los mayores del grupo aportaban su granito de arena asegurando que ellos también la habían visto. No estábamos para elucubrar si era o no cierto, y el grupo de excursionistas tomó aire y se dispuso a reanudar la marcha, otra vez desde el principio. En aquel momento el cementerio no era más que un elemento decorativo, que acompañaba a la siniestra cruz de propiedad desconocida. Todos fijábamos la mirada a la cuneta derecha del camino mientras trepábamos más agarrados que minchas. No superamos muchos metros respecto al intento previo, cuando otro compañero aulló y dio pie a otro retroceso masivo del grupo. La misma pamplina pensé yo, sin atreverme a dudar en público ante tanta aseveración de los adolescentes que nos guiaban. Vuelta al camino y la misma historia. No recuerdo el número de veces que subimos y bajamos aquella cuesta ante la presencia de los maderos entrelazados. Y si reconoceré que en una de las ocasiones la luz se apareció a un servidor.
El desafío hace la fuerza, y poco a poco nos aproximábamos más a la cruz y al olvidado cementerio. Y cuando más emocionante discurría el asunto, la magia se quebró al surgir de un pequeño montículo muy próximo a la tumba extraviada, dos figuras envueltas en sendas sábanas y ululando entre carcajadas. El miedo se desvaneció al observar, bajo el efecto traicionero de la luz de la luna, la silueta dibujada al detalle de dos primos segundos por parte de mi madre, rematando sin éxito la faena de asustar a la manada de críos. 
A partir de aquel momento, no hubo más miedo a nada, voló el temor al más allá y fuimos varios los que tocamos, sin perder el respeto, la tapia del cementerio. 
Guardo aquel recuerdo con nostalgia, el de una estupenda noche de verano. 
NOTA: los simpáticos adolescentes, compinchados para atemorizarnos, encontraron sin quererlo un impagable aliado en unos pedazos de espejo roto entre las piedras que sostenían la cruz de pega. El reflejo de la luna se encargó del resto. 


viernes, 3 de agosto de 2012

La broma.



 Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que a pesar de ser un hombre tranquilo , aunque a veces le salía su lado canalla  -pero como era mi abuelo, era un lado altamente perdonable-, no podía soportar la maldad de las personas; y el ejemplo más claro era la inquina que le tenía a Angulo, apodado “Diverty Balance”, por su mala costumbre de apoyar el dedo pulgar en la balanza de la tienda de ultramarinos que regentaba, cuando te pesaba cuarto y mitad de pechuga de pavo viudo o muslos de gallina negra; y  su manía de divertirse gastando bromas -muy pesadas por cierto- a todo el que se cruzaba en su camino.
“Diverty Balance” había añadido muchas muescas a su revolver gastando bromas, y como estas habían sido realizadas en su mayoría a miembros de la cuadrilla de amigos de mi abuelo, él incluido, se la tenía jurada.
- Angulo, algún día te encontrarás con la horma de tu zapato –le había dicho en más de una ocasión mi abuelo-.
Varios ejemplos muestran la maldad que las bromas llevaban:
-         Olegario “El Flaco” tenía un burro al que quería como si fuera un hijo . Estaba orgulloso de él, ya que,  aparte de ser un animal dócil y trabajador, unía a esas cualidades la longitud de su miembro reproductor en momentos de excitación “burril”, que llegaba casi a arrastrar por el suelo, motivo por el cual Olegario le llamaba “ El Cincopies”, y proclamaba, tal como se puede presumir de un hijo: de tal palo tal astilla.

      No se le ocurrió otra cosa a “Diverty Balance” que, en el momento de mayor efusión amorosa del burro, atarle una traca de petardos valencianos y organizar una mascletá. A partir de entonces “El Cincopies” pasó a ser llamado “El Eunuco”.
-         A Froilán “El Comeostias” -párroco del pueblo- le cambió el vino por gasoil agrario, sólo dándose este cuenta en el momento de la consagración, el día de la Misa Mayor,  en las fiestas patronales.
-         A Luis “El Pitxote” le metió una víbora en el bote que este utilizaba para introducir su “pilila” para enseñársela a las mozas del pueblo a la voz de : Mira, mira, una anguila. Tuvo suerte Luis de que estuviera muerta, la víbora,digo,  que si no hubiera pasado a ingresar –junto con el burro- en el censo de eunucos del pueblo.
-         A Ramón “ El Susordenes”, sargento de la Guardia Civil, le cambió el tricornio por un sujetador de copa de la talla noventa ¡La vergüenza que pasó este, al ir a pedirle el permiso de conducir a un “guiri” que pasó por el pueblo, saltándose un “Stop” y tres “Ceda el paso”.
-         A Pedrito “ El Sortudo”, ciego y vendedor de la ONCE, le pagó un cupón dándole una hoja de ortiga, y encima reclamándole el cambio.
-         A “Paloma”, la cerda ibérica de mi abuelo -ganada a las cartas tras jugarse a mi abuela- la pintó con cal y betún, que más parecía una cebra que una “marrana”.
Pero la gota que colmo el vaso del aguante de mi abuelo fue cuando, armado con una llave inglesa, aflojó los tornillos de la silla de ruedas de Jacinto “El Duermesentao” momentos antes de que este descendiera por la Cuesta de Los Avellanos” con una pendiente media del veintiuno por ciento. El “ostión” que se metió fue de atestado tres meses en cuidados intensivos y otros tres de reposo en su cama.
Cuando todo hacía creer que “El Duermesentao” saldría adelante, y sin motivo aparente,  falleció una madrugada del mes de Octubre.
El Oficio fúnebre fue de cuerpo presente en la Iglesia parroquial al día siguiente, por la tarde. Esta estaba abarrotada, ya que asistieron todos los habitantes del pueblo, e incluso algún carterista de los alrededores se hizo presente para dar el pésame a los familiares y amigos, y aligerar de peso a los despistados.
Froilán oficio la misa. Realizó una homilía muy emotiva recordando la dura vida llevada por “El Duermesentao”, y como este, ayudado por la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, había salido adelante con esperanza y fe. Recordó las palabras del Salvador recogidas en el evangelio de Mateo:
 “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí,  mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno,  y que se le hundiese en lo profundo del mar.”

Como se hizo de noche, se decidió dar tierra al cadáver  la mañana siguiente, y dejaron el cuerpo en su ataúd en la sacristía del Templo. Mi abuelo y su cuadrilla decidió velar el cadáver toda la noche, pero como era buena persona –aunque un poco canalla- invitó a un apenado “ Diverty Balance” a unirse a ellos.

-Tú no podías imaginar que esto acabaría así -le dijo-. Fue un accidente. Únete a nosotros si quieres. Y Angulo se quedó con ellos velando el cadáver.

Dieron las doce de la noche y una fotografía muestra la escena.

Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. Se ve en ella la sacristía. Por una de las ventanas se atisba la luna llena. Mi abuelo y su cuadrilla muestran cansancio en sus rostros  mientras permanecen sentados en unas sillas que habían acercado para la larga noche. El ataúd se encuentra en el centro, y en él ”El Duermesentao” aparece sacando medio cuerpo, con los ojos inyectados en sangre, mostrando una amplia sonrisa en la boca, donde destacan dos largos y blancos colmillos. Angulo “Diverty Balance”, con el terror marcado en su cara se lleva las dos manos al pecho.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: Tres días después enterramos a Angulo, pero lo que nos pudimos reír.

 Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.



miércoles, 1 de agosto de 2012

Me acabo de morir.


jachuspa dijo:

Me acabo de morir. Mientras mi espíritu, desencarnado, gravita sobre todos aquellos que alrededor de mi tumba canonizan mi vida y purifican mi pensamiento mientras desciendo al sepulcro, el tiempo no se detiene.
Le queda un largo viaje a mi espíritu y lo tiene que hacer asegurado a terceros, lleva tatuado en su ala corta el lema de su vida: caridad y filantropía; ha sido duro el trago que ha pasado y tiene que tomar una pócima de antimonio para ocultar su mareo. Cuando se encuentra en la soledad del espacio con la velocidad de la luz, no puede por menos que sonreír; claro, piensa, cuesta abajo cualquiera. En algún momento encuentra rastros de Céline, jirones de su viaje al fin de la noche, casi petrificados; es agosto y la gasolina ha subido un 7%.
Sobrevive como puede a algún breve turbión y sigue su camino infatigable. A lo lejos, señales de otros tiempos, colisiones espontáneas, letreros incandescentes que indican la distancia en kilómetros y la dirección a los agujeros negros más próximos y, sin sorpresa alguna, encuentra al bobo que mira la Luna; está tumbado a la vera del camino, lee el Marca: el Madrid no coloca a Kaká. ¡Qué oscuro y enigmático es el camino hacia la vida eterna!


martes, 31 de julio de 2012

Las visitas.


Mi abuelo también fue picador.
 En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que a él nunca le gustaron las visitas: ni las humanas, ni las  sobrenaturales.
A lo largo de su vida hubo dos tipos de visitas que siempre le incomodaron y que le llevaron por el camino de la amargura:
-Unas, humanas, eran las que le realizaba su primo Teodosio “El yomás”, que acudía con su padre - hermano de mi bisabuelo- y con la madre que lo parió, a la casa paterna de mi abuelo. Daba la casualidad que siempre se presentaban a la hora de la comida, todos los domingos del año, y que trayendo mi tío las manos en los bolsillos, mi tía un no parar de criticar durante seis horas y mi primo sus aires de grandeza, hacía que la visita se alargara hasta terminada la merienda y acabada la cena.
Estaba mi abuelo hasta las narices de su primo. No había cosa que mi abuelo le contara que este no hubiera realizado más veces y muchísimo mejor: si mi abuelo había matado un  gato de una pedrada, el otro había matado tres con la misma piedra, atravesándoles la cabeza, y que era tan rápida la acción que los gatos seguían maullando tres horas después; si mi abuelo había pescado un pez en el río, éste había capturado una docena, con el mismo anzuelo, y sin gusano ni nada; si mi abuelo había visto  a una chica meando, este había visto a media docena… y cagando; y así domingo tras domingo¡ Como para gustarle las visitas!
. Nos contaba también que, aunque él siempre había sido un hombre con los pies en la tierra y poco dado a creer en cosas sobrenaturales, podía dar fe de que los fantasmas existían, ya que había recibido desde que era niño hasta el mismo momento en que nos contaba estas cosas, la visita de uno de ellos.
Para confirmar lo que aseguraba nos mostró una fotografía en la que se puede ver claramente al fantasma.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se puede ver a mi abuelo abriendo la puerta de su casa. Aparenta unos sesenta años de edad. Al otro lado, con una luz amarillenta como fondo, marcando una figura difusa, aparece su primo “El yomás”, con las manos en los bolsillos.
Detrás con la difícil caligrafía de mi abuelo: El fantasma no perdonó ni un solo domingo.
 Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.


Primeros pasos.


dromegalos dijo:

Primeros pasos
Los primeros pasos de la nena, sin una mano que la sostuviera en ese equilibrio inestable de edades tempranas, los dio en la calle de Alcalá. Muy cañí. La terraza del Círculo de Bellas Artes era un lugar idóneo para ver pasar a la gente. Siempre me gustó observar, y hacerlo en semejante escaparate un día lluvioso, con un descomunal toldo protegiéndonos del calabobos, nos pareció un plan apetecible. 
Pero ese no era el día de mirar a otros. El camarero, un hombre de edad cercana a su jubilación, había decidido dar una lección de abuelo primerizo a aquellos padres inexpertos y sobreprotectores. Sus sienes plateadas a lo Gardel lo avalaban, y tras comenzar a hacer gracietas a la pequeña L, la animó con los brazos abiertos a echar el vuelo sin manos. Ella, en ocasiones bebé coraje, no se lo pensó mucho y se lanzó al peligro. Fueron cinco, quizá seis pasos. Hermoso. Quedó grabado en mi mente y no sé porqué lo recordé hoy. Todo hubiera sido idílico, si aquel camarero no se hubiera encontrado tan ocioso como para dedicarnos la hora que allí estuvimos en impartir su lección magistral sobre la paternidad responsable. Tremenda paliza. Como dice mi suegra, en la vida se puede ser de todo menos pesado. 
Quiso el destino que aquel sirviente no se contentase con un paseito, y cual entrenador aplicado, mantuvo a L en plan peregrina hasta que, ¡oh! que sorpresa, fue a dar con su cuerpecito en la moqueta empapada y pisoteada, dejando el abrigo blanco hecho un cromo. En compensación por lo primero, decidí no recordar en público a todos sus antepasados, y cogí a la pequeña para que se quedara un rato en el improvisado vestuario entre sillas de terraza. 
Pero el palizas nace palizas, crece palizas y, lo que es peor, se reproduce en nuevos palizas. De morirse nada. Y así continuó el “mozo”, sin el menor asomo de rubor por la pifia, repartiendo consejos, que tan ávidamente solicitábamos los padres de la criatura.
Mi mente es limitada, y soy de la estúpida creencia de que cuando algo entra por un oído, otra idea, pensamiento o imagen sale por el otro y se pierde. Por ello selecciono perlas como la que nos dejó, la única que guardo del tremendo sermón que recibimos. Por lo visto su nuera germana era de la curiosa creencia de que el aseo con baño diario arruinaba el pH de la piel, por lo que más enjabonado que a días alternos era todo un exceso. Repliqué, eso sí para mis adentros no fuera a iniciar una insufrible perorata de horas, que ya podría habérsenos pegado de los alemanes cualquier otra otra cosa menos esa.
Nota: el bar interior de la cafetería, estupendo. No dejen de visitarlo. 


sábado, 28 de julio de 2012

Perdidos en el camino.


Mi abuelo también fue picador.
 En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que siete días después de haber comenzado el Camino de Santiago, tras ascender una pequeña loma, observar la llanura repleta de viñedos, y encontrar en un cruce de caminos  un pequeño cartel   que,  aunque estaba escrito en vasco, indicaba perfectamente la dirección  a Burgos, tuvieron la seguridad de que se hallaban en algún lugar de la rioja alavesa y de que no se habían perdido.
Mi abuelo y su cuadrilla habían decidido realizar dicha peregrinación a Santiago de Compostela, para dar al gracias al Patrón de España, por haber resultado ilesos en un percance ocurrido a la entrada de La Plaza de toros de Pamplona durante los encierros de 1950.
Habían realizado  un sorteo para recaudar fondos para dicha acción de gracias, y Dios, en  su inmensa misericordia, había acontecido obsequiándoles con una buena recaudación y que el  número agraciado no hubiera aparecido;  con lo cual se quedaron con las “perras” y con el premio.
 El viaje a Saint Jean pie de Port, inicio de la primera etapa, lo realizaron en el  camión de Aniceto “ El  Bujías” que transportaba fruta a los gabachos, y como le daba lo mismo que los agricultores “franchutes” le pincharan las ruedas por el este, por el oeste, o por el centro les hizo el favor de acercarlos hasta la frontera. El viaje fue bastante penoso debido  a que ocho personas no caben en la cabina de un “ Barreiros”  y se turnaron para viajar en el remolque con la fruta; cuatro terminaron con agujetas traseras y tres con diarrea, debido a la ingesta desmesurada de sandías.
 Una vez llegados al pueblo de salida, y para reponerse del duro viaje, hicieron lo que se suele hacer en estos casos: buscar la primera tasca abierta para meterse unos chatos de vino; y como no, buscar cobijo para pasar la noche.
No encontraron ninguna posada libre, y Froilán “ el Comeostias” -párroco del pueblo- viendo en este suceso una señal divina propuso que  se fueran a dormir al primer establo que encontraran. Aunque era pleno Agosto, y en vez de una mula y un buey encontraron dentro siete cabras y varias gallinas, el establo  -con su pesebre y todo-  que encontraron  les sirvió para formar un “Nacimiento”  de lo más “apañao”.
Se levantaron con las primeras luces del amanecer y se pusieron en marcha. Después de siete días de peregrinar estaban totalmente convencidos de que se habían perdido. No habían encontrado a ningún peregrino por los senderos y caminos que tomaron. Pasaron las noches durmiendo al raso, o en los pajares de alguna granja que les pillaba a mano. Y aunque preguntaron a los pocos lugareños que vieron, no pudieron entenderse con ellos ya que, aunque "Pitxote" había nacido en Larrabezua,  no sabía el vasco.
No fue hasta ese séptimo día, y al subir una loma,  cuando pudieron darse cuenta de que estaban en el buen camino.
Una fotografía muestra ese momento.
 Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En ella se puede ver a  los siete miembros de la cuadrilla de mi abuelo rodeados de viñas, con incontables  hileras  de vides.  Están encabezados por Froilán, portando en alto una cruz del siglo XVIII que había tomado prestada del Museo Catedralicio de Córdoba para tan noble causa. Van  vestidos de peregrinos, pero con algún ligero cambio: las típicas calabazas huecas, que contenían el agua con las que los peregrinos paliaban la sed, fueron  sustituidas por botas de vino, que también refrescaban y ayudaban a olvidarse de las ampollas que se formaban en los pies de todos -menos en los de “El Siempresentao”, ya que la silla de ruedas ayudaba bastante a preservarle de la rozadura del calzado-.  Mi abuelo sustituyó el típico bastón por su puya de picador de toros, y “El Suertudo” por su bastón de ciego. “El Susordenes” no llevaba el sombrero de ala ancha, sino su tricornio de Guardia Civil.  “Pitxote” y “El Flaco”, en vez de una concha de vieira, portaba cada uno una talega con cuatro kilos de mejillones al vapor.
Están caminando, y van  en la dirección que un pequeño indicador de caminos muestra. En este, con las letras talladas en la madera, se lee claramente: A BORDEUAX  100  Kmts.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: Todos creímos que allí ponía Burgos en vasco… y seguimos “palante”.

 Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.


Fernando José Salgueiro Maia.


jachuspa dijo:
Vean vds. que diferencia de hombres; de la misma Península, como dice D. Errichal: que me lo quitan de las manos
El 31 de marzo de 1992, en una habitación de la segunda planta del Cromwell Hospital de Londres, un hombre se está muriendo y lo sabe. Aturdido por la quimioterapia y los sedantes, en los pocos momentos de lucidez que tiene recuerda: no tiene miedo, sonríe; acaba de ser nombrado alférez de caballería y destinado a Mozambique. Es el segundo de su promoción y por ello, al llegar a Lourenço Marques, le dan a elegir destino: un escuadrón de reconocimiento, es decir, vivir escaqueado, o un destino operativo. Elige la 9ª Cía de Comandos “Os Fantasmas”, de servicio en medio de la selva. Cuando llega, sin ninguna experiencia en combate, se tiene que hacer cargo de la misma porque el capitán y el teniente que la mandan, han sido heridos en combate. Posteriormente, el mando le negará el distintivo de comando por no haber hecho el curso en la metrópoli.
Sabe que se muere, ha venido a Londres por complacer a Natercia, la profesora de matemáticas con la que se casó, ya hace… muchos años; pero, en realidad, hace tiempo que se ha despedido de la vida. Cuando fue operado por última vez en el hospital militar de Lisboa, la noche anterior a la intervención, como si fuera un quinto cualquiera, salió de noche de la habitación, escondiéndose de la vista de médicos y enfermeras, con los zapatos en la mano y los pantalones en el brazo. En la calle, le esperaba un amigo con el coche aparcado en la puerta del hospital: “Vamos, le dice, a minha vida é do gajo (figuradamente, el cáncer), mais a noite é nossa”. Regresa al hospital a las 7 de la mañana; adormecido, a las 8 de esa misma mañana, lo encuentra la enfermera quien le felicita por el aire descansado que presenta: “se nota que ha dormido bien – le dice-, son los tranquilizantes”.
Cae la noche sobre Londres y en la habitación, Natercia le pregunta: “Estás melhor, Fernando”
El le responde, casi sin fuerzas: “Estou”.
Sin que lo sepan, es la última vez que intercambiaran unas palabras. Vuelve al duermevela para seguir recordando: es la madrugada del 24 al 25 de abril de 1972. Una columna de blindados de la EPC (Escuela Práctica de Caballería) que él manda, se detiene en un semáforo en la circunvalación de la Ciudad Universitaria. Desde la chaimite (Blindado Medio sobre Ruedas) grita a las dos autoametralladoras que le preceden:
-¿porqué hemos parado?
- mi capitán, el semáforo está en rojo.
-¡Y desde cuando las revoluciones paran en los semáforos!
No tiene miedo, nunca lo tuvo. Que se lo pregunten al brigadier Junquera dos Reis. Esa misma mañana, armado con su pistola, un par de granadas y una pañuelo blanco, salió, sólo, a enfrentarse con varios M-46. Nadie se atrevió a dispararle, ni el mismo Junquera dos Reis, enviado por el Gobierno a frenar la Revolución de los Claveles, que tuvo que disparar al aire y pasar por la vergüenza de ver como sea pasaban a los rebeldes sus tropas y carros de combate.
Acaba de perder la conciencia y entra en coma. Natercia se desespera; la voluntad de su marido es volver a Portugal para morir en casa. Telefonea, pero no hay ningún avión militar disponible; recurre al presidente de la República, pero al final no es necesaria su intervención: consigue plazas en un vuelo regular de TAP.
El 4 de abril fallece en el Hospital Militar de Lisboa, a los 47 años, el teniente coronel Fernando José Salgueiro Maia. Su cuerpo, velado por todos los presidentes de la República desde 1974, amigos y enemigos, es trasladado al cementerio alentejano de Castelo de Vide, próximo a la localidad extremeña de Valencia de Alcántara. Allí, en una sencilla tumba, hace veinte años que descansan los restos mortales de un hombre que fue clasificado por sus enemigos como fascista y comunista al mismo tiempo, tan sólo porque jamás aceptó ningún cargo político, un hombre lleno de coraje y dignidad, que jamás aceptó ninguna prebenda:
Aquele que na hora da vitória
Respeitou o vencido
Aquele que deu tudo e nao pediu a paga
Aquele que na hora da ganancia
Perdeu o apetite
Aquele que amou os outros e por isso
Nao colaborou com a sua ignorancia ou vicio
Aquele que foi “Fiel à palavra dada à idea tida”
Como antes dele mas também por ele
Pessoa disse

viernes, 27 de julio de 2012

Las olimpiadas.


Mi abuelo también fue picador.
 En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él participo en las olimpiadas de 1952, no exactamente en las de Helsinki, pero sí en los juegos olímpicos de la ribera cordobesa del Guadalquivir de esa fecha.
La iniciativa de organizar dicha competición deportiva surgió de Agapito, al que todos llamaban “marqués” debido a su afición a jugar a las siete y media con las cartas marcadas. Presumía el “marqués”  de haber heredado de un antepasado suyo, que luchó en las cruzadas, el primer cobertor que cobijó en las frías noches del desierto a Jesús Nuestro Señor en su duro viaje a Egipto huyendo del “esaborío” rey Herodes. Por eso, decía mi abuelo, que el impulsor de aquellas olimpiadas guadalquivires fue el “Marqués del Cobertor”.
El “marques” y mi abuelo solían coincidir en el “ Bar bero”, donde lo mismo se podía uno beber unos chatos de vino, que cortarse el pelo a navaja. Grandes aficionados a las cartas entablaron amistad, y ya se sabe que donde surge la amistad aparece la disputa. Contaba mi abuelo que su amigo el “marques” presumía de que los mozos del pueblo de Lora del Río, del cual era natural y convecino, pasaban por ser los más fuertes y sanos de la comarca; afirmación esta que no compartían ni mi abuelo, ni Menesterio “ El Políglota”, que unía a su condición de “tartaja” la de ser oriundo de Palma del Río.
Y como estas cosas no pueden quedarse en el olvido y hay que demostrarlas, el “marqués” propuso la celebración de las primeras –y únicas- olimpiadas de la ribera del Guadalquivir.
Cada uno de los litigantes se encargó de buscar entre sus parroquianos a quienes defendieran el honor de sus respectivos pueblos.
No lo tuvieron difícil; a falta de televisión, la demografía en aquella época no era escasa, y quién no contaba con cinco o seis churumbeles, o era más feo que los pies de otro, o la gente se resbalaba a su paso.
El lugar elegido para las diferentes competiciones fue asignado a La Puebla de los Infantes; ya que aparte de ser terreno neutral a las tres pedanías concursantes, contaba con terrenos amplios y se encontraba cercano El Embalse de José Torán, donde se realizaría la disciplina estrella del evento: la prueba de remo.
Se dieron un margen de seis meses para la elección, formación y entrenamiento de los respectivos atletas olímpicos y pasado ese tiempo, un 28 de Julio de 1952, se realizó la inauguración oficial.
A las seis de la tarde comenzó el acto inaugural en el que no faltaron las bandas municipales de los tres pueblos y la sublime subida de una cabra a una escalera.
Durante tres días hubo competiciones de lo más variopinto; desde carreras de sacos hasta partidas de tute, brisca y “las siete y media”.
Tuvo gran éxito el lanzamiento de disco –ganado por Julián “El Viruta”, carpintero de Lora del Río, que envío más allá de los cuarenta metros un disco de pizarra de Tomás de Antequera-; y el de jabalina -premio obtenido por Ambrosio “El Sevillano”, vecino de Palma del Río  desde la escasa edad de tres años, cuando sus padres inmigraron desde Móstoles;  al lanzar este una marrana de tres arrobas a cuatro metros y tres palmos-.
Los integrantes del pueblo de mi abuelo no estaban obteniendo muy buenos resultados, pero tenían puesta la esperanza en conseguir vencer  la prueba reina del torneo: la de remo.
Y al tercer día los de Almodovar del Río, pueblo de mi abuelo, esperaban resucitar. Como quisieron darle un carácter no solo regional a las olimpiadas, invitaron a participar en la prueba náutica a dos embarcaciones foráneas.
Una fotografía muestra el momento en que las cinco embarcaciones participantes se disponen a tomar la salida.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo. En las calles uno y dos están las barcas de Lora del Río y de Palma del Río con los remos en el agua y los integrantes preparados par iniciar la salida.
En el centro la embarcación de mi abuelo: una balsa hecha con troncos y cuerdas, con un mástil en el que ondea una bandera española. Se ve a mi abuelo con la “pica” apoyada en el fondo del embalse, dispuesto para empujar. A su lado “El Sortudo” –ciego y vendedor de la once- otea el horizonte en busca de la línea de meta. “El Susordenes” hunde el tricornio en el agua a modo de remo. “El Comeostias” –párroco del pueblo- hunde también en el agua el báculo pastoral del Obispo de Córdoba que este le había prestado para tan magno acontecimiento. “El Pitxote”, con su bote de la anguila, recoge agua del lago y refresca a los demás miembros del equipo. ”El Duermesentao” bastante tiene con hacer equilibrios para que no se caigan por la borda, él y la silla de ruedas. Y “El Flaco”, con sus ciento cincuenta kilos de peso, aparece en la parte de atrás con medio cuerpo sumergido en el agua, dispuesto a patalear como si fuera el motor de un fueraborda.
En la calle número cuatro se halla una de las embarcaciones invitadas. Se trata de la famosa trainera “La Soltera” de Santurce -llamada así en honor a  “Karmentxu”, la más famosa sardinera de la época- pero que unos años después pasó a denominarse “La Sotera”, ya que la sardinera se casó de penalty con un angulero de Portugalete.
Y en el lado más próximo al fotógrafo, con un marcado acento internacional, se ve a la embarcación invitada de “Los Negrillos de la Sierra”, una pequeña aldea formada en las cercanías del Río Retortillo íntegramente habitada por emigrantes.
Es una embarcación de ocho metros, ocupada por cincuenta y tres personas de origen subsahariano, entre las que se encuentran varios menores y tres mujeres en avanzado estado de gestación.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: Íbamos segundos, pero a escasos metros de la meta una patrullera del Servicio Marítimo de la Guardia Civil detuvo la patera.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.


jueves, 26 de julio de 2012

El último cumpleaños.


Mi abuelo también fue picador.
 En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él nunca pensó que iba a ser abuelo.

 Sí, es cierto que tenía ocho hijos, y que estos -con la ayuda interesada de sus nueras-  engendrarían vástagos, o vástagas (para que no se me mosqueen las feministas), que perpetuarían su digno apellido. Lo que  nunca tuvo en mente es que un mocoso, que apenas levantaba medio metro del suelo, se acercaría a él llamándole: ¡Abuelo!¡Abuelo!
Y ese mocoso fui yo, primogénito de su segundo hijo, Baraquisio,  alumbrado por mi madre un 5 de Enero, víspera de la festividad de Los Reyes Magos, para alegría de todos… menos para mí. Siempre he recibido regalo de cumpleaños y de Reyes “conjuntamente” -conjuntamente me daban un regalo que servía para los dos días. ¡Tacaños, más que tacaños!-
Mi abuelo tuvo más nietos, pero sólo el aquí presente le llamaba abuelo: soy hijo único, de padre cordobés y madre jienense, ahí es nada.
Mis tíos, hermanos de mi padre, claro, tuvieron suerte dispar al encontrar a su media naranja, ya que la mayoría de ellos a lo único a que se pudieron arrimar fue a algún limón verbenero, dos berzas y a mi tía Encarna “ La Peras”, que no explico el porqué la llamábamos así ya que caen por su propio peso; las peras que tenía, digo.
Mi abuelo era llamado por sus nietos de diferentes maneras, según el origen de sus respectivas madres –conocidas por “Las Arpías” cuando ellas no estaban presentes-. Bueno, solo estaban presentes mi abuela , mi madre y un servidor escondido tras el sofá. Es que siempre tuve un lado femenino que me llevaba a escuchar conversaciones ajenas, pero solo en ese aspecto se manifestaba mi lado femenino, que conste.
Como digo, mi abuelo era interferido como: Yayo, aitite, guelu, avi, avo, e incluso uno de mis primos le llamaba Grand-Pére; pero éste era de madre rara que hablaba como si tuviera un “gargajo en la boca”, y su lado femenino - el de mi primo el raro-  predominaba sobre su otro lado femenino.
Mi abuelo tenía un fotografía, sacada semanas antes de su último suspiro, con todos sus nietos.
Al ser el primero de ellos me dejó la foto como recuerdo.
 En ella aparece él sentado en una silla plegable de las que utilizan los pobres para ir al monte o a la playa, según gustos, y todos sus nietos alrededor. Quiso Dios -y la genética- que todos los allí fotografiados fueran catalogados en el registro civil como varones, excepto mi primo el del gargajo en la boca, que unas veces parece, y otras no cabe la menor duda.
Es el día de su "cientocinco cumpleaños", y cada uno de nosotros, agrupados por familias, mostramos a la cámara el regalo de cumpleaños de nuestro abuelo.
Mis primos de Galicia le entregaban un kilo de cáscaras de mejillones; los extremeños el hueso de un jamón de bellota, utilizado varias veces para dar sabor al cocido; los de Baleares una “sobrasada” que según decían, eran los cartílagos de un pollo que había sobrado el día anterior, convenientemente asados en leña de caja de fruta, y que parece ser que era un plato típico de las Islas Baleares; los canarios una jaula para pájaros; los maños unos caramelos en forma de adoquín,  más duros que la cara de un político en plena campaña electoral; los vascos una chapela en la que se leía: Is not Spain; el raro mostraba un picardías en color “furcia”, y su primer nieto, como no podía ser menos, le regaló un álbum de fotos con tapas ribeteadas en oro, el cual contenía impresiones fotográficas de todos los momentos vividos por él en su peregrinaje por esas plazas de Dios – y de Franco en aquella época-.
 Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.