miércoles, 17 de octubre de 2012

Hay que ir siempre.




Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que a veces tuvo dudas de ir o no ir.
Mi abuelo fue segundo picador de Antoñito “El Cojo” durante toda su vida laboral (nunca llegó a ser primer picador ya que este cargo lo ocupaba un “cuñao” del diestro -hermano postizo de su mujer-, y ya se sabe que mandan dos tetas de una carreta que marinero sin patrón, o algo parecido).
Antoñito “El Cojo” -llamado así por su maestría con la muleta- fue un gran torero que mostró su arte por casi todas las plazas de España (creo que en la plaza de toros de Baltanás, en la provincia de Palencia, no llegaron a degustar su arte; pero bueno, ellos tenían al “Regio” que le andaba a la zaga).
Fue longeva la carrera taurina de mi abuelo, ya que el “El Cojo” no se cortó la coleta hasta que, aquejado de demencia senil, quiso recibir a “ portagayola”al Talgo Madrid-Sevilla a su paso por Posadas. Como consecuencia de ese recibimiento “El Cojo” fue ovacionado durante diez minutos…a su salida de la plaza de toros de Córdoba –donde fue velado su cadáver-.
Nos decía mi abuelo que durante tantos años de ir de un sitio a otro había tenido ocasión de trabajar en festejos taurinos de de todo tipo: desde Las ventas, La Maestranza o Vista Alegre, hasta plazas formadas por carros y carretas en pueblecitos perdidos de la España más profunda. Siempre había que ir, fuera donde fuera la corrida.
Recordaba con mucho cariño un pueblecito de la provincia de Badajoz al que acudieron por las fiestas en honor de su patrona: La Virgen de Guadalupe. Era un pueblo pequeño con apenas dos docenas de casas construidas alrededor de la iglesia y la plaza situada frente a esta: un pueblo realmente pobre.
“El Cojo” y su cuadrilla acudieron al evento –porque había que ir-, pero se llevaron una nefasta sorpresa: habían sido estafados por el promotor taurino; tanto ellos como el alcalde, el cual había abonado una considerable cantidad recaudada entre todos sus convecinos. No solo no aparecía el promotor, ni el dinero, sino que los toros también se habían dado a la fuga junto con él.
Y allí estaba “El Cojo”, mi abuelo, la cuadrilla, los carros de labranza formando un círculo alrededor de la plaza, los convecinos montados en ellos y ni un solo toro que llevarse el capote.
Así que se procedió a suspender el festejo; los vecinos habían perdido las perras; la cuadrilla los gastos del viaje; y el apoderado se llevó recuerdos para todos los miembros de su familia -fallecidos incluidos-.
Mi abuelo –que era listo como el rayo, y que más parecía abuelo de Mac Giver que de un servidor- solo tardó dos minutos en montar un festejo taurino que ha pasado a los anales de la historia de aquel pueblecito (hoy en día cuenta con más de 10.000 habitantes).
A las cinco en punto de la tarde comenzó la fiesta. “El Cojo” y su cuadrilla, debidamente formados, comenzaron el paseillo en dirección a la autoridad presente, formada esta por el alcalde y Eulogio “El pregoneeeero”. Iban precedidos por dos pastores, cada uno con una cabra negra al cuello, que tal parecían el negativo de una fotografía del buen pastor tras hallar la cabra perdida. No era lo mismo que los alguaciles a caballo, pero a emoción no había color.
El alcalde dio el permiso correspondiente para el comienzo de la lidia y el diestro y sus subalternos se prepararon para recibir al primero de la tarde. Como no había clarín Adela la de la botica cantó una saeta y se abrió la puerta de toriles, que en realidad eran dos palos atravesados entre dos carros. Apareció por ella, con trescientos kilos de peso, sin divisa y de color negro zahino: “Cantinerito”: el burro que daba vueltas a la noria del alcalde.
“El Cojo”, tras uno de los burladeros – que era una puerta vieja de un pajar- y con el capote mordido por su parte superior observaba detenidamente la querencia de “Cantinerito”. Era bravo y no perdía el recorrido: daba vueltas a velocidad constante al ruedo (¡qué se va a esperar de un burro de noria!). El maestro observó, gracias a su gran experiencia, que aquel animal tenía faena y se lanzó a los medios. Abrió el capote y se preparó a recibirlo de rodillas. “Cantinerito” no le hizo ni puñetero caso. -Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma ira a la montaña- pensó-, y se dirigió con paso resuelto y andar torero (como no podía ser de otra forma, claro) hacia Maho…, perdón hacia “Cantinerito”.
Le dio dieciocho capotazos el tío, y sin moverse del sitio; capotazo, vuelta, capotazo, vuelta y así dieciocho veces. El último lo remató con una chicuelina que levantó al público de sus carros al grito de: torero, torero.
Adela cantó esta vez una jota aragonesa y se procedió al tercio de varas. Ahí entró mi abuelo en acción: guapo, altivo; montado en su caballo sujetando con la mano izquierda las riendas y con la derecha la vara. Se fue directo hacia “Cantinerito”. ¡Siete! Siete vueltas estuvo mi abuelo tras el burro y no hubo manera de alcanzarlo. Así que, casi mareado, decidió ir al centro de la plaza y picarlo desde allí. El jumento debía de ser sordo, porque mira que mi abuelo le citó, le recitó y hasta le llamó “hijo de mula”, que ni se inmutó. Los asistentes, viendo los esfuerzos realizados por el picador, decidieron dedicarle una gran ovación a la que este correspondió quitándose el castoreño.
Adela se atrevió con un chotis y se dio paso al tercio de banderillas. Los banderilleros salieron al ruedo, pero en vez de las banderillas decidieron ponerle una gavilla de alfalfa y un cubo de agua, que “Cantinerito”, agradecido, correspondió con un par de rebuznos de alegría. Las banderillas, con su aceituna, su pimiento y su cebolleta, acompañadas de un buen trago de vino, se las pusieron al caballo de mi abuelo; pero como este parecía desganado tras dar tanta vuelta, se las tomaron “El Cojo” y su cuadrilla.
La mitad de la faena estaba realizada. La bravura de “ Cantinerito” había sido rebajada mediante el capote, la vara y las banderillas; ahora llegaba el momento cumbre de la lidia: la lucha entre el hombre y el animal. Ellos dos solos en el ruedo; el animal con sus astas y el torero con la muleta y la espada. Como el burro no tenía astas, en vez de coger una espada, “El Cojo” utilizó la pata de palo que había heredado de su padre (el padre de “El Cojo” había sido ballenero y, según dicen, una ballena blanca fue la causante de que no pudiera salir con los dos pies por delante el día de su funeral; pero esa es otra historia.
Con la muleta, “El Cojo” estuvo inmenso. Con la mano izquierda, con la mano derecha, por alto, por bajo, naturales, manoletinas e incluso “dos saltos de la rana” le pegó a cada paso por vuelta. ¡Ole! ¡Ole! ¡Ole! Gritaba el público a cada muletazo. La plaza se venía abajo.
Llegó por fin el arte supremo de la espada, pero tras comprobar la bravura de “Cantinerito”, “El Cojo” tomó la pata de palo de su padre, la clavó en la arena, y dirigiéndose al alcalde pidió el indulto- Fue concedido inmediatamente. El público sacó los pañuelos -no se podía afirmar que eran blancos impolutos ya que en aquellos tiempos no se había inventado la lavadora y el Dixán, pero tenían un pase. El alcalde puso tres pañuelos blancos delante de sí: dos orejas y el rabo. “Cantinerito” fue sacado de la plaza en medio de una gran ovación. “El Cojo” y su cuadrilla dieron tres vueltas al ruedo (en esta historia se dan más vueltas que buscando un certificado en Hacienda). En vez de mostrar los trofeos correspondientes, el diestro llevaba en sus manos una botella de vino y un bocadillo de chorizo.
Pero la corrida debía continuar. Faltaban cinco toros. Una fotografía muestra el final apoteósico del festejo.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
En ella se ve a “El Cojo” saliendo a hombros de la humilde plaza. La cuadrilla también es sacada de la misma forma. Incluso el caballo de mi abuelo aparece en volandas llevado por cuatro mozos del pueblo, tocados con boina y con una sola ceja de oreja a oreja.
Tras ellos aparece “Cantinerito”, una cabra, un cerdo, una gallina, un pato y un gato negro.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
-El gato fue difícil, pero le hicimos una buena faena.
- A veces, aunque tú vayas, ellos ganan.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


domingo, 14 de octubre de 2012

La primera montura.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él también tuvo dudas en su vida. La más importante fue como llamar a su primera montura.

A la edad de catorce años inició el aprendizaje de la profesión que le llevaría a la fama como segundo picador de Antoñito “El Cojo”, gran maestro de la lidia del toro por muchas plazas de España – y de Franco en aquella época-.
Mi abuelo siempre fue un enamorado del caballo, aunque tenía cierta querencia hacia las yeguas. Los caballos y yeguas que poseyó eran queridos e idolatrados por él tanto o más que lo que sentía hacia mi abuela, o hacia “Paloma” (la cerda ibérica que ganó a las cartas jugandose a la parienta).
Nos contaba -y tengo que reconocer que nosotros los nietos, a aquella temprana edad, no llegábamos a entenderlo muy bien-, que el mayor placer de su vida lo había encontrado sintiendo entre sus piernas el poderío, la fuerza y la nobleza, tanto de un buen caballo, como de mi abuela – de “Paloma” nunca dijo si llegó a experimentar tales sensaciones, pero con lo canalla que era mi abuelo…-.
Mi padre siempre dijo orgulloso que yo era la viva imagen de mi abuelo pero juro solemnemente que jamás he montado un caballo, una abuela (de momento no tenemos nietos), ni una… – bueno, hablemos de mi abuelo, que a eso hemos venido-.
Como decía, mi abuelo se formó profesionalmente apenas le habían salido pelos en los hue…, carrillos de la cara. Para ello tenía que trasladarse a diario a los establos de “la Cuadra Babieca”, que eran propiedad de D. Rodrigo Díez de Bibar – apodado “El Cid”, sin que nadie, a día de hoy, haya averiguado el porqué de dicho apodo-.
La cuadra se encontraba situada a quince kilómetros de distancia y por dicho motivo mi abuelo decidió comprar su primera montura. Y para ello aprovechó la ocasión en que José Heredia, un gitano quinquillero, acertó a pasar por el pueblo vendiendo su mercancía. El gitano era conocido como “El Atila”, ya que a su cargamento de cazuelas, platos, cucharas, cuchillos y productos varios, ofrecía también un maravilloso herbicida de creación propia, cuya fórmula era un secreto mejor guardado que el del crecepelo de Anasagasti; el producto era de resultados tan extraordinarios que allí donde era administrado no crecían las malas hierbas – que no crecieran tampoco “las buenas” era un pequeño inconveniente, pero, qué producto no tiene sus efectos secundarios.
- Othar, se llama Othar -le dijo “Atila” en el momento en que mi abuelo preguntó el precio-. Como el caballo de Atila, claro.
La verdad es que estaba en unas condiciones lamentables, y tuvo muchas dudas en decidirse. Gracias a que era un chaval ahorrador y a la providencia de Dios -que consistía en una pequeña sisa realizada al cepillo de la iglesia durante los años que ejerció como monaguillo de la misma- lo pagó a tocateja. Tampoco terminaba de convencerle lo de Othar -ya que tenía ciertos problemas lingüísticos con la H-, así que le puso de nombre “Bucefalo”.
Una fotografía muestra el aspecto que ofrecía “Bucefalo” tras unos meses a cargo de mi abuelo.
Mi abuelo aparece montado en “Bucefalo”. Éste, de tan limpio que está, brilla al sol. Como tenía que volver de “La Cuadra Babieca” a altas horas de la noche, le había colocado en el frontal el faro derecho que había tomado prestado a un seiscientos, de uno de Madrid; que por cierto, esta vez, no había acertado al pasar por allí. El foco era alimentado por una batería de camión que mi abuelo había sujetado en los cuartos traseros con una buena cuerda de esparto.
Hay que reconocerlo: “Bucefalo” parecía un cuadro… de Picasso.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
¡Qué buena montura fue “Bucefalo”… mi primera bicicleta!
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.

sábado, 6 de octubre de 2012

Productos típicos


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que él no partía nueces con el culo.
Mi abuelo no era especialista en este tipo de deporte, pero, al ser la nuez un producto del País Vasco, nos contó que tomó la costumbre de traerle a mi abuela productos típicos de las regiones en las que faenaba como segundo picador de Antoñito “El Cojo”: maestro torero muy famoso, que cosechó grandes triunfos por esas plazas de Dios – y de Franco en aquellos tiempos-.
No hubo región española que no fuera visitada por “El Cojo” y mi abuelo en sus respectivas carreras taurino-festivas. Y tampoco hubo producto típico de cada región que mi abuelo no llevara como presente a mi abuela. Esta, agradecida por tamaño detalle, no dejó de querer a su hombre ni un solo instante de su vida (Instante no, pero hubo momentos que las canalladas de mi abuelo la hicieron estar de morros con él semanas).
Como todas las tradiciones, esta: la del recuerdo regional, también tuvo su comienzo; y como todos los comienzos un motivo concreto: el olvido de las promesas matrimoniales, concretamente el de la fidelidad.
Ya les he contado que mi abuelo era buena persona, pero que era un poco canalla. Ese fue el motivo de la infidelidad a mi abuela.
Intentaré explicarlo tal y como él nos lo contó a los nietos.
Quiso dios, y el alcalde del pueblo también, claro, que “El Cojo” y su su cuadrilla fueran contratados para lidiar dos toros, dos, en la corrida que coronaba las fiestas patronales de Almendralejo. Allí aparecieron con la intención de lograr otro triunfo más con el que engordar su hoja de servicios.
La faena estuvo a la altura de lo esperado y se obtuvieron tres “peluas”y un rabo. Mi abuelo picó los toros con tanta maestría que fue sacado a hombros de la plaza junto con el diestro. Para recordar esa tarde de gloria decidió traerle un regalo a la hembra que más quería.
Al llegar, lo primero que dijo fue: Mira lo que le he traído a la cosa más bonita de mi casa.
Y este fue el comienzo de los regalos regionales.
Una fotografía muestra este momento.
En ella se puede ver la fachada de la casa de mi abuelo. En la puerta, cerrándola, se ve a mi abuela de espaldas. En el lado izquierdo está la cochinera de “Paloma” (la cerda ibérica que mi abuelo había ganado a las cartas, jugandose a mi abuela como contraprestación). Delante de la cochinera, en un gran charco de barro está la gorrina (se confunde con el barro, pero dos grandes ojos a medio metro del suelo dan fe de su presencia). Entre la cochinera y la casa, en primer plano, el seiscientos de mi abuelo con el capó delantero abierto. Mi abuelo está sacando algo de él.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
-Un saco de cinco arrobas de bellotas es un producto típico de Extremadura.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.

Los ricos.



En los últimos años de su vida nos contó a los nietos que nunca pudo soportar a los ricos.

Era superior a sus fuerzas. Con tan solo verlos, algo en él se removía y su natural tranquilidad se convertía en nerviosismo y en algo que aunque no se podría calificar de odio, se le parecía mucho. Las fatigas económicas sufridas en su niñez en la que comer tres veces al día era como las modelos de las revistas, que existir, existían, pero solo en fotografía; y los duros momentos pasados para poder sacar adelante a su prolija familia, hicieron brotar esos sentimientos hacia los ricos.
-¿Porqué sientes eso, mi hombre?- le decía preocupada mi abuela-. Si no conoces a la mayoría. ¿Te han hecho algo?
-No, mujer. No los conozco personalmente, pero no me hace falta para saber que son todos iguales. –Le respondía mi abuelo, y comenzaba a sacar todo aquello que llevaba dentro y que tanto le alteraba-. Siempre han estado ahí, arriba; sintiéndose superiores y tratando a los pobres como si fueran basura, solo meros instrumentos para obtener dinero. Nunca se han preocupado por nadie que no estuviera dentro de su ámbito. Les gusta presumir, aparentar, ocupar los primeros puestos. -Y seguía, cada vez más irritado-. ¡Míralos! ¡Míralos a todos ocupando los primeros bancos en la Iglesia! ¡Y comulgan! ¡Qué buenos somos, se dicen! ¡Mirad, mirad como nosotros cumplimos con nuestro Señor! ¡Asco! ¡Asco, es lo que me dan! Y como enseñan la peseta que echan en el cepillo… Si es que la muestran a la gente abanicándose con ella. ¡Una peseta! ¡Una mierda de peseta cuando tienen millones de ellas!
Mi abuela lo rodeaba con sus brazos e intentaba calmarlo, pero él seguía y seguía despotricando hasta que con la voz ya ronca se sentaba en la mesa de la cocina… y lloraba.
-No es justo, mujer. No es justo.
……………………
-¿Puede darme una limosna? – El mendigo apareció de la nada. Bueno, más que de la nada, apareció de rodillas en el suelo con la mano izquierda extendida hacia mi abuelo y la otra en el pecho-. -¿Una ayuda, por favor?
Mi abuelo acababa de salir de misa de doce. Siempre que le dejaba su profesión acudía con mi abuela, sus hijos y su nieta a la eucaristía que celebraba su amigo Froilan “El Comeostias”. Había salido como siempre, feliz de estar toda su familia junta, contento de poder sentir a Dios, pero irritado de ver a los fariseos de los ricos haciendo ostentación. Como siempre, se despedía de su mujer y sus hijos, y se encaminaba al encuentro de su cuadrilla de amigos para tomar unos chatos de vino al “Bar Bero” antes de comer.
Mi abuelo siempre fue un hombre que no podía dejar de apiadarse de las desgracias humanas y buscando en sus bolsillos sacó una peseta, la puso en la mano del indigente y siguió adelante.
-¡Una peseta! -exclamó el pobre-. ¡Usted debe de ser rico!
Mi abuelo se detuvo y como si de un insulto se tratase se volvió y le espetó: -¡Yo no soy rico! ¿Me entiendes? ¡Yo no soy rico!-.
Le observó detenidamente. Seguía en la misma posición: arrodillado y con la mano extendida, donde aún seguía la moneda, la barba y el pelo muy largos, sus ropas sucias y realmente desagradable a la vista.
-Lo siento, señor. No era mi intención molestarle –dijo el mendigo bajando la cabeza-.
-No, no pasa nada. Tranquilo. Ya puedes perdonar. Es que no me gusta esa palabra.
-¿Qué palabra, señor? -preguntó el pobre, mientras levantaba la cabeza y miraba a los ojos a mi abuelo-.
-Rico -respondió mi abuelo-. Odio a los ricos… Como tú.
-Yo no odio a los ricos, señor.- Mi abuelo se acercó aún más.
-¿Tú no odias a los ricos? ¿Tú no piensas que estás aquí, debido al egoísmo de ellos?
- No, señor. Yo no estoy así por culpa de los ricos.
- Entonces, ¿cuál es el motivo de tu mísera situación? –siguió preguntando mi abuelo con extrañeza.
- ¿Tiene usted hijos, señor?
Mi abuelo, no comprendiendo el porqué de la pregunta, dudo en responder, pero algo le decía que no había mal alguno en aquella persona.
-Ocho. Tengo ocho hijos… y una adoptada.
-Ocho… Debe de ser difícil de alimentarlos, ¿no?
-Si, la verdad es que es duro. Pero, gracias a Dios, mi profesión me lo permite.
- ¿En que trabaja, señor? Si no le molesta contestarme, claro.
- Soy picador.
- ¿Minero?
- No, de toros.
- Extraña profesión… Hay que derramar sangre para que otros sean felices. ¿Y le da para vivir?
- Bueno, me defiendo bastante bien gracias a ella.
- ¿Y casa, señor? ¿Tiene usted casa?
Mi abuelo se estaba cansando ya. ¡Quién era aquel hombre que quería saber tanto de su vida! Era un mendigo, él le había dado una limosna – y muy generosa, por cierto –y ya está, se acabó el tema; cada uno por su camino.
-Bueno, adiós. Tengo prisa. – Mi abuelo se dio la vuelta y se encaminó al Bar para encontrarse con sus amigos, no sin cierta desazón después de las últimas palabras que escuchó-.
- Picador… usted también es rico. No se juzgue tan duramente.
Una fotografía muestra este momento. Mi abuelo se va alejando. El pobre sigue de rodillas. Se está apartando el pelo largo de la cara y unas heridas aparecen en su frente. La moneda ha desaparecido de la palma de la mano; en ella se puede ver algo parecido a una llaga.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
- No le volví a ver más.
- Entendí sus palabras: Hay que derramar sangre para que otros sean felices.
- Mi alma descansó a partir de ese día.
Al ser su primer nieto me dejó una foto como recuerdo La guardo con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.

domingo, 30 de septiembre de 2012

El Palacio de Txapela.


La historiografía del camino de Santiago no estará completa hasta que en ella no se incluya la del ramal que partiendo de la estación del topo en Hendaya, continuaba por Gainchurizqueta e Inchaurrondo para terminar en Caparroso.
Precisamente en Inchaurrondo existió, hasta su desaparición durante el siglo XX, el llamado Palacio de Txapela. Este establecimiento agropecuario, considerado uno de los grandes hitos de este barrio donostiarra (incluso figura en el himno oficial: Inchaurrondo tiene cosas que no tiene el mundo entero/el palacio de Txapela con su hermoso lavadero/la subida de Lizardi con su gran iluminación/ y aunque ustedes no lo crean Inchaurrondo es lo mejor) hunde sus raíces en la noche de los tiempos.
Durante la Edad Media estuvo considerado como el establecimiento más importante de todo el Camino de Santiago. En el lobby se encontraban varias tiendas de souvenirs, una casa de lenocinio –todo a cien y con tarifa plana para hormonados- y el despacho de billetes de la Roncalesa, la Burundesa y la Veloz Sangüesina. El regalo más vendido en esta época que nos ocupa eran unos cinturones de castidad de macramé y petit point de la conocida marca “Así, Dios me salve” cuya novedad consistía en una cerradura que también podía usar los zurdos.
Fueron los pioneros en utilizar las tarjetas de crédito de los Thurn und Taxis, en cuyo frontal llevaban un retrato al óleo de Ángela Merkel y en su reverso un Jano bifronte: Mario Draghi/Mariano Rajoy, conocido como Ma/Ma
Allí se proporcionaban todo tipo de servicios al viajero y al peregrino; desde los propios de la hostelería –fueron los descubridores del menú turístico y de la carta en varios idiomas- como los derivados del SPA allí instalado. Muchas parejas de novios lo eligieron para pasar allí su primera noche de luna de miel; era muy comentado el dicho que figuraba en el frontispicio de la suite nupcial: “bien dice un loco/que en la noche de bodas/ se duerme poco”.
Popularizó entre los peregrinos un tratamiento pionero que allí se llevaba a cabo y cuyo objeto era contribuir a aliviar la dureza del camino. Consistía en un peeling de los pies realizado mediante corcones del Urumea; fue tal el éxito alcanzado, que condujo a esta especie ictícola al borde de la extinción. Hubo un viajero que entusiasmado por los resultados obtenidos, quiso llevar al alto Perú esta técnica con el objeto de aplicársela a los conquistadores españoles; cambió corcones por pirañas no consiguiendo los resultados apetecidos y sí un extraño y significativo aumento en la siniestralidad, lo que se tradujo en un incremento exponencial del número de muñones y mutilados seguido, a la vez, de una disminución drástica en el número de clientes. Fue procesado por la Santa Inquisición por carecer de titulación y, especialmente, por soplapollas.
El lavadero, al que hace referencia el himno, fue otrora lugar de experimentación tanto de los procedimientos para la obtención de la piedra filosofal, como de las técnicas de la decoloración. Comenzaron los experimentos, con un tratamiento radical para quitar la sarna que mortificaba a los viajeros a base de friegas de ácido sulfúrico. La experiencia aconsejó, con el tiempo, la conveniencia de rebajar o diluir el ácido con agua del lavadero. Encargaron de su administración a un sordo que, milagrosamente, recuperó el oído gracias a su proximidad a los sarnosos. De esta experiencia salieron las primeras muestras corales que, mutatis mutandis, han desembocado en esos ochotes y orfeones, orgullo de esta tierra. Hemos sabido de estos arcanos gracias a los cuidados médicos proporcionados a un famoso cantante norteamericano, con los resultados que ya conocemos.
Las aguas de este lavadero ganaron fama entre los peregrinos como el mejor purgante además de laxante para estreñidos. Fueron, si se me permite la comparación, el origen de la fórmula química del famoso tres en uno. Del riego con estas aguas en las vides próximas se obtuvo, en vez de txacolí, un maravilloso vino quinado que aliviaba las penas de los escrofulosos, mejoraba la leche de las amas de cría y actuaba, sin saberlo entonces, como el Colgate posmoderno en todos aquellos con fetidez en el aliento. Del intercambio de productos derivados de la vid y otras hierbas, los peregrinos franceses se llevaron la patente del pacharán, reconvertido mediante deconstrucción, pero con poco éxito, en anisette Cusenier y en el mejor de los casos en pastis.
También fueron pioneros en este establecimiento en el tratamiento de las enfermedades vergonzantes, apareciendo allí colgado, por vez primera en una de las ventanas, un cartel que así rezaba: “Consulta de piel, sífilis y venéreas”. Estaba a cargo del consultorio, un afamado médico, de ignota procedencia aunque, al parecer, devoto seguidor de Hildegarda de Bingen; de él se decía que había descubierto nueva farmacopea para el tratamiento del mal francés y que tenía ideado, pendiente de patentar, un desfibrilador para ladillas.
Aquella Babel social, cultural y pionera en la diglosia, lo fue también en el arte culinario. En este lugar se descubrió esa joya de la gastronomía y de la vida ordinaria tal es la empanada, que alcanzó gran predicamento, siglos después, principalmente en Cataluña, País Vasco y Galicia. Y todo ello por 5 maravedís más IVA.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cocinillas.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el primer regalo que le hizo a mi abuela después de casados.
Mi abuelo se presentó a última hora de la tarde con una caja de cartón en sus manos. Abrió la puerta de casa y dándole un beso a mi abuela le dijo: .- Feliz cumpleaños, mujer –poniendo entre sus manos la caja-.
-¿Y esto? -le pregunto ella-.
-Tu regalo; mañana es tu cumpleaños.
Mi abuela abrió la caja con la ilusión de una niña. En cuanto vio el contenido su cara expreso sorpresa, desconcierto y seriedad (en este orden).
-¿Te gusta?
-Mucho – dijo mi abuela con no mucha alegría, pensando que era cierto: mi abuelo era buena persona, un poco canalla; práctico, muy práctico y menos romántico que un viaje en tren de Barcelona a Madrid (también en este orden). -¡Dos sartenes! Le había regalado por su cumpleaños ¡dos sartenes!-
- ¡Y mañana cocinaré para ti! -añadió mi abuelo como quién ofrece el indulto a un toro en las Ventas-.
-¿Tú, mi hombre? ¡Pero, si no sabes cocinar!
-Mañana comerás como no lo has hecho nunca. – Mi abuela no le dijo nada; él tenía razón: iba a comer como nunca; de eso estaba totalmente convencida.
………………
Mi abuela, sentada en la mesa preparada para tal ocasión en la sala del domicilio, vio abrirse la puerta de la cocina y por ella apareció mi abuelo con un delantal blanco y su castoreño de picador de toros a modo de gorro de cocinero.
-Cierra los ojos y prueba un bocado. Te va a encantar. -Dijo mi abuelo mientras ocultaba tras de sí el plato que había estado cocinando-. Mi abuela, sentada en la mesa preparada para tal ocasión
- ¡Qué es? – preguntó ella con ciertas dudas.
- Tú prueba, verás que manjar.
Mi abuela, con los ojos cerrados, se llevó a la boca el tenedor que él había puesto en su mano. Probó el bocado… abrió los ojos, y con delicadeza (mi abuela era muy prudente) cogió la servilleta y depositó en ella el manjar de mi abuelo.
-¿No te gusta mi tortilla de patatas?
- Las patatas están crudas.
- ¿Hay que freír las patatas? Espera, espera unos minutos. Dame otra oportunidad.
…………..
Mi abuela llevaba media hora esperando en la sala y no salía ni un solo ruido de la cocina; se empezó a preocupar. Se levantó con sigilo y entreabrió la puerta para observar su interior. Todo estaba lleno de humo. Mi abuelo, de espaldas, observaba algo que crepitaba en el fuego. Entró asustada y observó el interior de la sartén.
-Pero… ¡Dale la vuelta a la tortilla! ¡Se te está quemando!
- ¿Darle la vuelta? Ya decía yo que tardaba mucho en hacerse por arriba.
- Vamos, que nos quedamos sin comer hoy.
- ¡Otra oportunidad! ¡La última! – Suplicó mi abuelo-. Prepararé para ti tu plato favorito. Dime cual es y ya verás como recordarás este día toda tu vida.
-Está bien –concedió mi abuela, viendo a su hombre de rodillas ante ella- Si me preparas una buena ensaladilla rusa, quizá te dé un postre esta noche.
A mi abuelo se le pusieron los ojos como platos, se levantó, y dándole un beso a mi abuela, le dijo impaciente:
- Ensaladilla Rusa… Se hace con patatas y verduras cocidas mezcladas con mayonesa, ¿no?
- Sí, mi hombre.
- ¿Con ajo?
-No, mi hombre no. Piensa en el postre… Ah, pero una cosa: a mí me encanta hecha con huevos duros.
……………..
-Mujer, las patatas y las verduras están cocidas, pero lo de los huevos duros no sé como…
- Mi hombre, coge una cazuela llena de agua y ponla a calentar, cuando empiece a cocer mete los huevos dentro, reza Tres Padrenuestros y ya están listos. -le indicó mi abuela-. Después ya puedes mezclar la ensaladilla. ¿Quieres que lo haga yo?
- ¡Nooo! -exclamó mi abuelo- Tú quédate sentada ahí… El postre sabe mejor si ha estado un tiempo en reposo.- Y salió con una sonrisa en los labios-.
……………..
No un grito, un alarido inhumano fue lo que se escuchó en la cocina. Mi abuela salió corriendo y abrió la puerta. Lo que se encontró en ella quedó plasmado en una fotografía.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
En la mesa, en sendos platos, se pueden ver las patatas y las verduras perfectamente troceadas. El castoreño aparece en un rincón, balanceándose. El fuego de la cocina está encendido, pero no hay nada en él. Una cazuela, con el agua burbujeando todavía se encuentra sobre una pequeña banqueta. Mi abuelo… mi abuelo, con el delantal tapándole la cara, está maniobra la bomba de agua que suministra el hogar, mientras intenta que el chorro de ésta caiga sobre sus partes pudendas.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
- Debido a las quemaduras de tercer grado en los cataplines estuve dos meses sin poder probar el postre.
- Solo llegué al primer : “Santificado sea tu nombre”.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


Los orígenes.


Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos la historia de los orígenes de nuestra familia.
Mi abuelo nos narró muchas historias vividas por él en su longeva vida. Historias que, jurando por lo más sagrado para él: su cerda ibérica “Paloma”, aseguraba que eran totalmente verídicas, y que n había añadido ni un solo detalle que no hubiese ocurrido tal y como lo contaba.
Esta historia que paso a relatar es referida en mi familia de generación en generación y siempre de forma oral. Es el abuelo quien realiza tal menester a los nietos; y eso es precisamente lo que hizo él al comprobar que todos sus hijos habían decidido utilizar extracto de sudor de lagarto mezclado con pelos de sobaco de rana, que es muy bueno para no tener familia. De la doxología, modo y lugar de aplicación y contraindicaciones no me pregunten, que yo todavía estoy por la labor de formar un equipo de fútbol con suplentes, masajista y delegado de campo incluido.
Mis primeros ancestros eran gemelos (hermanos de madre, y según aseguraban algunos, del mismo padre). Por causas de la vida quedaron huérfanos y tuvieron que ser alimentados por una “loba”. Y anda que no era “loba” la tía, que le gustaba más un revolcón que arrascarte el culo cuando te pica.
Les pusieron por nombre Calixto y Melibeo -de ahí el apodo de mi familia: “Los Celestinos”-.
Se hicieron pastores: Calixto de cabras, Melibeo de ovejas.
Una mañana de Agosto salieron ambos con sus respectivos rebaños, pero cuando quisieron darse cuenta se habían metido ya a últimos de Noviembre; y como se les hacía tarde para volver, decidieron aposentarse de manera estable en el lugar donde se encontraban.
Desde un altozano divisaron un pequeño riachuelo que serpenteaba a los pies de este. En sus dos orillas crecía abundante vegetación y las tierras limítrofes eran llanas y con escasa piedra en su superficie. No lo dudaron: este era el lugar ideal para el primer asentamiento.
Pero, como no podía ser de otra manera, y como dicen las escrituras: ”Siempre que haya dos o más reunidos, allí estaré yo”, apareció la disputa -que es lo que llevan los españoles en la cadena del ADN ( justo entre el botijo y la siesta)-.

Calixto quería construir en el altozano, terreno pedregoso ideal para la cría de cabras; y Melibeo prefería hacerlo a orillas del riachuelo, más apropiado para sus ovejas.Una señal divina acabó con el dilema. Un rayo surgió del cielo y dio contra un álamo; la mitad de este ardió y la otra quedó impoluta. Los dos hermanos, asustados, se dirigieron al árbol, y del cielo surgió una voz que decía:Este es mi lugar predilecto… ¡astilladlo!
Calixto astilló la parte quemada del árbol, Melibeo la otra. Con la madera que consiguió cada uno hicieron sus respectivas cabañas, una arriba y otra abajo, pero ni se ayudaron ni se dirigieron la palabra. Acabaron los dos al mismo tiempo, se miraron desde lejos, se dieron la vuelta y como ya era el séptimo día, se pusieron a descansar.
La tranquilidad, la paz, el sosiego… la soledad.
Dos horas sin hacer nada aburren a cualquiera, y más si todavía no se ha inventado la televisión. ¡Menos mal que el divino hacedor no descansa ni los domingos! Unas voces surgieron a lo lejos. Los hermanos observaron que se acercaban dos hombres, venían discutiendo. Al ver las cabañas se separaron y cada uno de ellos tomó una dirección distinta.
…………..
-Bon día.
-Guenas.
-Estó buscan un lugá per formá una nova nació.
-Si te quitas el chicle de la boca podré entenderte mejor, colega.
-Yo parle solo catalá.
- Pues, ale, a cascala. Tira tó pabajo y dentro de dos días tasientas.
……………
-Egunon.
-¿Mandeee?
-¡Gora Euskadi Askatuta!
-Sigue tó recto, y cuando veas a la Concha, te haces un acuario.
……………..
Calixto y Melibeo se reunieron diez minutos más tarde sabiendo lo que tenían que hacer. Una fotografía muestra aquel reencuentro entre hermanos.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
En ella se ven a mis antepasados, uno al lado del otro. Con los restos del álamo se han hecho unos carteles indicadores. Calixto muestra el suyo: Astilla la Vieja. En el de Melibeo se puede leer: Astilla la Nueva
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo: Formamos la primera nación de Europa. ¡Ahora vas y lo cascas!
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El tabaco nos matará.


Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el porqué no había dejado de fumar nunca.
Son las dos de la mañana y en una pequeña tasca del barrio de Vallecas solo quedan tres personas. Manolo “el aguaor”, el dueño del tugurio, espera dando bostezos tras la barra que los dos últimos clientes de esa noche den por concluida su visita a su humilde pero honrado abrevadero. En el lado izquierdo de la barra, frente a un vaso de vino tinto, un hombre alto, fuerte y bien aseado contempla pensativo su imagen en el espejo que tiene enfrente. No parece tener prisa. En la mesa más alejada, entre sombras, con sombrero echado hacia delante ocultando su rostro, un hombre sentado permanece inmóvil. Lleva así desde hace una hora; justo desde el momento en que hizo su aparición por la puerta del local el tipo alto.
- Hace calor, ¿no? -preguntó Manolo para romper el silencio en que se encontraban desde hacía ya demasiado tiempo-.
- Hace -respondió mi abuelo desviando la mirada del espejo-.
- ¿De paso por Madrid?
- Cuestiones de trabajo.
- ¿Viajante?
- No, picador de toros.
Mi abuelo sacó su picadura y lió un cigarrillo con parsimonia; encendió la yesca de su mechero, llevó esta hacia la punta del pitillo y aspiró suavemente. El humo del tabaco, a medida que mi abuelo lo degustaba (cómo se nota que de casta le viene al nieto), se fue esparciendo por la taberna. Un leve movimiento y un suspiro se produjeron en el alejado rincón. Otro cigarrillo nació de las manos de mi abuelo y lo colocó a en la barra, a su derecha.
-Saca dos chatos de vino -dijo mi abuelo a Manolo-. Paisano, ¿un vino… y un cigarro? -añadió sin dejar de mirar su imagen en espejo-.
La sombra no se movió y mi abuelo siguió fumando, no sin dirigir intencionadamente el humo hacía la mesa del rincón.
- “Talin” -dijo Manolo-, no hay peligro.
Esta vez si  se movió y se dirigió a la barra, no sin cautela. Se quitó el sombrero mientras se acercaba y cogió con avidez el cigarro que mi abuelo había dejado. Este le pasó la yesca que aún prendía en su mechero.
- El tabaco terminará matándome -dijo “Talin” mientras chupaba del cigarro como si de la última bocanada de aire se tratara-.
- El tabaco no mata –le respondió mi abuelo-. Matan los hombres.
- Es raro que eso lo diga un torero.
- Torero no, picador… solo picador.
- Pero… los dos derramáis sangre en la arena.
- En estos tiempos que corren hay demasiada sangre derramada en España, y no de toro precisamente –contestó mi abuelo, mientras “Talin” bajaba la cabeza y agarraba el vaso de vino que Manolo había puesto frente a él-.
Permanecieron varios minutos en silencio. “Talin” sacó de su bolsillo una pitillera de cuero donde guardaba varios cigarrillos liados previamente. Abriéndola, se la ofreció a mi abuelo.
- El tabaco nos matará a los dos… pero creo que tardará en hacerlo -dijo este, mientras cogía uno de los cigarrillos-.
…….
- ¿Has estado alguna vez en Rusia?
- En Rusia no hay corridas de toros. No se me ha perdido nada por allí.
- A mi tampoco se me ha perdido nada. Nada se puede perder al que nada tiene. Los raposos, cuando llega la noche, tienen sus madrigueras; pero yo, yo no tengo donde reposar la cabeza.
- Frase digna de un fracasado. ¿Es tuya?
- No, la dijo un tal Jesús.
- ¿Jesús? ¿Así, sin mote?
- Tenía mote: le llamaban “El Nazareno”. Fue el primer comunista de la historia.
- ¡Comunista! Estamos hablando de palabras… peligrosas.
- Creo que tú no eres peligroso.
- Todos tenemos un lado oscuro. Espero que Dios, en su infinita misericordia, pueda perdonarnos los males que hemos hecho en nuestra vida.
- ¡Dios no existe! ¡Solo existe la lucha para obtener la libertad del pueblo!
- Dios… puede que exista, puede que no. En el momento de nuestra muerte lo sabremos con exactitud; pero lo que sí tengo claro que existe son los males que hemos hecho, los queramos ver o no.
…………
- ¿Otro cigarro?
- ¡El tabaco nos matará… pero no sabemos cuando! Ah, por cierto. Si quieres pasar desapercibido no te pongas ese sombrero… ¡ponte una peluca!
Una fotografía muestra el momento de la despedida.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo
Mi abuelo sale de la tasca. La oscuridad apenas deja ver su rostro. Detrás de él, con un rabo de toro a modo de bisoñé está “Talin”. Manolo “el aguaor” cierra la puerta.

Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
Si alguien me preguntaba quien era, yo le respondía: Es Talin.
El tabaco terminará matándome poco a poco. Pero yo nunca tuve prisa.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.


martes, 11 de septiembre de 2012

Agridulce.


Mi abuelo también fue picador.
 En los últimos años de su vida nos contaba a sus nietos que él, al ser picador de toros, como todos los dedicados a la profesión, era un hombre profundamente religioso y siempre llevaba dos estampas diferentes de La Virgen.
……………..
-Mi hombre, ¡si no se ve la otra orilla!
Está frase quedó siempre grabada en la memoria de mi abuelo. Fueron las palabras que mi abuela, con dilatada sorpresa, exclamó  al llegar al destino de su viaje de bodas: el mar.
Mi abuelo y  mi abuela, y el seiscientos por supuesto, pasaron unos días de jamón y chorizo –así llamaba él a lo que otros denominaban como “de rosas y miel”, porque le eran mucho más agradables al olor y al paladar(el jamón y el chorizo, digo)- en un pueblecito de pescadores de la costa gaditana;  donde, entre los contados momentos en que mi abuelo, para no perder la forma,  no se entrenaba con mi abuela en el noble arte de la puya, pudieron disfrutar de la belleza y el sosiego que aquellos parajes les ofrecieron (después llegaría el progreso y el turismo, que hasta un restaurante suizo pusieron: muy bueno por cierto el menú y sus vinos; y los dueños encantadores. Si tienen oportunidad, acérquense por allí.)
Regresaron un ocho de Septiembre. Mi abuelo con la satisfacción del deber cumplido y mi abuela con una sonrisa de oreja a oreja… que se le borró al ver a la chica de la curva.
Mi abuelo casi perdió el control del coche al pisar fuertemente el freno y por poco no se salen de la cuneta. Se bajaron ambos y se encaminaron, no sin cierto recelo, hacia el lugar de la supuesta aparición. Pero no, no era una aparición. Hacía ellos se dirigía una joven con pasos cansinos y totalmente desorientada. Mi abuelo,  recogiéndola entre sus brazos y dándole una palmaditas en la cara, intentó que saliera del estado catatónico en que se encontraba. Sus ropas estaban hechas jirones y solo susurraba: ¡No, daño, no!
Como estaban cerca de su casa decidieron trasladarla allí.
……
Mi abuelo, con los codos apoyados en la mesa, dirigía su mirada preocupada hacia el dormitorio. Mi abuela había aseado a la chica,  retirado sus destrozados ropajes, puesto un camisón y la había llevado a un sitio donde pudiera descansar. Salió con expresión extraña.
-¿Qué tal está? -preguntó mi abuelo-.
-Se ha quedado dormida.
-¿Qué vamos ha hacer?
-Llamar a la Guardia Civil… La han violado.
-¡Cagonlaleche! ¿Tenía alguna documentación encima?
-No, pero… es deficiente mental.- le comunicó mi abuela, casi saltándosele las lágrimas- ¡Pobrecita! ¿Quién habrá sido el hijodeputa que ha sido capaz de hacerle esto? ¡Si apenas parece tener quince años!
………
-¿Sor Inés?
-Sí, adelante. Siéntense, por favor.
-Soy Ramón Encinas, sargento de la Guardia Civil.  Y aquí la persona que encontró a Remedios… y que en estos momentos la acoge en su casa.
- Muchas gracias -dijo Sor Inés, estrechando la mano de mi abuelo-. ¡Que Dios le bendiga!
Mi abuelo y Ramón “El Susórdenes” – su amigo íntimo – se entrevistaron con la superiora del Convento de Las Hermanas y Madres, que a lo largo de los años pasó de convento a hospicio dada la cantidad de bebés dejados durante la noche en su puerta principal.
Sor Inés les contó que Remedios fue abandonada por sus padres hacía dieciséis años en pleno invierno y solo arropada por una triste y vieja zamarra de pastor. Debido a ser una niña… especial, nadie quiso adoptarla. Como pasaron los años, las hermanas la acogieron como un miembro más de la congregación y terminó realizando labores en la cocina, donde demostró un don especial para tal menester. Remedios era “especial”, pero cuántos quisieran ser tan listos y tan dulces como ella. Últimamente había estado rara, triste; pero nadie pensó que huiría del que había sido su hogar durante toda su vida.
-Bueno, la cuestión es que no hemos conseguido saber absolutamente nada de lo que pasó. Pero… mi amigo… quisiera adoptar a Remedios.
-Pero… si es usted muy joven.-se dirigió Sor Inés a mi abuelo- Cómo…
Mi abuelo la interrumpió con un gesto amable de su mano.
 -Mi esposa y yo hemos acogido durante un mes a Remedios en nuestra casa mientras se intentaba solucionar este duro acontecimiento. Y sabiendo su situación, queremos que forme parte de nuestra familia. Es cierto que podríamos ser hermanos, pero algo en nosotros nos empuja a que sea... nuestra hija. Le prometemos que la cuidaremos y la querremos como si de nuestra propia sangre se tratara.
-¿Y ella?
-Ella… nos llama… papá y mamá -contestó mi abuelo sin poder contener las lágrimas-.
………………..
-¡Mamá! ¡Me duele mucho la tripita!
……………..
Hacía solo dos meses desde que Remedios había pasado a ser la hija de mi abuelo. Éste, como  no tenía que volver a su profesión de picador de toros en la cuadrilla de Antoñito “El Cojo” - gran diestro taurino que exhibió su arte por esas plazas de Dios, y de Franco en aquellos tiempos- hasta la primavera siguiente, aprovecho todo lo que pudo para disfrutar de sus dos amores: mi abuela y su maravillosa hija.
-Está embarazada. –le comunicó mi abuela la víspera de Reyes, mientras mi abuelo envolvía en la mesa de la cocina los dos regalos que había preparado para el día siguiente: Una gran caracola, para que mi abuela escuchara el mar, y un precioso pañuelo de seda, para su pequeña gran hija.
-Habrá que tomar una decisión. Hay métodos…
Mi abuela le miró a los ojos y buscó en ellos lo que siempre había hallado en la limpia mirada de mi abuelo, y lo encontró: amor a la vida.
-O sea, que ahora voy a ser abuelo, ¿no?
- Y padre por segunda vez – le dijo mi abuela acariciándose su todavía plana barriga.
………………
Remedios siempre formó parte de la familia de mi abuelo, y nunca nunca fue menos que los demás.
Una fotografía lo muestra. Está sacada el día de la boda del hijo mayor de mi abuelo.
Ante el altar mayor de La Iglesia posan los novios.
 Mi abuela y Remedios aparecen a la derecha del novio; éste ha tenido dos madrinas a falta de una.
La novia, cogida del brazo de mi abuelo, el cual ha sido su padrino, luce radiante y una lágrima se escapa mientras mira a Remedios. Remedios la observa con devoción y con amor. ¡Una hija no se te casa todos los días!
 Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
 Siempre fui devoto de las dos vírgenes del día ocho de Septiembre, el día que la recogimos en la curva: La Virgen de los Remedios por ella, y La Virgen de las Virtudes por mi primera nieta (y nuera).
Guardo esa fotografía con mucho cariño- ¡Qué guapos están mis padres!-, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.
A mi otro abuelo no llegué a conocerle, pero espero que Dios le haya perdonado por aquello que hizo.